Publicidad Bajar al sitio
Wine News

El mito del vino blanco

¿Es real que los argentinos cambiamos nuestros hábitos durante el verano a la hora de elegir un vino?

Por Alejandro Iglesias

Casi como una convención tácita, la palabra calor se relaciona a los vinos blancos en cualquier rincón del planeta. No falta ser demasiado experto para, frente a los treinta y pico de grados del termómetro, sugerir cambiar el tinto nuestro de cada día por una botella de un vino fresco y traslúcido, servido directo de la heladera o frapera. Incluso el estilo de comidas veraniegas, con productos ligeros y cocciones suaves, llama a los blancos. Pero, como dijimos, esto es una convención. Ahora, la realidad no siempre se deja llevar por el debería ser, sino que muchas veces se encapricha con el ser a secas. Por esto, salimos a restaurantes y vinotecas, consultamos a expertos de toda índole, buscando una respuesta. En la Argentina, en el promedio anual, el consumo de tinto sobrepasa al blanco por más del doble de litros promedio. ¿Pero qué pasa en verano? ¿Realmente preferimos la frescura de un Torrontés versus los 14 grados alcohólicos de un Malbec mendocino?

Escenario aparente

Empecemos con una mirada a la góndola: en los últimos años la oferta de blanco aumentó y mejoró de manera considerable. De hecho, los blancos de hoy nada tienen que ver con los de tiempos pasados. El ejemplo es el Torrontés, considerado un vinito menor en los ochenta, que cual oruga se convirtió en la mariposa blanca de nuestra industria vitivinícola. Otro ejemplo es el Sauvignon Blanc, que se impuso como el blanco trendy. Y el Chardonnay, que -tras una breve etapa en que perdió adeptos- volvió con una gran diversidad de estilos para afianzarse como la reina de sección -pequeña, no lo olvidemos- de la góndola.

Apoyándose en distintos lanzamientos, en nuevas cepas y varietales, e incluso en algunos blends de alta gama, muchos periodistas, bodegueros, vendedores y otros comenzaron a hablar del gran momento de los blancos locales y de cómo la industria aspiraba a recomponer la demanda de estos vinos, mirando de reojo a los años setenta, cuando la relación era inversa a la actual. En aquellos tiempos, en la Argentina se bebían muchos más vinos blancos que tintos.

Pero la ilusión duró poco. Frente al voluntarismo y las buenas intenciones de la industria, se impuso la frialdad de las estadísticas, que pronto demostró que el Torrontés era solo un hit para la prensa, mientras que el consumidor, a la hora de elegir un blanco, seguía prefiriendo un Chardonnay o un genérico.

La más dura realidad

Los números están ahí, a la vista, para que cualquiera los vea. Alcanza con entrar al site del Instituto Nacional de Vitivinicultura, donde aparecen los volúmenes de despacho: el 75% del vino que se comercializa en el país es tinto, ya sea genérico o varietal, mientras que el 50% del viñedo también corresponde a las uvas de color. Lo que resta se distribuye en partes bastante equitativas entre blancas y rosadas. Datos que ponen en evidencia las preferencias del bebedor local por los tintos.

Pero esto que suena mal (al menos, para los vinos blancos), puede sonar peor. Fuentes de un importante grupo bodeguero (que obviamente no quiere aparecer mencionado) aseguran que los vinos blancos sólo representan un 10% de las ventas en supermercados y autoservicios, únicos ámbitos auditados por consultoras independientes. Ok, ya entendimos: se vende poco blanco. ¿Pero el número crece al menos en verano? “Sí, el share aumenta, pero poco. Sube un 3%, no más que eso”, nos dicen, provocando nuestro asombro.

Otra bodega, que está entre las más importantes del Valle de Uco, y cuyo portafolio cuenta con una interesante propuesta de blancos, devela que el 45% de estos vinos se comercializa durante el último cuatrimestre, en especial en octubre y noviembre. El resto del año observan un comportamiento predecible y hasta marginal para un negocio movilizado en la plaza local por los tintos. Y destacan que esta conducta es muy propia de nuestro país, ya que en la exportación aprecian una variabilidad estacional muy significativa en las compras de cara al verano, principalmente en los países europeos, donde puede llegar a repartirse en parte iguales el interior de un contenedor.

