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Entrevistas

El inglés de los huesos

Entusiasmado con su personaje en la serie The Knick, el actor habló con Bacanal en el Festival de Cine de Roma.

Diego Lerer (Desde Roma, especial para Bacanal)

Clive Owen es la clase de actor que prefiere el bajo perfil. Tanto en su vida privada como en sus actuaciones. No se trata de uno de esos intérpretes que llaman la atención sobre sí mismos o sobre su talento. Al contrario. Es de los que se funden de tal manera en los proyectos en los que participa que uno tiende a olvidarse hasta donde fue que lo vio. Pero lo vio. Y mucho. Con 50 años recién cumplidos –que parecen, obviamente, muchos menos–, este hombre nacido en un hogar de la clase trabajadora de Coventry se topó con uno de esos roles con los que muy pocos actores tienen la suerte de toparse, “uno de los mejores que me tocó en la vida”, asegura.

Owen habla del Dr. John Thackery, el protagonista de The Knick, la serie de televisión dirigida por Steven Soderbergh que culminó su primera temporada hace pocas semanas y que se ha transformado en una de las más comentadas y celebradas de los últimos tiempos. En la serie que transcurre en el año 1900, el actor de Closer, El plan perfecto y Niños del hombre encarna a un cirujano brillante pero a la vez arrogante, agresivo y adicto a las drogas que trabaja en un hospital de un barrio por entonces pobre y difícil de la ciudad de Nueva York.

Tan impactante es la serie que en el Festival de Cine de Roma se la decidió incluir en la sección oficial como si fuera una película más de las Galas del programa, pese a sus casi diez horas de duración. Se exhibió en una sala de cine dividida en tres partes (son diez episodios) y fue tratada, aplaudida y celebrada como si fuera una obra maestra. Que, de hecho, lo es. O, mejor dicho, es muy probable que lo sea ya que recién ha comenzado: en enero arranca el rodaje de la segunda temporada y todavía nadie sabe cuánto tiempo más seguirá en el aire.

Cirujano en la cuerda floja
Owen estuvo presente en Roma para hablar de The Knick sin abandonar nunca ese aire casual, de tipo inglés de barrio al que uno imagina más viendo un partido del Liverpool (equipo del que es fanático) en un pub con sus amigos que firmando autógrafos en una alfombra roja. Pero tras más de veinte años de carrera, muchos de ellos en Hollywood, este hombre que pudo haber sido James Bond (pero fue relegado cuando eligieron a Daniel Craig) sabe que esta es una oportunidad casi única y no piensa desaprovecharla. Es que gracias a la serie, el actor de Agente internacional y Duplicidad ha vuelto a los primeros planos como no se lo veía desde hace mucho tiempo. Y, se nota, hablar de su trabajo en la serie lo entusiasma como, asegura, pocas cosas que ha hecho en su carrera.

-¿Cómo te llegó el proyecto y qué te motivó a aceptar un compromiso tan largo como el que, potencialmente, implica trabajar en una serie de televisión?
-Conocía a Steven (Soderbergh) socialmente, pero nunca había trabajado con él. Un día, mientras yo estaba filmando una película, me llamó por teléfono y me dijo que tenía un guión muy bueno y que quería hacer diez horas de televisión con él. “Leelo y decime lo que pensás”, me dijo. La verdad, yo no estaba buscando hacer televisión específicamente pero a los 45 minutos de leerlo sabía que lo iba a hacer. Era un guión salvaje. Conocía un poco el tema de la medicina a principios del siglo XX por haber trabajado en una pequeña película británica llamada Century (Stephen Poliakoff, 1993) y sabía que era una época intensa y crucial para esa ciencia. Pero nunca había leído un guión con un personaje y un mundo que sean tan originales, complicados y excitantes. Thackery es un gran personaje: es un genio, es brillante, pero también es un drogadicto arrogante y un tipo muy difícil de tratar.

-Y racista…
-Sí, pero no él especialmente. Entonces todo era así, no había médicos negros en hospitales neoyorquinos y su forma de tratarlo (al Dr. Edwards, gran personaje que en la serie encarna Andre Holland) era lo normal de la época. La serie me pareció una gran oportunidad para observar y explorar todo eso, así que llamé a Steven y me explicó que el recorrido, el viaje de Thackery, era aún más salvaje de lo que había en el guión y, honestamente, no podía decir que no a un personaje así. Lo habría hecho en cine, en teatro o en 25 horas de televisión.

-Lo complicado es cómo hacer que ese personaje nos caiga más o menos bien…
-Es difícil, es como andar en una cuerda floja. Es un personaje principal que te lleva a meterte en un viaje tremendo pero no te toma de las manos. Es mucho más complicado y difícil ver hasta dónde se puede llevar al público con él. Nunca me acerco a los personajes pensando que me tienen que caer bien, pero sí que tengo que entenderlos, incluyendo sus fallas. Entender de dónde vienen y qué los motiva. Así se vuelve interesante encontrar ese balance que permita que la gente se enganche con él y a la vez desafiarlos y ver hasta adonde pueden llegar a acompañarlo.

