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Cine y Series

El misterio Szifron

Después de una seguidilla exitosa de películas y series, nada se supo de él  por varios años. Pero Damián Szifron está de regreso con su última película, Relatos Salvajes, presentada en Cannes.

Por Diego Lerer
Foto: Marcelo Arias

Al principio, fue un silencio. Un largo silencio. Años y más años de silencio. Casi una década pasó desde la última vez que supimos de él. Tanto que, en ciertos ámbitos, una pregunta común había empezado a circular: “¿Sabés que es de la vida de Damián Szifrón?” Es que durante un tiempo, a principios de la década pasada, cuando la crisis económica argentina hacía estragos y las Torres Gemelas acababan de desaparecer del cielo de Nueva York, Szifrón empezaba a ser una presencia constante en el cine y la televisión, con dos películas (El fondo del mar y Tiempo de valientes) y dos series (dos temporadas de Los simuladores y una de Hermanos y detectives) que se conocieron –y fueron tan premiadas como exitosas– en el lapso de cinco años. Y desde entonces, nada. Un hueco enorme. Un vacío. El misterio Szifrón.

Sin embargo, cuando uno se encuentra con el director, lo primero que se disipa es ese misterio. No, no estamos ante un ermitaño de barba larga que acaba de bajar de su montaña solitaria. Tampoco ante un fantasma que retorna caminando entre la niebla. Ni siquiera ante alguien completamente irreconocible de aspecto ni cambiado en cuanto a su personalidad. Al contrario, da la sensación que el tiempo casi no ha pasado y que uno retoma el contacto como si apenas unos meses separaran aquel lejano 2006 de este 2014.

Hay, sí, un detalle que marca el largo tiempo de silencio: Szifrón no para de hablar un segundo. Es así que entrevistarlo se transforma en un largo soliloquio suyo que tiene que ser interrumpido casi por la fuerza para colar una pregunta. Evidentemente, el hombre extrañaba poder explayarse en público y le ha llegado el momento de hacerlo. Algo de eso hay también en la película que lo trae de vuelta: Relatos salvajes, que es el tipo de filme que hace alguien que quiere contar muchas cosas en el limitado tiempo de una narración cinematográfica. No es una película sino seis mini-películas en una, una suerte de compilado de historias donde pasan muchas cosas, muy rápido, como si hubiera que recuperar todo el tiempo perdido.

En cierto sentido, Relatos salvajes puede ser vista como un fresco sobre la Argentina actual a partir de una serie de situaciones tensas donde los comportamientos violentos, que usualmente las personas reservan para sus fantasías (o sus pesadillas), salen a la luz a partir de toparse con las miserias y las complicaciones que nos presentan los demás. En un tono de comedia por demás negra, Szifrón cuenta historias de revancha, de “ojo por ojo”, de agresión que escala a niveles insospechados. Puede ser a bordo de un avión, de un coche, en un restaurante, en un casamiento, en una casa de campo o en una oficina pública. Lo cierto es que, en todos los casos, aquello de “la violencia está en nosotros” se expresa de las maneras menos pensadas a través de los personajes que interpretan Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Erica Rivas, Oscar Martínez, Darío Grandinetti, Julieta Zylberberg y Rita Cortese, entre otros.

“Estaba escribiendo varias cosas a la vez que eran muy demandantes y quería cerrar proyectos un poco más posibles”, explica el director. “Necesitaba filmar. Dejé pasar muchas cosas: una película de ciencia ficción, un western, una película de amor y varias series, y siempre se me seguían apareciendo situaciones, conflictos o imágenes que empecé a cerrar para no tener más carpetas con guiones abiertos. Los escribía de forma lúdica, casi como una actividad paralela de placer y distensión, a los guiones más serios que estaba haciendo. Había un contraste entre los personajes y lo que me pasaba a mí que me resultaba muy disfrutable. Escribí, no sé, unos doce relatos o más de los cuales quedaron seis, los ‘salvajes’, digamos, que reuní en un volumen. Si bien las situaciones son muy distintas, tenían un denominador común respecto al tono”.