El blanco en el restaurante

Con cierta sensación de vacío que suelen dejar los datos duros de la estadística, nos metimos en la arena de las botellas abiertas, que es como la industria del vino nombra a lo que se vende en los restaurantes. En este mundillo, los blancos también llevan las de perder.

Según Guido Sosto, propietario de Guido Restaurante, un local que se destaca por su buen servicio de vinos, “nuestros clientes prefieren los tintos refrescados en frapera en lugar de un blanco. Incluso los rosados y los espumantes son más populares en esta época”. Y remata: “la percepción de calidad/precio de las burbujas supera por mucho a la del vino blanco tranquilo”. Es cierto: hoy los blancos en carta están casi al mismo precio que un tinto rico, incluso que un espumoso, marcando una pelea despareja donde pierde por knock out.

Atentos a que Guido es un reducto gourmet con una amplia cava y clientes bastantes conocedores, fuimos a ver qué sucedía en algún local más popular y económico. Mediodía de domingo en el Bar de Cao, barrio de San Cristóbal. La gente espera de pie por una mesa. Hace algo más de 32 grados de térmica. En las mesas sólo se ven cervezas de litro, gaseosas y vino tinto. Ni una botella de blanco. Le preguntamos a la mesera si esto que vemos es lo común, y nos asegura que sí: “En general, la gente prefiere un tinto con soda y hielo a un blanco”.

Seguimos la recorrida, y en Vinology nos encontramos con María Mendizábal, mejor Sommelier de Argentina 2006 y encargada de esta vinoteca de Cañitas, quien suma: “es verdad que con el calor hay un aumento de la venta de vinos blancos, pero la realidad es que los consumidores, en su mayoría, siguen comprando vino tinto a pesar de los 40ºC. Sí vale la pena destacar la preferencia por los espumosos y los rosados; por ese lado van muchos clientes”.

 ¿Y si lo mezclamos?

¿Quién no recuerda las épocas en que el clericó era la bebida del verano? Todas las mesas de los paradores en Punta del Este solían tener una gran jarra repleta de frutas, hielo y azúcar, donde se agregaba vino blanco. Pero hoy, incluso en esta mezcla, el vino blanco fue desplazado por el espumante, que le ganó la pulseada.

El tema de las mezclas es interesante, y abre un campo nuevo a estos vinos algo menospreciados por los consumidores. En los últimos años, son varias las bodegas que impulsaron recetarios elaborados por los bartenders más consagrados del país, con propuestas de cócteles con Torrontés y otros varietales. Por esto, consultamos a Julián Díaz, propietario del bar 878, para ver cuántos de esto tragos se piden en su barra, y entender si hay allí un nicho capaz de cambiar la historia. “Los tragos con vino blanco que nos piden son casos aislados. Pero también tiene que ver cuánto lo impulse uno. En nuestra barra de la Feria Masticar hicimos un ponche de Torrontés y maracuyá, y vendimos más de 1.100 unidades en los tres días del evento. Pero hay que ser realistas: no es una demanda pronunciada, sino más bien una propuesta entusiasta.”

Está todo dicho, dejemos de darle vueltas: hace treinta años éramos una nación de vinos blancos. Hoy, lo somos de grandes tintos, con parámetros de calidad que vanaglorian más un denso Malbec que un refrescante Chardonnay. Incluso la estacionalidad no logra romper esta lógica de consumo. Sin embargo, la industria no baja los brazos y promete continuar su apuesta por dar a conocer sus distintas variedades de bancos. Al fin y al cabo, son vinos que muchas veces salen en el mismo año de la cosecha, sin demandar así los enormes costos financieros que exigen los tintos. Y mientras la industria sigue intentando lo que parece imposible… mozo, ¿me trae una hielera con mi Cabernet?

×