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Cine y Series

El monstruo bicéfalo

El ya clásico combo de director y actor se reúne nuevamente en Sombras tenebrosas

Por Juan Manuel Domínguez

Burton y Depp. Glen y Glenda. Los dos polos, las dos formas, de un mismo cuerpo de cine que hoy adquiere nuevamente vigencia frente al pronto estreno de Sombras tenebrosas (el 21 de junio, según los más respetados bestiarios), remake cinematográfica de un viejo show inglés sobre un vampiro en la edad moderna (al menos lo que era moderno por aquel entonces, cuando el niño Burton se babeaba frente a los rayos catódicos), su nueva encarnación. A pesar que ambos reniegen, no de su amistad sino de la presión que implican las expectativas creadas por el dúo dinámico entrando de nuevo en estrafalaria acción, hubo, hace mucho mucho tiempo, una época donde no fue así…

El señorito Johnny Depp, lejos, lejísimos, de devenir la mayor creación de ese gótico bienhechor que Tim Burton fue y sigue siendo, era -en 1989- un actorcete de televisión, cuando la televisión no era ni por casualidad ese panteón un poco demasiado sacralizado que es hoy, cuando la TV representaba todo lo contrario de lo que es hoy. A la cadena (televisiva) perpetua a la que estaba condenado Depp acá la conocimos –memoria refrescada por la reciente anarco-remake del asunto- como Comando Especial, y Canal 11 le ponía “You give love a bad game” como Documento Musical de Identidad.

En esos días, Depp sostiene “la abrasión de estar en un show que odiaba y que podía condenarme toda la vida a ese tipo de shows, estaba justo mutando en una potencial autodestrucción”. Uno tras otros, un dominó en caída constante de guiones abominables le iban llegando. El, pibe del poster, a instantes de devenir chiste en el radar camp, con las uñas listas para rasgar desde adentro el ataúd de la estrellita que duró 14 minutos leía, leía y leía. Y no encontraba nada.

Cortados por la misma tijera

Depp estaba seguro de que nadie lo quería. Salvo John Waters, eterno salvador de lo execrable, quienes pretendían sus servicios lo condenaban a una vida vitalicia de poster despegable. Hasta que le llegó un sobre igual, al menos por fuera, a todos los otros. Pero adentro se leía un guión acerca de, al menos así lo sostiene Depp, “un chico con tijeras en lugar de manos”. Lo leyó dos veces, de corrido. ¿Pasar de un show de premisa casi fascista (¿policías controlando a menores en los colegios?) a probablemente el cuento de hadas más sincero e imborrable que el cine ha construido? Depp recuerda que cuando leyó el guión sintió una especie de detonación de sentimientos: perros que tuvo de niño, sentirse raro y obtuso durante la pubertad, el amor incondicional que sólo los niños y perros saben cómo tener. Obseso, como el doctorcito Frankestein de Frankenweenie (segundo corto, producido por Disney, de un todavía-empleado-de-Disney-por-aquel-entonces joven Tim) con la idea de revivir a su perro, así se encontraba Depp soñando el papel. Tenía que ser Edward Sciccorhands. Y para eso tenía que encontrarse con Tim Burton.

En tanto Burton, mientras el jovencito todas-suspiran-por-él Depp se ahogaba en su propia fama, venía de un sendero, por decirlo pronto y en términos que van a explicar la importancia de su visión personal en el cine, burtoniano.

Burton había descubierto que le gustaba dibujar: “Algo extraño pasa cuando crecemos: todos dibujamos de una forma distinta y, llegado un momento, la educación intenta corregir esa forma, establece que uno tiene talento pero que tiene que corregir cosas aquí y allá. A mí simplemente no me salía. El día que decidí que no importaban esas reglas fue un día muy liberador, fue otra forma de ver el mundo”. Esa visión, esos dibujos siempre famélicos que tanto abusaban del blanco y de determinados universos góticos-absurdos: Edward Gorey y Edward Lear, los Edward de la realeza lúdica, dueños de universos tan abrumadores en su oscuridad como apabullantes en su luz.

Burton se había “educado” en CalArts, escuela de animación californiana donde Disney intervino para crear una segunda camada de animadores para su imperio. Cuna de héroes animados tamaño Frank Oz, Brad Bird, John Lasseter, Andrew Staton, Bob Clamp y un who is who de la animación contemporánea. De ahí a Disney, rebotando –sin abollarlos- contra los límites de la compañía del tío Walt.

Diseño de personajes –cuando feliz-, desarrollo de proyecto –donde poco y nada de sus ideas originales vería la luz-, animación de personajes –El zorro y el sabueso de 1981- y sus dos cortos como director, permitidos antes que nada por su bajo presupuesto y por la ganas de la empresa orejona de wwwear la animación stop motion. Así, y por esos motivos, pudo poner en pantalla Vincent (el homenaje a su amado Vincent Price, de 1982, donde San Vincent participó, y fue, según Burton, “El sueño de mi vida cumplido”) y Frankenweenie (que en pocos meses será un largo animado producido por…¡Disney!).

Después, claro, se fue de Disney quedándole como cuenta pendiente por ahí un Hansel y Gretel hecho con orientales. Y llegó la feliz coincidencia de trabajar junto a Pee Wee Herman, estrafalario personaje destinado a un público infantil. De ese encuentro surgió su primer largo: “Una muy feliz experiencia. De trabajo y de recepción. Un crítico le puso ‘menos uno’, nunca había visto un ‘menos uno’ en una crítica. Pero esa recepción agresiva, que no tuvo nada que ver con la taquilla, fue útil. No quería convertirme en director de determinado tipo de películas. Una vez que haces eso, no salís más de ahí. Por eso anduve pos filmación muchísimo tiempo sin trabajo”. Después vendrían un capítulo para la serie Alfred Hitchcock Presenta, un telefilm y, finalmente, Beetlejuice (1988) y Batman (1989).

