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Literatura

El Innombrable

A 60 años de la primera edición de Esperando a Godot y a 106 de su nacimiento, un intento de acercamiento a la obra de uno de los mejores escritores del siglo XX.

Samuel Beckett es el escritor que no quiere lectores. Es el escritor que se saca de encima, página tras página, a los lectores, a los críticos, a los aduladores, a los indiferentes. Beckett exige una sumisión y, al mismo tiempo, aunque suene extraño, una rebeldía constante. Y paciencia, mucha paciencia. Una paciencia, paradoja, rebelde. Entrar en el universo de SB es ingresar a un terreno inhóspito, desgastado, desértico: no hay tregua para nadie en sus novelas, en sus poemas, en su teatro. Así y todo, con ese humor un poco retorcido que recorre su obra, Beckett alienta a seguir sus pasos: “No matter. Try again. Fail again. Fail better”, escribió un poco para su propia hoja de ruta, otro poco para mostrarle el mapa a los demás mortales.

De ese Beckett que expulsa más de lo que seduce, hay una sola obra de teatro que, si se quiere y sólo hasta ahí nomás, forma parte del universo domesticado de la lengua, Esperando a Godot. Esa obra se publicó por primera vez en francés en 1952, hace exactos 60 años. La editó Les Editions de Minuit, la editorial parisina, y fue escrita originalmente en francés. Y en este mes que recorremos se cumplen 106 años del nacimiento de su autor, en Irlanda, el 13 de abril de 1906.

Para un escritor que expulsa a sus lectores, para un escritor que es, efectivamente, Godot -”Hoy no vendrá, pero mañana seguro que sí”, afirma el esclavo Lucky una y otra vez, mientras Vladimir y Estragon lo siguen esperando-, para un escritor de esta estirpe, las fechas redondas no significan absolutamente nada. Del mismo modo que no significan gran cosa los aniversarios no exactos. Por eso, esta es una ocasión tan buena como cualquier otra para intentar un acercamiento con el universo de SB. En todo caso, no matter. Try again. Fail again. Fail better.

Cruces y encuentros

“Si Dios ha muerto, todo está permitido”, escribe Albert Camus en su libro El hombre rebelde, haciendo un notable cruce que podría frivolizarse como Nietzsche meet Dostoievski. Y en este cruce, en este encuentro -herramientas muy beckettianas los cruces y los encuentros fallidos de personajes que no se miran, que no se conocen, que no les importa el otro en absoluto- es posible hallarlo a SB.

No parece casual que Beckett haya necesitado cruzar el Canal de la Mancha y entrar en el continente europeo, a Francia en rigor, para dar verdadera dimensión a su obra. En inglés y en la isla británica, sólo escribió sus dos primeras novelas, Murphy y Watt. De ahí en más, las primeras versiones de sus textos “continentales” serán primero en francés y después traducidos (por él mismo) al inglés.

No parece casual que Beckett haya necesitado huir del racionalismo y la lógica filosófica inglesa para adentrarse primero en la división cartesiana de cuerpo y alma y, más adelante -vía teatro del absurdo-, en el existencialismo francés. Tampoco parece un detalle que sus referentes literarios sean Proust, Céline, Sartre, Camus, Ionesco, los textos experimentales de Grillet y Sarraute, y no los novelistas ingleses. James Joyce, si se quiere, es la excepción. Y ciertas técnicas de construcción del relato tomadas de Dickens.

Beckett se tira de cabeza en el absurdo existencial y llega más profundo que el Nautilus del capitán Nemo. En su obra, la realidad es un sueño exagerado, una pesadilla donde futuro, pasado y presente viven chocándose, golpeándose las cabezas, perdiendo el sentido y el control. Comparadas con sus novelas, las obras simbolistas de Conrad y Joyce no son otra cosa que proyecciones realistas de problemas cotidianos. Malone, Murphy, Molloy, el ser sin nombre de El Innombrable y siguen las firmas, no tienen futuro ninguno. Es que en un mundo que ni castiga ni recompensa, las aspiraciones, la esperanza, la ambición y la voluntad no tienen sentido. En todo caso, el sufrimiento de sus personajes -y el sufrimiento del lector siguiendo las mínimas peripecias de estos personajes- carece de connotaciones heroicas-. Y esta falta de metas, de objetivo real en la historia y en la vida, obliga a pensar que el sufrimiento -de los personajes, de los lectores de Beckett, incluso de aquéllos que no lo leen- es más bien cómico. ¡Ja!, bienvenidos al humor de Samuel Beckett, no precisamente un cultor del satnd up.

Cómico sin par

O tal vez sí. Tal vez un cultor del stand up. De hecho, si hay algo que se desprende de la obra de SB son aventuras egocéntricas. Búsquedas tan predestinadas al fracaso, búsquedas tan sin objetivo que sólo prosperan gracias al ego. Y qué más egocéntrico que un tipo parado solo sobre un escenario con la pretensión de hacer reír a un número de personas, a un público. Aunque, seguro, un espectáculo de SB no garantizaría un gran número de espectadores.

Pongámoslo así: desde Balzac -aproximadamente- los novelistas europeos del “buen decir” se sentían orgullosos de acumular detalles en sus obras. Tal vez, el paroxismo de esta técnica lleve el nombre de Proust. Beckett también acumula detalles, sobre todo, en sus novelas. También está orgulloso de estos detalles. La diferencia, en todo caso, es la siguiente: mientras Proust describe una cena hasta el último aroma y condimento o la catarata de recuerdos que se desprenden de una simple magdalena mojada en tila, Beckett describe como un ser informe chupa una piedra o como repta -porque aparentemente no tiene piernas ni brazos- por una pendiente que lleva a ningún lado o a cierto sitio que, al llegar, terminará siendo ningún lado. Hay humor ahí, pero un humor duro, nihilista. El humor que supone poner personajes cómicos en un mundo trágico.

En esta ausencia de esperanzas, de objetivos, de mínima afirmación, sobreviven Beckett, su obra, sus lectores y el Godot de la fecha redonda. Intentamos recordarlo hoy, acercarnos hoy, hacernos las preguntas que dan inicio a El Innnombrable: “¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora”. Una vez más, hemos fallado.

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