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Territorios

El regreso del dandi

Enigmático, irreverente, lúcido, inapresable. La figura del dandi retoma el centro de la escena para demostrar que las apariencias dicen la verdad tanto como engañan.

Por Victoria Beget Day
Fotos: Rose Callahan, de su libro I Am a Dandy

Un ser ocioso, acaso parasitario, que, tras una selección exquisita, exacta, irreprochable de elementos, deambula, impecablemente vestido, peinado y perfumado, por ambientes diversos. Un individuo algo pomposo con rasgos poco gratos de esnobismo. Un bon vivant. Un frívolo. Una figura demodé, obsoleta. Un narcisista incurable y lastimoso. Un excéntrico que reivindica, legítima e insólitamente, tanto su individualidad como su derecho al ocio y al placer. Un dandi podría ser todas estas cosas. O ninguna. Porque ante la pregunta ¿qué es un dandi?, que, de entrada, parece evidente, incluso innecesaria (¿quién no podría identificar un dandi con sólo verlo o leer un nombre: Wilde, Warhol, Dalí, Wolfe, por nombrar algunos?), no ofrece respuestas inequívocas, satisfactorias. Al contrario, si bien intuimos con bastante precisión qué es el dandismo, da la impresión de que cuanto más nos acercamos, más se aleja. Más nos evade. Porque sucede algo curioso con el dandi: es reticente a ser definido. No sólo porque adquirió formas diversas, cambiando de piel según la cultura, la época, la geografía, sino porque gravita en los márgenes, se instala en la ambigüedad y encierra en sí contradicciones que lo vuelven fascinante en su anomalía. Desde su aparición hace dos siglos, el dandi parece haber llegado para quedarse. Por suerte, en el universo dandi, las apariencias dicen la verdad tanto como engañan.

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Dandi

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