-¿La idea del hombre como ser salvaje, fundamentalmente violento?
-El salvajismo aparece fruto del grado de civilización en la que estamos y el mundo que me gustaría que tuviéramos. La distorsión entre las dos cosas me hace aparecer un universo opresivo, extremo. Este tipo de personajes y situaciones son metáforas de la realidad. Y uno trata de trabajar esas tensiones que aparecen en lo que escribe. Yo siento que si no pudiera escribir, si hubiera nacido bajo otras condiciones económicas o sociales, seguramente no estaría bien o estaría preso (risas). No sería un ser dócil que agradece el lugar que le tocó, sino que tendría mis problemas con la autoridad. Pero, a la vez, no es que me propuse escribir una película oscura o salvaje ni nada por el estilo. Ni tampoco pienso que sea una película pesimista. La experiencia que te queda no es negativa y no hay una misantropía respecto de la especie humana. En ese sentido, me importa cómo termina la película, la idea de que lo primitivo que reprimimos no necesariamente es algo negativo, malo o distorsivo de cómo debería avanzar la humanidad. Creo que, sacándose de encima esa violencia que genera la desigualdad social, se abre la posibilidad de un nuevo comienzo.

-¿Cómo fueron surgiendo las historias para la película? ¿De dónde salieron? ¿Hay alguna que sea autobiográfica?
-Lo de la grúa me pasó a mí (el episodio de Darín), pero le debe haber pasado a muchos que te lleven el auto y no puedas hacer nada. Allá, donde la mayoría se reprime y se queda fantaseando lo que le hubiese gustado hacer, los personajes pasan a la acción. Quería seguir a personajes que en lugar de estresarse, avanzan. La novia en la boda (el último episodio, con Erica Rivas) se hubiera achicharrado ante la situación que se le presenta, pero ésta cruza la frontera y después de esa frontera está lo desconocido. Puede ser fatal entrar en ese juego, pero si no te metés, también estás tolerando un montón de faltas de respeto, de violencia, de situaciones de injusticia y desigualdad. Eso es lo que hago yo: soy valiente y, a la vez, débil, me dan ganas de bajarme a pelear, pero no lo hago. Me identifico con personajes como los de Ricardo y Erica. Casi en primera persona. En el del corto de Sbaraglia (una pelea entre dos conductores de auto en una ruta), tenés la tranquilidad de que no sos ninguno de ellos. Es realista, sí, pero es un realismo desfasado, extrañado. Si ves la película en estado de libertad conviven en ella temas, miradas y situaciones de violencia psíquica, pero al mismo tiempo está el placer de la ficción como algo liberador. Es como la discusión que hay con el cine de (Stanley) Kubrick, que si es un misántropo o es un humanista. Kubrick cree en el cine, en la obra del hombre. Y eso lo convierte, fundamentalmente, en un humanista.

-La película me parece que produce una curiosa vuelta de tuerca respecto a Los simuladores. Ellos eran tipos que se metían en situaciones complicadas o injustas y lograban resolverlas mientras que aquí los personajes, cuando se meten en esas situaciones, no hacen más que complicarlas más…
-Lo que decís me retrotrae al conflicto de hacer una película de Los simuladores. Me encantaría hacerla con elementos que tengo ahora, pero a la vez hoy no creo tanto en las reparaciones individuales de los problemas. Hoy creo que hay que cambiar las reglas, no resolver problemas específicos. En Relatos salvajes, aparece mucho esa zona de lo insoportable de querer controlar todo, los estímulos, los deseos. Son personajes que pierden el control, se abandonan y, en el momento en que lo hacen, dejan de medir las consecuencias, se entregan al placer que les produce liberar esa violencia contenida. Es como sacar el antivirus: puede entrar cualquier cosa. En el segundo episodio, hay dos mujeres (Julieta Zylberberg y Rita Cortese), una se reprime y la otra quiere sangre y venganza. Son las dos caras de la misma moneda, dos lados de una misma persona. Y esos dos lados los tenemos todos.

