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Cine y Series

El reino fantástico del señor Anderson

Moonrise Kingdom, la nueva película de Wes Anderson, nos vuelve a sumergir en su personal mundo de corazones rotos, familias disfuncionales y situaciones que pasan de lo hilarante a lo melancolico

Por Sandra Martínez

Hace más de 10 años, la revista Esquire realizó una encuesta para determinar quién sería el Martin Scorsese del nuevo siglo. Y Martin Scorsese nominó a Wes Anderson. Por aquel entonces Anderson solo tenía en su haber dos películas, Bottle Rocket, que atrapó la atención del Gran Marty, y Rushmore, que también contó con su aprobación. Pero el ojo del buen director no falla y cuando dijo de ese joven prometedor “tiene una clase muy especial de talento: sabe cómo transmitir las sencillas alegrías y las interacciones entre personas tan bien y con tanta riqueza” estaba definiendo lo que sería el sello de su carrera. De esos comienzos auspiciosos hasta el éxito actual abriendo el Festival de Cannes con su última película, Anderson no solo realizó un puñado de buenas películas, también forjó un estilo reconocible y un universo propio, realista pero con un toque feérico, que como un Big Bang cinematográfico continúa en expansión.

Venga a nosotros tu reino

Este mes llega a las salas argentinas Moonrise Kingdom, meses después de estrenar en solo cuatro salas en New York y Los Angeles con una concurrencia tan grande para esa limitada capacidad que la película se convirtió en récord de promedio de taquilla.

Si las películas de Wes siempre tienen un aire a fábula, en este caso el efecto se refuerza con un narrador que ya no es una voz en off sino un personaje que nos sitúa en el espacio, la pequeña isla New Penzance en Nueva Inglaterra, y el tiempo, 1965. Los protagonistas son Sam, un scout huérfano y Suzy, una niña rebelde. Sam y Suzie tienen 12 años y planean por carta una fuga que pone a padres y tutores en una búsqueda frenética.

 Anderson dijo una vez “todas mis películas forman una pequeña colección, un corpus”y Moonrise Kingdom cumple con la premisa. Sam, Suzie y los adultos que los rodean pueden convivir perfectamente en el mismo mundo que las familia Tenembaum y los hermanos Whitman, la tripulación del submarino Belafonte y hasta Mr. Fox y sus peludos vecinos. Como ellos, son seres bellos en su imperfección, quebrados y a la vez increíblemente ligeros en su dramatismo.

La floreciente relación de Sam y Suzie suena con ecos del romance prohibido de Richie y Margo Tenembaum, sin la carga del incesto pero con momentos levemente perturbadores, como esa perforación de lóbulos que con delicadeza insinúa otras ansias. Los ojos delineados de negro de Margo son también los ojos maquillados de Suzie, ambas ninfas adoradoras de los secretos con mirada intensa e imperturbable, a cuyos pies caen rendidos Richie y Sam. Pero ellas son también un poco la maestra Rosemary, que sin proponérselo impulsa al quinceañero Max Fisher a perderlo todo con tal de conquistar su amor. El matrimonio Bishop, los poco ortodoxos abogados padres de Suzie, reitera las tensas relaciones de amor/odio de Etheline y Royal Tenembaum o Steve y Elanor Zissou y en su soledad, el líder scout Randy Ward y el Capitan Sharp, encargado de la búsqueda de los pequeños prófugos, encarnan de modo particular las conflictivas relaciones padre-hijo que son el motor de Fantastic Mr. Fox y The Darjeleen Limited.

Como en sus historias anteriores, los personajes que tejen la trama de Moonrise Kingdom se dejan arrollar por las circunstancias hasta un punto aparentemente insalvable para llegar a un momento – ligeramente deus ex machina, es cierto, pero ¿quién puede juzgar si en el Universo Anderson las leyes de la probabilidad tienen peso propio?, -que los encamina a una salvación inimaginada que les llega más por casualidad que por proactividad. ¿Significa eso que Anderson no sale nunca de la misma historia? No, más bien implica que encontró la fórmula para explorar sus temas favoritos reiterándose sin repetirse.

