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Literatura

El libro perfecto el pez banana

Adelantamos parte de la introducción de la nueva biografía de J.D. Salinger

Texto: Shane Salerno y David Shields
Ilustración: Juan Natch

J. D. Salinger se pasó diez años escribiendo El guardián entre el centeno y el resto de su vida arrepintiéndose.

Antes de que se publicara el libro, era un veterano de la Segunda Guerra Mundial con trastorno de estrés postraumático; acabada la guerra, nunca dejó de buscar la cura espiritual para sus heridas psíquicas. En la estela del enorme éxito de aquella novela sobre “un chico de colegio de clase alta”, emergió un mito: Salinger, igual que Holden, era demasiado sensible para el mundo que lo rodeaba, se consideraba por encima de todo. El resto de su vida se lo iba a pasar intentando reconciliar sin éxito estas dos versiones completamente contradictorias de sí mismo: el mito y la realidad.

El guardián entre el centeno ha vendido más de 65 millones de ejemplares y continúa vendiendo más de medio millón al año; es un libro crucial para varias generaciones, sigue siendo un tótem de la adolescencia americana. La escasa obra de Salinger -cuatro libros breves- tiene un peso y una penetración culturales casi sin igual en la literatura moderna. El pasatiempo crítico y popular del último medio siglo ha sido interpretar al hombre a partir de sus obras porque el hombre se negaba a hablar. El éxito con que Salinger construyó su propio personaje épico, su obsesión por la privacidad y el búnker al que se dedicó con tanta meticulosidad -y que alberga un montón enorme de escritos que nunca quiso publicar- se han combinado para formar una leyenda impermeable.

Salinger fue un ser humano extraordinariamente complejo y contradictorio. A diferencia de lo que nos han dicho, no se pasó recluido los últimos cincuenta y cinco años de su vida. Viajó mucho, tuvo muchas aventuras amorosas y amistades de toda la vida, consumió cantidades abundantes de cultura popular y a menudo encarnó muchas de las cosas que él mismo criticaba en su narrativa. Lejos de ser un ermitaño, mantuvo un diálogo constante con el mundo a fin de reafirmar la noción que éste tenía de su reclusión. Lo que él quería era privacidad, pero el silencio literario que trajo consigo su reclusión se ha llegado a asociar tanto con él como El guardián entre el centeno. Se ha hablado mucho de lo difícil que debió ser para Salinger vivir y trabajar a la sombra del mito, lo cual es innegablemente cierto; pero nosotros mostramos que en gran medida también se dedicó a perpetuarlo. (…)

En la vida de Salinger, hubo dos puntos de demarcación muy claros: la Segunda Guerra Mundial y su inmersión en la religión vedanta. La Segunda Guerra Mundial destruyó al hombre, pero lo convirtió en un gran artista. La religión le proporcionó la paz que necesitaba como hombre, pero mató su arte.

Ésta es la historia de un soldado y escritor que escapó de la muerte durante la Segunda Guerra Mundial pero nunca abrazó del todo la supervivencia, un medio judío de Park Avenue que descubrió al final de la guerra lo que significaba ser judío. Ésta es la investigación del proceso por el cual un soldado roto con el alma herida se transformó a sí mismo, por medio de su arte, en un icono del siglo XX y luego, por medio de su religión, destruyó ese arte.

Salinger nació con una deformidad congénita que proyectó una sombra sobre toda su vida. Fue un dandi sabelotodo y de talento volátil, salido de una novela de F. Scott Fitzgerald, que dejó sin terminar los estudios universitarios y se mostró ferozmente

decidido a convertirse en un gran escritor. Salió con Oona O´Neill -la preciosa hija del que podría muy bien ser el más grande dramaturgo de Estados Unidos, Eugene O´Neill- y publicó relatos en el Saturday Evening Post y otras “revistas generalistas”. Después de la guerra, Salinger no quiso autorizar la reedición de ninguno de estos relatos. La guerra había matado a aquel autor. (…)

A lo largo de todo el conflicto y también durante su hospitalización de la posguerra, Salinger llevó encima un talismán personal para sobrevivir dentro de aquella máquina de hacer cadáveres: los seis primeros capítulos de lo que terminaría siendo El guardián entre el centeno, un libro que redefiniría la América de posguerra y que se puede interpretar por encima de todo como una novela bélica camuflada. (…)

Profundamente trastornado (y no solamente por la guerra), se volvió insensible. Y sumido en esa insensibilidad, ansió ver y sentir la unidad de todas las cosas pero se conformó con el desapego hacia el dolor de todos salvo el de sí mismo, que primero lo abrumó y después lo dominó. Durante su segundo matrimonio, se distanció gradualmente de su familia, pasando semanas enteras en el búnker independiente, y les dijo a su mujer, Claire, y a sus hijos, Matthew y Margaret, que no lo molestaran “a menos que la casa estuviera ardiendo”. (…)

Salinger creó un mundo privado donde lo pudiera controlar todo y extrajo un arte inmaculado e inmortal de la angustia de la Segunda Guerra Mundial. Y luego, cuando ya no lo pudo controlar todo, cuando la acumulación de tanto sufrimiento se volvió excesiva para que la soportara un ser humano tan delicado, se entregó por completo al vedanta, convirtiendo la segunda mitad de su vida en una danza con fantasmas. Ya no tenía nada más que decir a nadie.

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