-Se han hecho muchas series sobre hospitales y muchas de ellas tienen a médicos que son geniales y a la vez arrogantes. ¿Por qué creés que ese subgénero es tan popular y que crees que lo hace especial a Thackery?
-Creo que el motivo por el cual los dramas sobre hospitales son tan populares es porque todo el tiempo son sobre la vida y la muerte. Los riesgos son siempre muy altos. Creo que lo que tiene de especial The Knick es el período en el que transcurre, que fue una época increíble y a la vez salvaje en la medicina, en la que todo el tiempo se descubrían cosas que terminaron siendo revolucionarias pero a la vez hacían operaciones tremendas en las que tomaban muchos riesgos, aprendiendo en la práctica. Creo que lo que redime lo que Thackery hace es que, por más que sea arrogante y complicado, es un hombre brillante y poco ortodoxo que está haciendo descubrimientos con los que mucha gente se beneficiará en el futuro. El no se detiene por nada, no tiene prejuicios. Y a veces la gente brillante es un poco brutal y no son perfectos en todo. En su caso, su trato social, digamos, no es el mejor.

De directores y guiones
Para Owen, que comenzó su carrera estudiando teatro y fue aventajado alumno durante de la Royal Academy of Dramatic Art (haciendo durante años obras de Shakespeare), la televisión no es algo nuevo ni inusual. Al contrario, su bagaje es una combinación curiosa en la que entra todo. De hecho, su acceso a la fama en Gran Bretaña tuvo que ver con la TV, a la que luego dejó casi por completo para dedicarse al cine (y, ocasionalmente, al teatro), pero a la que decidió volver cuando ni siquiera lo estaba buscando. Y ahora no tiene apuro en irse.

-¿Encarás diferente un proyecto sabiendo que es para televisión?
-No, yo he hecho de todo. Empecé en teatro, estudié en la Royal Academy y en ese entonces pensaba que iba a hacer más que nada eso, pero luego me contrataron para hacer una cosa de televisión, después otra y luego vino el cine y me abrió otras puertas. Pero me acerco a todo de la misma manera.

-Si bien se trata de una serie de época, se la siente muy realista y creíble. ¿Cómo lo logran?
-En principio hay que darle todo el crédito a Steven. El dirige, opera la cámara, hace la fotografía y edita a una velocidad que es increíble. Cuando vi un episodio terminado por primera vez me impactó lo creíble que era. Steven tiene un gran equipo con el que trabaja hace mucho tiempo y son geniales. Los encargados del diseño de los sets, de los vestuarios y del arte son increíbles, hasta los cajones de los escritorios están llenos de objetos reales de la época. Entrás a un set así y ya te sentís como parte de algo real, es algo que respira y sostiene lo que hacés.

-Un tema importante es cómo actuar la adicción de Thackery, ya que el hombre nunca está muy en sus cabales que digamos… ¿Cómo trabajás esa parte del personaje?
-Mi personaje se inspira en el Dr. William Halsted, sobre el que se escribió un libro llamado Genius On the Edge y que trabajó en el Hospital John Hopkins a principios del siglo XX. Era un genio, un tipo brillante que revolucionó la medicina y, a la vez, un gran consumidor de drogas. Pero hay que entender que las cosas eran diferentes entonces: la cocaína no era ilegal y no lo fue hasta diez años después. Se creía que era la “droga maravillosa”, un gran anestésico y tanto doctores como personas comunes se hicieron adictos. Claro, luego se dieron cuenta de los problemas que traía, pero entonces no lo sabían…

-Es sorprendente en el estado en el que puede ser funcional…
-Era un desafío interpretar a un adicto brillante ya que siempre hay varias cosas pasándole al mismo tiempo. Usamos un “chart” visual para saber cómo está su consumo de drogas en cada escena: si había consumido mucho, poco, si necesitaba. Cuando empieza la serie lo ves consumiendo opio y para salir de eso se inyecta cocaína líquida… Ese es su ritmo y cada escena tiene que tener integrado ese aspecto. Son escenas ricas y complicadas, un drama con varios matices y él tiene que pensar en varias cosas, en su relación con los otros personajes, en las operaciones, y a la vez en su consumo de drogas, en su propio equilibrio interno. Son muchas cosas para hacer. Todo es actuación, aclaro… (risas)

-Cada vez más se dice que las series de televisión son mejores que las películas de estudios. ¿Estás de acuerdo con esto?
-La TV es muy interesante en este momento. Hay grandes guiones. Y los directores y los actores van donde hay buenos libros. Steven anunció su retiro del cine y tres semanas después se compromete a hacer diez horas de televisión. ¿Por qué? Porque no podía decir que no. Lo mismo me pasó a mí: no buscaba hacer TV pero no pude decir que no. Hay muchos guiones extraordinarios y en la televisión se pueden explorar temas más en profundidad, hay más tiempo, los personajes pueden ser más peligrosos y no tenés que cerrar todo en dos horas de manera tal que el producto encuentre su lugar en el mercado en un fin de semana.