 Una constelación propia

Otra característica de los films de Wes Anderson son sus multitudinarios repartos llenos de grandes actores. Desde figuras de culto del cine independiente como su amigo y co-escritor de muchos de sus guiones Owen Wilson hasta estrellas nominadas al Oscar como Cate Blanchet, pasando por Meryl Streep y George Clooney poniendo la voz para sus zorros animados, el director no tiene problema en encontrar nombres taquilleros a la hora de ponerle cuerpo a sus personajes y Moonrise Kingdom no es la excepción.

El omnipresente fetiche andersoniano Bill Murray reaparece en su eterno rol de perdedor semi indiferente que tan poco le cuesta encarnar –al punto de que todos sospechamos que así es Bill Murray en realidad – en dupla con la potente Frances McDormand (¿quién no ama a la policía embarazada de Fargo?) que, megáfono en mano, interpreta a una madre superada por los problemas de su hija. Bruce Willis y Edward Norton se lucen mostrando su versatilidad y conmueven con sus personajes tristes, algo torpes, comprometidos, que en medio de esta aventura reencuentran un propósito para sus vidas. También hay pequeños papeles para Harvey Keitel, Tilda Swinton –que encarna, sin nombre propio, a los tenebrosos Servicios Sociales– y Jason Schwartzman, un descubrimiento de la factoría Anderson cuando protagonizó Rushmore a fines de los 90. Pero los laureles son sin dudas para la pareja protagonista, los debutantes Jared Gilman y Kara Hayward. Atención especialmente ese último nombre: es posible que en unos años recordemos su Suzie Bishop igual que hoy lo hacemos con la Mathilda de Natalie Portman en El perfecto asesino.

El sonido y la forma

La banda de sonido es otra marca registrada de Anderson, con frecuentes colaboraciones con el compositor Mark Mothersbaugh, mucha presencia de clásicos del rock como los Stones o los Beatles y un punto alto con los temas de Bowie interpretados en portugués por Seu Jorge en The Life Aquatic. En Moorise Kingdom, las piezas clásicas de Benjamin Britten –compositor famoso por sus trabajos con voces infantiles en las que el propio Wes y su hermano participaron en una ocasión– tienen un lugar protagónico y aportan un tremendo dramatismo en varias escenas.

A la hora de evitar repetirse, uno de los trucos de Anderson consiste en explorar diferentes géneros. The Darjeleen Limited es una road movie, The Life Aquatic tiene mucho de falso documental con referencias a Jacques Costeau (cuyo trabajo también tiene un rol secundario en Rushmore), Moby Dick y Yellow Submarine, y con Fastastic Mr Fox se animó a la animación stop motion. A cada formato le imprimió su firma, no solo en cuanto a temas sino también desde la técnica, con su paleta de colores, sus secuencias de títulos impecables, sus zoom dramáticos, sus paneos y cámaras lentas.

En Moonrise Kingdom, reconoció la influencia directa de Melody, aquel clásico inglés de los setenta que contaba la historia de un amor infantil con fuga incluida. En lugar de actualizar la trama trayéndola a nuestros días, eligió hacerla retroceder a mediados de los sesenta, a esa América perfecta retratada por Norman Rockwell que comenzaba a mostrar sus rajaduras. Es que, a diferencia de Melody y su enamorado Daniel, las familias (adoptiva y sanguínea) disfuncionales y desatentas de Sam y Suzie los obligaron a crecer rápido. Por eso su encuentro no encaja tanto en el marco de “la edad de la inocencia” y con sus jugueteos sexuales se vuelve un prematuro coming of age. Pero aunque sus criaturas siempre comiencen caídas de la Gracia, Anderson las ayuda a encontrar el camino. Porque el amor salvará al mundo.

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