Burton decía: “Parece que no tengo relación con Batman, pero necesito siempre sentir una conexión. Si no puedo hacerlo, no puedo trabajar en ello. Elegí ser director porque vi era la única forma posible de que las cosas salieran como me gustan. Sería una crueldad no sentirse cercano a los personajes, no ver algo en ellos”.

Encuentro cercano de dos tipos

Y el día llegó, Batman fue un éxito, Burton podía hacer lo que quisiera. Y apareció El joven manos de tijera. Entonces, se armó la reunión. Depp dice que había visto todo Burton hasta ese momento, y estaba más que seguro que sería imposible para él conseguir el papel. Burton sostiene que no ve nada de los actores: “prefiero conocerlos y ver qué hay ahí”. Vuelo a Los Angeles. Café del Hotel Bel Age. Depp entra. Y ahí, detrás de unas plantas, estaba ese sujeto “pálido, de aspecto frágil, con ojos tristones y con pelo que dejaba leer mucho más que una simple pelea nocturna contra la almohada”.

Sr. Burton, el Sr. Depp. Recuerda Depp: “Pensé: este loco hipersensible ES el joven manos de tijera”. Y algo de eso hay: Burton, nativo de Burbank, California, donde la mayoría de los estudios de cine se encontraban, odiaba esos suburbios donde creció viendo films de terror y dibujos animados, y no leyendo –“Nunca leí mucho”- como a los románticos les gusta creer.

Cuatro jarras de café después, se separaron. Depp ya había sido bendecido en el salvajismo por San John Waters, que le dio un lugar en Cry-Baby (1990). Pero, ahora, cuando atendiera ese teléfono y le dijeran “Johnny…sos el joven de manos de tijera” su vida cambiaría. La primera entre tantas vidas que serían modificada por el combo TB-JD.

Ya lo dijo alguna vez Leonardo D`Esposito: con Depp, Burton, emulando esos científicos locos de decorados berretas, estaba creando al monstruo buenito. Al hijo entre las fantasías melanco-pop -a la Road Dahl, a lo Dr. Seuss- y el terror factoría Hollywood, desde los Grandes Valores Monstruosos de la Universal hasta las adaptaciones de Poe de Price o el cine desecho de Ed Wood.

Burton, que ha jugado una y casi mil veces a hacer de Depp el perfecto maniquí de Halloween, es fanático de las máscaras: “Mucha gente ve a Boris Karloff en Frankestein y cree que no actúa. Yo veo todo lo contrario: esa máscara, ese tapado de rostro, libera al actor de una forma imposible de lograr por otro medio”.

Tal vez por eso Depp, en manos de Burton, es un juguete rabioso.

La gran promo: TB + JD

Depp, fue después Ed Wood, leyenda-cinturón negro en el cine hecho con más corazón (muchísimo más corazón) que talento. El mismísimo Ed Wood.

Depp: “Le dije que sí a los diez minutos. No se le puede poner una etiqueta a lo que Burton hace. No es sólo habilidad, porque eso vendría siendo algo que se aprende. Lo que él tiene es un regalo especial que no vemos todos los días. No alcanza con decir que es un realizador. El extraño título de ‘genio’ parece encajarle de maravillas y no sólo en el mundo del cine, sino también en el de la fotografía, los dibujos, las ideas, los modos y su pensamiento”. Así, saliendo de Ed Wood (1994), pasaron La leyenda del jinete sin cabeza (1999), a Charlie y la fábrica de chocolates (2005), a El cadáver de la novia (2005), a Sweeney Todd (2007) y a su Alicia en el país de la maravillas (2010).

Y así llegó Sombras tenebrosas: así es como la dupla TB-JD fue convirtiéndose, no solamente en padres y muy buenos amigos, sino en marcas a su manera.

Depp, el forajido chico tapa de revista que, sin el freno de mano de Burton, ha justificado más de una vez el título que le dio Nazareno Brega alguna vez en un comment: “El mejor peor actor del mundo”.

Y Burton, el bueno de Tim que ha ido –dejando la duda de saber si era una cuestión de tiempo, o que pasaría cuando su mundo se filtrará en el mainstream- convirtiéndose en su propia marca, haciendo de su universo una franquicia, cada vez sorprendiendo menos (al menos a la gran mayoría) para ahogarse en sus propios vicios. Aclaración importante antes de saltar al próximo párrafo: el autor de esta nota cree que Burton es el cuentacuentos más felizmente cabeza –de Ed Wood– que Hollywood ha dado, y que hasta sus errores justifican la historia del medio.

Pero en ese doble circuito, TB-JD, cuando se chocan parecen amalgamarse, parecen prestos a ignorar la tapa de Entertainment Weekly el actor y las millones de mochilas de El extraño mundo de Jack el director, y soltarse a jugar al cine, a perderse en modos que nunca existieron fuera de cuando ellos dos comparten un set.

Cuando, como dice -la cita no es textual- Depp, sólo unos gestos alcanzan para saber lo que Burton quiere. O, dicho de otro modo, con JD encomillado: “¿Qué más puedo decir? Es un hermano, un amigo, el padre de mi ahijado. Es un alma única y valiente, alguien por quien iría al fin del mundo y, lo sé, bien en el fondo, que él haría lo mismo por mí”.

Quizás, antes que el monstruo buenito, la mejor criatura de Burton sea un monstruo bicéfalo, con rostro de poster y alma de storyteller. La perfecta quimera de Hollywood clase C.

C, de cuentacuentos.

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