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Literatura

El monje negro

Un outsider de la literatura argentina, Macedonio ostenta una obra que debe revisitarse, revisarse y disfrutarse.

Por Florencia Canale
Ilustración Juan Natch

Novela cuya existencia fue novelesca por tanto anuncio promesa y desistimiento de ella, y será novelesco un lector que la entienda. Tal lector se hará célebre, con la calificación de lector fantástico. Será muy leído, por todos los públicos de lectores, este lector mío”. Uno de los infinitos párrafos de la obra maestra de Macedonio Fernández, Museo de la novela de la eterna, monumento de la desintegración del concepto de novela como tal y artefacto más que suficiente para construir el mito del escritor descentrado por antonomasia de la literatura argentina. El 1 de junio se cumplen 140 años del nacimiento del inclasificable ¿escritor, filósofo, poeta, humorista? -así lo definía su hijo, Adolfo de Obieta, entre signos de pregunta- más relevante de todos los tiempos, y quien impulsara como ninguno, la figura del lector.

La escritura o la vida
Macedonio nació a fines del siglo XIX, en 1874, fue muy amigo del padre de Jorge Luis Borges y elegido por este como uno de sus guías literarios. Intentar una definición concreta de su estilo, de la figura del escritor, de su obra, sería una tarea demasiado difícil. El hombre, antes de zambullirse en la marejada de lo literario, defendió como pudo la profesión de abogado, en la que se inició a los 21 años. Hasta llegó a ocupar el cargo de juez, donde pudo deleitarse con los crímenes pasionales, sus delitos favoritos.

Sin embargo, para el beneplácito de sus cultores, Macedonio abandonó las leyes para darle inicio a una vida con legislación propia. Pero fue la muerte de su mujer, en 1920, lo que lo transformó por completo. Se retiró de la profesión letrada definitivamente, escapó de su círculo y comenzó una seguidilla de mudanzas a través de diferentes pensiones, donde casi no vivió, sobrevivió. Y aunque algunos amigos intentaron convencerlo de regresar, él insistió con su toma de decisión.

Era común verlo con dos o tres sweaters superpuestos y envuelto en un poncho. Nadie más friolento que Macedonio Fernández. Eso sí, la grafomanía no lo dejaba en paz. Era, tal vez, una de las tantas enfermedades que lo aquejaban y de las que sólo él intentaba encontrar la cura.

Palabras más, palabras menos
Franz Kafka es el icono del escritor que vivió el lado oscuro de la vida escribiendo para no publicar. Si no hubiera sido por su albacea, el mito dice que sus manuscritos nunca habrían salido a la luz. Otro que también promovió el gesto de la pira literaria fue Ernesto Sábato. Tampoco lo llevó a cabo, su obra fue publicada. Macedonio es el
leading case de la multiplicación de manuscritos a la espera de la luz. Al igual que los hombres antes nombrados, fue esquivo al hecho de publicar. Pero a diferencia de aquellos, él sí desistió del camino obligado de la publicación. Quedan centenares de páginas inéditas, muchas de ellas sin descifrar gracias a una caligrafía imposible de entender. De la mente al papel y del papel a la propia relectura. Infinidad de cuadernos repletos de magma literaria.

Su obra es acotada pero podría reproducirse en una infinidad de sentidos: No todo es vigilia la de los ojos abiertos, Papeles de Recienvenido, Una novela que comienza, Adriana Buenos Aires; última novela mala, Poemas, la ya nombrada Museo de la novela de la eterna y alguna publicación más.

El impedimento no era la producción sino su cuestionamiento permanente al concepto de novela. Descreía por completo de la figura del escritor clásico. La acción laboriosa del hombre frente a sus anotaciones, cumpliendo horas de trabajo para llegar a la conclusión del escrito era casi una mala palabra para Macedonio. Y a la hora de señalar, se alejaba de cuajo de la consigna “el arte como juego”. La densidad del pensamiento eran casi un leit motiv. Para el escritor, el arte estaba más cerca de lo religioso –tal vez por lo solemne- que otra cosa.

El gueto literario venera a Macedonio Fernández. Se supone que su escritura es complicada de digerir. Habría que vencer el miedo inicial y atreverse a lo desconocido, a lo novedoso. Y seguramente sus palabras se transformarán en un viaje de ida.

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