-Pero antes hacías televisión y pronto la abandonaste por el cine. ¿No era lo mismo la TV entonces?
-Sí, yo hice mucha TV cuando era más joven y no soy muy fan de hacer el mismo papel por mucho tiempo porque creo que uno termina revelando demasiado, que se puede repetir. A mí me gusta tener una carrera que incluya cosas variadas, pero acá el personaje era extraordinario y teniendo a Steven como director tenía que decir que sí sin importarme lo largo que pudiera ser. Tuve pocos papeles y guiones en mi carrera que me atraparan tanto como esto. Siento que todo se junta en The Knick, que hago lo que hago para tener la oportunidad de hacer papeles como éste. De todos modos, volviendo al tema de cine versus televisión, creo que si tenés un gran material y un gran director, el medio es secundario.

Simplemente sangre
Acaso una de las pruebas más contundentes de que gente que habitualmente se considera “de cine” hoy puede hacer sus mejores trabajos en televisión, Soderbergh, Owen y los guionistas (Jack Amiel y Michael Begler) hacen aquí una serie arriesgada, sangrienta, violenta y difícil en la que se pone en juego no solo la vida y la muerte de los ocasionales pacientes sino una larga y complicada red de relaciones entre personajes ligados también a los conflictos sociales, económicos y raciales de la época. Todo esto sin incluir, claro, el hecho de que su personaje es un cocainómano en la época en la que esa y otras drogas eran consideradas legales.

-Con el ritmo de la televisión y la manera veloz de filmar de Steven, ¿tuviste tiempo de preparar el papel, de hacer investigación?
-Leí mucho antes de empezar a grabar. Me conecté con un historiador de la medicina que tiene una enorme colección de fotos, de instrumental de la época y es una fuente increíble que sabe todo de cómo se practicaba la medicina entonces. Pero es cierto, es todo tan rápido que aprendés lo necesario como para ser convincente y el resto se lo dejás al genio de Steven que sabe cómo filmar de manera inteligente para que siempre sea diferente y original. Tenemos además un asesor en el set… Pero no, no hice a tiempo de estudiar medicina (risas).

-Hay gente a la que la serie le parece muy cruenta y sangrienta, en especial las operaciones. ¿Cómo trabajan con eso?
-No puedo hablar por Steven, pero por lo que sé la serie es fiel a cómo se operaba entonces. Es la cantidad de sangre que había y los materiales que se usaban. La primera operación es una de las más cruentas, es cierto, pero es como decirle a la gente: “Bienvenido al 1900”. Así se trabajaba entonces, no es gratuito. Sería engañar a la gente si le escamotearas la forma real en la que se operaba. Los primeros que vieron la serie estaban un poco impresionados, pero mientras la hacés no hay tiempo de asustarte (risas). Estás pensando en el lado técnico de qué es lo que tenés que hacer en la operación, en la relación que tenés con los otros doctores, en el estado mental de tu personaje y, encima, agregale que en esa época las operaciones se hacían ante público, como una obra de teatro. Por eso es esencial llegar al set bien preparado y que sea el ritmo de la operación la que vaya dictando el ritmo del diálogo. Eso es crucial. Es un gran desafío y el crédito es para Steven, que siempre tiene una perspectiva única para lo que filma.

-Con tanta coreografía de por medio, ¿improvisan algunos diálogos o los dicen tal como están escritos?
-No hace falta improvisar. Los grandes guiones tienen un gran ritmo. Si está bien escrito, funciona solo. Estoy convencido que un buen guionista tiene mejores ideas acerca de qué es lo que un personaje tiene que decir que lo que se me puede ocurrir a mí en ese momento. Mi trabajo consiste en que parezca improvisado. El texto se respeta mucho, Steven filma desde seis o siete ángulos distintos y siempre tiene una idea de lo que quiere hacer en una escena. No hace por hacer, quiere que cada escena tenga una mirada, un punto de vista, y siempre inventa algo que no está en el texto acerca de cómo filmar cada escena. El mayor mérito de la serie es de Soderbergh.

-¿Qué podés adelantar de la segunda temporada?
-Empezamos a grabar en enero o febrero y Steven va a dirigir los diez episodios otra vez. La serie va a lugares cada vez más salvajes y la sola idea de poder arrancar directamente sin tener que establecer los personajes, el mundo en el que viven y sus relaciones es genial. Quiero ver cuán lejos podemos llevarlo.

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