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Cine y Series

El ocaso del imperio americano

Tras seis exitosas temporadas, Mad Men se prepara para bajar el telón.

Por Victoria Beguet Day

Algo aquejaba a Batman y algo aqueja a Don Draper. En el caso de este último, no son las injusticias del mundo. Lejos está Draper de querer aleccionar o propinar una merecida paliza a los malhechores de la oscura Ciudad Gótica. Y sin duda no es el caballero de la noche, noble y justiciero, responsable de custodiar una extraviada y pecaminosa Manhattan. Son otros los dilemas con los que lidia coolmente el torturado Draper. El exitoso y parco director creativo de una agencia publicitaria neoyorkina, que fue mutando de nombre a lo largo de la serie, es, ante todo, un ser melancólico, solitario, sombrío. Y cínico. En una ocasión le dice a una clienta: ¨Lo que llamás amor fue inventado por tipos como yo para vender medias largas¨. Su mirada es azul, analítica, incisiva, astuta. De a ratos, compasiva. Cada tanto, inesperadamente, fría.

Draper resulta atractivo como personaje, pero no porque tenga la estampa de Cary Grant o alguna otra estrella de la época dorada de Hollywood. Tampoco porque bebe whisky con mirada soñadora y lánguida mientras mira por la ventana de su oficina de Manhattan a los transeúntes que, allá abajo, por menor astucia, creatividad o suerte, se ven obligados a desplazarse con la ferocidad y nerviosismo de hormigas por las veredas. Y, Draper, dicho sea de paso, no parece transpirar nunca. Resulta atractivo como personaje porque, si se lo mira con detenimiento, Don Draper no es un personaje verdaderamente noble, ni querible. Es, en cambio, un galán con incómodos rasgos de antihéroe. Y, aunque no lleve máscara como los de Marvel, su encanto y longevidad quedan asegurados (como ocurre, salvando las diferencias, con el personaje de Frank Underwood de House of Cards o Walter White en Breaking Bad) en esa ambigüedad.

¿Quién es Don Draper? La pregunta no es ociosa. Se trata, lisa y llanamente, del motor de la serie, que tras seis temporadas y cuantiosos elogios de la crítica y premios, arranca la séptima y última. Creada por Matthew Weiner (productor y guionista de Los Soprano) y situada en la época de los refugios anti-bomba, Mad Men tiene mucho de universo encapsulado. También de vidriera en movimiento: inaccesible y encantadora. A lo largo de los años 60, la serie que retrata las vidas de los llamados ¨Mad Men¨ o publicistas de la Avenida Madison de Nueva York, despliega una atención casi obsesiva, no sólo por los cambios en la moda, música, estilos de hacer publicidad, sino que fija su mirada simultáneamente en los cambios históricos y culturales de esa década (los asesinatos de Kennedy y de Martin Luther King, la guerra de Vietnam, cambios en el rol de las mujeres y de las minorías, el surgimiento de la contracultura, los movimientos beat y hippie, etc). Así, la última temporada encuentra a la agencia ya no en Nueva York, sino en California, donde se gestan muchos cambios culturales significativos.

Paraíso retro
Desde su estreno a mediados del 2007, la serie ha comprobado que la nostalgia es rentable. Haciendo eco de la sensibilidad retro y aprovechando la popularidad de la serie fueron varias las marcas que sacaron productos inspirados en Mad Men. Entre ellas, Estée Lauder, que en 2012 presentó una línea de maquillaje, Banana Republic, una línea de ropa y Mattel, con versiones madmeneras de Barbie y Ken.

La nostalgia es un elemento central en Mad Men, casi siempre asociado con una especie de búsqueda de inocencia perdida. En relación con el interés por el pasado, el creador de la serie señaló que habilita un diálogo con el presente, y, podemos suponer, una indagación en las costumbres y convenciones actuales, en todo aquello que damos por sentado. Pero el pasado revestido de inocencia es engañoso. En el universo Mad Men, no hay inocentes ni ingenuos, sino convenciones sociales férreas que se van horadando a medida que trascurren los años sesenta para desconcierto, intranquilidad o entusiasmo de los personajes. Todo pasado no fue mejor, parece decir Mad Men, sino tan desconocido como el futuro. Pero en esa distorsión se basa la nostalgia, y la serie acerca de las personas que hacen de la persuasión su oficio conoce bien el potencial seductor de la nostalgia. En uno de los capítulos más memorables, Draper, que debe idear una campaña para un nuevo producto de Kodak, un proyector de diapositivas, le explica a su cliente que la nostalgia es algo ¨sutil, pero poderoso¨ y que la mejor forma de presentar al producto no es como ¨una nave espacial¨ -es decir, una novedad-, sino como una ¨máquina del tiempo¨. Ese reproductor de diapositivas vendido como máquina del tiempo, podría ser la serie hablando de sí misma.

