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Literatura

El misterioso señor Pynchon

Thomas Pynchon se se ha vuelto un ícono por varios motivos: su notable obra, su fobia absoluta a los flashes fotográficos y una estrategia de márketing inoxidable: no aparecer jamás en público.

Por Natalia Moret
Ilustración Juan Natch

“¿Deberé proyectar un mundo?”. Esta pregunta de Oedipa Maas se repite varias veces a lo largo de La subasta del lote 49, segunda novela de Thomas Pynchon, uno de los escritores estadounidenses fundamentales del siglo XX que todavía sigue vivo y produciendo. En esa pregunta se resume y se concentra la problemática de su obra. ¿Deberé proyectar un mundo que signifique, o deberé buscar un sentido –lo que en Pynchon debe leerse como: aceptar que no hay ninguno inherente- en lo que me rodea? Pynchon, el “gran posmoderno”, parece decirnos que el sentido, que no existe, permanece oculto. Lo teje alguien en algún lugar… Este autor viene a reafirmar eso de que “las teorías conspirativas son el género más estadounidense de todos”. Su obra la habitan personajes que nunca terminan de entender su lugar, su función y su misión en la Historia. Personajes que nunca sabrán para quién trabajan en realidad. Personajes altamente susceptibles a la paranoia y a encontrar dudosas (complicadas) conexiones entre los hechos aparentes del mundo.

Cabeza de bolsa

Existe una remota posibilidad de que el propio Pynchon no sea un paranoico y sólo lo sean todos sus personajes, pero no quedan dudas de su fobia social. Nacido en 1937 en el Estado de Nueva York (en Long Island), gana notoriedad pública desde 1963 con la publicación de su primera novela: V. De la fecha a la actualidad, salvo contadísimas excepciones, no ha dado ninguna entrevista, ni siquiera a medios gráficos. Se conoce su cara por algunas viejas fotos secuestradas del anuario de la Universidad de Cornell, donde Thomas planeaba estudiar física e ingeniería y terminó estudiando literatura (después de un breve paso por la Marina) cursando clases con Nabokov. Demostrando un gran sentido del humor que también está presente en sus libros, Pynchon apareció un par de veces en Los Simpsons haciendo de él mismo, con su propia voz, representado por una caricatura amarilla que anda por el mundo con una bolsa de papel madera cubriéndole la cabeza para que nadie pueda verlo.

A pesar de esta reticencia a hablar por fuera de su ficción y jamás en la vida hablar de su propia ficción, Pynchon no castiga ni juzga a aquellos escritores que se atienen al funcionamiento normal del mercado de la literatura. De hecho, ha sido bastante generoso: publicó un gran número de reseñas elogiosas y también contratapas de libros que le hacen llegar y que le gustan. Su trabajo más importante fue publicado en 1973: El arco iris de la gravedad es una novela ambientada en la Segunda Guerra con foco en el Holocausto, construida sobre infinidad de tramas que conducen a callejones sin salida, una trama principal que se desprende de una línea secundaria del relato, cerca de 1.200 páginas y más de 400 personajes. Un hueso duro de roer, pero sabroso. Tal vez por esta misma complejidad, Pynchon no sea un escritor muy prolífico: sólo siete novelas en 50 años, y una nueva (Bleeding Edge) con fecha de aparición en septiembre. A pesar de la dificultad que plantea su lectura, todos sus libros han sido un fenómeno de ventas. De seguro su fobia y todo el misterio que esta “invisibilidad” crea alrededor de su figura funcionaron y funcionan como una muy buena estrategia de márketing.

La fama que lo acompaña, la de ser un “escritor difícil”, no le hace por completo justicia: no es “difícil”; es, en todo caso, exuberante, barroco. Pero tampoco es una fama por completo falsa. Sí, sus novelas son largas (la mayoría supera las 800 páginas). Sí, están repletas de referencias de todo tipo. Y sí, para “entender” (al menos captar) todo lo escrito en sus páginas serían necesarios vastos y variados conocimientos de religión, tecnología, matemática, historia del arte, medicina, cultura popular norteamericana de mediados de siglo XX, historia mundial, historia de la literatura, física teórica, cine, cibernética… Pero, como dijo el propio Pynchon, ¿por qué las cosas deberían ser fáciles de entender? Es más: ¿por qué deberíamos entenderlo todo? ¿Acaso no es la sensación de entenderlo todo una de las ingenuidades más absolutas en las que se puede caer?

Sueño perturbador

Decidir entrar en Pynchon es decidir que la multiplicidad de universos y la infinitud de sentidos no va a abrumarnos. Al revés. Todos esos hilos de sentido posible que el autor va desplegando en sus historias (y que muchas veces abandona sin explicación) funcionan como estímulo más que como freno. Cada una de estas puertas es una puerta que se abre y nunca vuelve a cerrarse tras de sí. Al terminar el viaje de lectura por cualesquiera de sus novelas, uno regresa a la Tierra con la sensación de haber estado soñando un sueño poderoso y profundamente perturbador. Esta sensación puede quedarse con nosotros horas, días o semanas en los que la vigilia –el mundo real- se nos aparecerá falta de cualquier sentido único o esencial. Porque es esa pregunta –la del orden, la del sentido- la pregunta que la obra de Pynchon graba a fuego en la memoria de sus lectores. Entrar en su mundo es entrar en un universo paralelo, gelatinoso, extrañado. Un mundo proyectado que podría ser real si a lo real se le hicieron dos o tres ajustes fundamentales. Un mundo que no es el mundo real pero que, inquietante y sombrío, se le parece mucho.

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