Relatos SalvajesDesaparecer del mapa
El regreso de Szifrón al cine no podía haber sido más auspicioso. Además del éxito casi seguro del filme (por el elenco que tiene, por la expectativa de su retorno, por su propuesta), Relatos salvajes le permitió a un director que no se caracterizaba por hacer un cine “para festivales” entrar en la máxima competencia de Cannes. Y si bien la película no se llevó premios de allí –algo que no sorprende, tomando en cuenta sus características narrativas y su apuesta más del tipo comercial– salió fortalecida gracias a una excelente recepción que permitió que sea vendida a buena parte del mundo. Fue, además, una extraordinaria experiencia para el propio Szifrón, no tan acostumbrado al universo de las alfombras rojas y las celebridades internacionales.

“No voy a decir que ir a Cannes fue cumplir un sueño ni lograr un objetivo porque mentiría”, explica. “No me quitan el sueño ni la taquilla, ni la crítica, ni los festivales. Escribo y hago películas pensando en el espectador, en el intercambio que se produce entre lo que pasa en la pantalla y el público. De todos modos, haber estado allí fue increíble, la gente recibió muy bien la película y para todos los que trabajamos en ella fue como un premio”.

-La pregunta obvia e inevitable es saber qué fue de tu vida todos estos años. ¿Por qué desapareciste del mapa por tanto tiempo?
-No era algo que tuviera previsto, pero claramente tenía el deseo de dedicarme a escribir sin la presión de dirigir, y viceversa. Viví años de laburo muy intensos haciendo tele y dos películas al mismo tiempo. Era terminar un rodaje, comer, escribir, volver a rodar y así. Disfruté mucho de esa adrenalina, pero en un momento fue demasiado, ya sentía que la falta de tiempo me perjudicaba y me llevaba a dirigir de forma intuitiva. Terminaba el guión y ya veía la película, el rodaje era hacerlo nomás. Y me gustaba la idea de la vida del escritor: viajar a Colonia con la compu cinco días, entrar a un cine, ver una película, dejarlo ir, que te pasen cosas en la vida. Observar la realidad para poder crear ficciones. Si filmás la misma noche que escribís algo todo se vuelve muy hostil.

-Pero cinco días se convirtieron en ocho años…
-(Risas) Me puse a escribir El extranjero, la película de ciencia ficción, y ese proyecto me disparó muchas preguntas existenciales, incógnitas poderosas, cuestiones cósmicas sobre el origen del ser humano. ¿Qué somos? ¿Qué es el universo? Preguntas infantiles, que no tienen respuesta, pero que me fueron abriendo a pensar que la realidad es mucho más compleja que la que experimentamos en la sociedad en la que vivimos. Meterme con eso me abrió muchas puertas perceptivas y eso me trajo otras ideas que se las metía a El extranjero, hasta que eso creció tanto que se volvió inmanejable. Así que abrí una productora con la idea de ir desarrollando guiones sin la presión de filmarlos. Así fue que escribí un montón, disfruté mucho de esa etapa y ahora que tengo cinco guiones en la mano, a filmar. No de uno en uno, sino filmar varios seguidos. La pareja perfecta es una historia de amor, por ejemplo. Y El extranjero todavía no se qué es. Es un modelo que estoy investigando.

-Tengo la impresión que Relatos salvajes va a ser interpretada como tu mirada a la realidad de la Argentina actual. ¿Sentís que es una lectura lógica, probable?
-No creo que sea un fresco sobre la realidad argentina o de América Latina, pero sí que es una mirada posible sobre las sensaciones que nos provoca esta realidad en la que vivimos. Pero no solo nosotros, sino en todo el mundo. El ser humano es un ser amoroso, pero también puede ser agresivo y violento ante las injusticias del mundo. De cualquier manera, soy optimista. Tengo fe en la evolución de la especie.

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