Mad MenLos simuladores
Si la moneda de cambio de Don Draper y su equipo es la persuasión, la publicidad, en sus manos, hace milagros y cualquier producto: medias, cosméticos, aerolíneas, destinos turísticos, incluso presidentes, pueden venderse. Tienen su encanto. Sólo hay que saber identificarlo. Draper además de seductor inimputable es la viva imagen del self-made man, figura tan cara al famoso sueño americano. El hombre que se hizo solo, que se construye a sí mismo y que hemos visto en tantas películas. El individuo que remándola, contra viento y marea y con todas las de perder, logra tener (aunque no siempre es tan burdo) su casa con infalible cerco de madera blanco donde oficia de alegre y despreocupado anfitrión de ¨barbacoas¨ los domingos. La idea del self-made man, como la del sueño americano, comparten el aura mágico, indestructible de los mitos. No porque sean imposibles, tampoco porque sean improbables. Sino porque están profundamente arraigados en el imaginario estadounidense. Desde la primera temporada, sabemos que Draper vuelve de la Guerra de Corea sin contactos, sin familia, sin lazos, sin siquiera su propio nombre. Así, Mad Men, inteligente y reflexiva, gira en torno a un hombre que se construyó a sí mismo pero que se descubre disconforme, vacío y extraviado.

Mad Women
Si Don Draper es una bomba de tiempo, muchos de los personajes femeninos también lo son. La política, tanto oficinesca como doméstica, lo vuelven todo permeable. Las negociaciones sutiles, los cálculos, las venganzas mezquinas, no se restringen a las oficinas de la agencia. Y, detrás de bastidores, si se quiere, se reproducen con igual ferocidad en el ámbito doméstico, en los suburbios bucólicos, fielmente retratados por escritores norteamericanos de los 50 y 60 como John Cheever o Richard Yates.

(Paréntesis para una curiosidad: hay varias referencias a lo largo de la serie a Cheever y su obra, como por ejemplo, el detalle de que la casa de los Draper está ubicada sobre la calle ficticia Bullet Park, que coincide con el título de una de las novelas del autor. Cierra el paréntesis).

En ese otro mundo, resguardado de la vorágine de las oficinas de Manhanttan, pululan mujeres- niñas, mujeres de Stepford, como Betty Draper, esposa de Don Draper y ama de casa desesperada por definición. January Jones encarna a esta rubia glacial que recuerda a alguna blonda de una película de Hitchcock, como Grace Kelly o Tippi Hedren (la actriz de Los Pájaros).

Betty Draper es así perfecta e inconmovible, casi robótica, salida un aviso vintage de una marca de gaseosa. En los años 60 no son inusuales las pesadillas acerca de ¨la bomba¨, que amenaza con caer en cualquier momento. Y algo en Betty, aunque no sabemos si sueña o no con la bomba nuclear, parece inestable. Hay en el personaje una intranquilidad y un marcado miedo hacia el futuro que son hábilmente explotados por el guión. En la fragilidad e hipocresía de Betty adivinamos las grietas de un mundo ideal e idealizado que se acerca a su fin.

Uno de los logros de la serie es que los personajes que la habitan salen ilesos, resultan verosímiles cuando podrían fácilmente convertirse en caricaturas. Como la secretaria/femme fatale Joan Holloway, interpretada por Christina Hendricks, pelirroja curvilínea, de andar sinuoso marilynesco sobre stilettos vertiginosos e infaltable falda lápiz y que jamás tropieza ni da un paso en falso. Y sabe que su función, al igual que el personaje de Betty, es, ante todo, proteger y custodiar la reputación de sus Mad Men. O bien la calladamente ambiciosa ¨discípula¨ de Draper, Peggy Olson (Elizabeth Moss), alegre contrincante en un mundo de hombres, a quien el machismo reinante no inquieta, ni distrae, ni preocupa.

Después de la caída
Como sucede con tantas series, no resulta difícil engolosinarse, fanatizarse con Mad Men, ideal para la modalidad de ¨binge-watching¨ . Esto es: ver compulsivamente, un capítulo tras otro, hasta el desmayo y/o muerte. Mad Men es adictiva, como lo awwwigua el gran número de fans que han llegado incluso al extremo de indicarle a Weiner, agresiones verbales incluidas, acerca de cómo debería avanzar la historia y cuál debería ser el destino de sus personajes. La alta calidad de la serie, si bien algún fan acérrimo podría disputar si la última temporada estuvo a la altura de las cinco primeras, su insospechada y grata oscuridad detrás del ruidoso despliegue de peinados, vestidos, música, aseguran que hay vida después de la muerte para Mad Men.

Pero, ¿qué será de Don? Hay un detalle que se reproduce, como si se tratara de una pista o indicio, en un sinfín de páginas, blogs, comentarios en las redes sociales: Mad Men parece haber prometido desde su estreno una caída. La secuencia inicial de la serie (y que nunca varió) retrata a un hombre caricaturizado que cae lentamente desde un edificio. A lo largo de su caída, ni violenta ni angustiante, desfilan gigantescos avisos publicitarios de distintos productos. Finalmente, el hombre de traje aterriza, sobre un sillón, trago en mano, sin siquiera haberse despeinado. La séptima temporada arrancó hace unos días y concluye en 2015 y va a recurrir a una modalidad similar a la de Breaking Bad y otras series. Estará dividida en dos tandas de siete capítulos cada una, la primera llamada El principio y la segunda El final de una era. Con el traslado de Draper a California (anticipado en la última temporada y en los teasers del canal que la emite), habrá cambios importantes tanto en la agencia y en la conducta del protagonista. Entonces, sólo queda preguntarse: ¿Qué destino le espera a este Mad Man torturado? ¿Hay vida para Don Draper más allá de los espejos de colores? O, como cualquier otro imperio, se desvanecerá -sin haber dicho jamás su verdadero nombre- para refugiarse sutil en la memoria y en la niebla.

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