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Territorios

El gran show americano

Una tarde en un partido de fútbol americano, en medio de litros de cerveza, hot dogs y porristas. La verdadera cara del Estados Unidos profundo.

Por Marina Agra (Desde Dallas, especial para Bacanal)
Fotos: gentileza Cerveza Miller Lite

Esa panza estaba llena, compacta. Fue la panza más redonda y grande que vi en un dueño orgulloso que se movía como buscando el protagónico principal en un casting: bailaba, saludaba, saltaba, gritaba, se sacaba fotos. Su cara azul completaba el look de estar pintado íntegramente para la ocasión. Lo miré entre una risa y pensé que seguramente se trataba de un padre de familia, de un hombre de trabajo; imaginé a una persona respetada dentro de su entorno y que esta tarde había decidido convertirse en una pieza más dentro de un show grandilocuente. Estaba ahí para dar cuenta del entretenimiento, ser parte, y olvidar el triángulo social de la cordura, el prurito y la discreción.

Aunque no lo había visto jamás, ese hombre me era familiar. Y no solo él. También el ambiente. A través de Hollywood vi decenas de películas sobre fútbol americano, esas en que el mariscal de campo lanza el pase exacto para que el receptor haga el touchdown sobre la hora. El chico de la película derrotando todas las adversidades y quedándose con la porrista más linda, mientras sus compañeros lo sacan del campo de juego en hombros. No era necesario entender cómo eran las reglas del deporte ni el espíritu de las tribunas. El concepto del “show americano” estaba claro para mí. Tanto que, rápidamente, me fui contagiando de los cantos y me convertí en parte del show, alentando al equipo de los Dallas Cowboys como una fanática más, a pesar de que los acaba de conocer, mientras tenía ese extraño sueño que suelo reprimir: el de imaginarme cómo hubiera sido nacer en ese país.

Dallas Experience
Dicen que los verdaderos problemas no son esos en los estás pensando todo el tiempo sino los que llegan de sorpresa un martes a la tarde. Al parecer lo mismo pasa con la buenas noticias.

Un día llega un mail, lo lees, lo relees dos, tres veces. Pensás que no puede ser y cuando te querés dar cuenta estás sentada en un lugar con vista privilegiada en el Estadio AT&T de la ciudad de Dallas, en el Estado de Texas, sosteniendo una botella de cerveza liviana y tratando de entender la dimensión de lo que ocurre a miles de kilómetros de Buenos Aires.

La marca de cerveza Miller Lite desembarcó en la Argentina y, en su búsqueda por darse a conocer entre los consumidores, organizó un viaje al que fui invitada para tomar nota y contar la historia en Bacanal. Fui junto a un grupo de personas con distintas ocupaciones: actores, periodistas, relacionistas públicos, músicos, blogueras y un fotógrafo. El objetivo era vivir la experiencia de ver a los Dallas Cowboys -equipo del que la marca es sponsor – y entender lo que significa la cerveza liviana para la idiosincrasia de esa parte de los Estados Unidos.

La primera señal de las dimensiones del viaje fue la llegada al fastuoso aeropuerto de Dallas: segunda terminal más grande de los Estados Unidos y tercera del planeta. Imposible no sentirse un pasajero en tránsito, ignoto, en semejante lugar.

Del aeropuerto a la ciudad es difícil entender de qué va Dallas. Si tuviera que elegir una palabra para describir lo que se muestra en ese trayecto, diría autopista. Y si pudieran ser dos, agregaría soledad. Autopista en soledad. Un contrasentido, lo sé. O el comienzo de una nueva serie sobre zombies. Como sea, camino al hotel, solo pude ver modernos autos, puentes, asfalto y nada más.

Hacía frío, un frío de esos que llega hasta los huesos. Pero, desde luego, había que salir a caminar. Dallas es conocida, entre otras cosas, por la famosa serie de los 80 que lleva su nombre, y también por ser el lugar donde asesinaron a John F. Kennedy. La visita a la zona donde ocurrió el asesinato es obligada pero corta. Un breve paseo por las calles basta para imaginar – o no- cómo ocurrió el atentado. Y aunque los locales pasean con un sweater finito, para los que no estamos acostumbrados a las temperaturas bajo cero, era obligatorio entrar a un bar a reparar un poco el cuerpo del frío.

En la ciudad, más precisamente en el Down Town, no se veía mucho movimiento pero se sentía como la famosa calma que antecede al huracán. El partido de fútbol americano que se avecinaba entre los locales y los Green Bay Packers invadía todas las vidrieras, todo estaba copado del azul de los Cowboys y del verde de los Packers. Campañas de cerveza, vidrieras, carteles publicitarios, los bares más modernos y aquellos más parecidos a la taberna de Moe –a donde por supuesto fuimos a tomar una cerveza- contagiaban el espíritu del juego. Empezaba a quedar claro que toda la ciudad vive la fiebre de la NFL (National Football League).

Fiesta en los márgenes
Otra vez grandes autopistas nos condujeron hasta el estadio AT&T de los Dallas Cowboys. El micro que nos llevó paró a unas cuatro cuadras y, camino hasta el lugar, entendimos que todo lo que habíamos visto durante los días previos había sido una mínima parte de la fiesta y del show que teníamos por delante. Cada hincha se sabía parte del espectáculo. Los Packers lucían quesos en la cabeza mientras que nuestros Cowboys estaban pintados de azul, con banderines, flecos. Cada equipo tenía su canto y cada canto alentaba a los jugadores y también a la hinchada.

Las pelotas de fútbol americano volaban de mano en mano. Lo que pasa ahí es un encuentro social que reúne familias, amigos, compañeros. Gente de todas las edades. Y cabe destacar, aunque las comparaciones sean odiosas, que estábamos acostumbrados a la proyección vía Hollywood del show. Verlo en vivo es otra cosa: el estadio rodeado de camionetas estacionadas con gazebos a los lados, pantallas gigantes ¡gigantes! de televisión para los que se quedaban afuera, equipos de música, mesas con vajilla y BBQ´s en llamas, asando todo lo que pasaba por ahí. Una puesta en escena que está bien lejos de nuestro querido chori argentino.

Nuestro equipo de argentinos invitados por Miller fue tomando distintos caminos desde que bajamos del micro. Cada uno se alucinó con su enfoque. Algunos se quedaron sacando fotos a los mejores disfraces, otros prefirieron intentar hacer lanzamientos con pelota junto a los nenes que se divertían en las calles; otros solo observamos y disfrutamos del entorno tomando una cerveza, apuntes y conversando por ahí.

Finalmente cruzamos la puerta de ingreso.

Do you want some beer? – Ahí estaba, otra vez, el hombre de la panza redonda, bailando rodeado de chicas y regalando cerveza.

– Yes, thank you – ensayé en el mejor ingles posible y acepté.

– Come on Dallas Cowboys!

– Oh yeah, come on Dallas Cowboys!

Puertas adentro
Una vez adentro, la adrenalina y la espectacularidad de lo que estábamos viviendo nos pasó por arriba. Todo fue muy rápido. Entramos de la mano, como un equipo que sale a comerse la cancha, y casi corriendo cruzamos gente, vendedores, familias y bajamos escaleras, muchas escaleras alfombradas. En compañía de la voz del estadio que arengaba constantemente y también del murmullo de la gente que era cada vez más intenso. No nos daban los ojos para mirar todo. Mientras corríamos para llegar a tiempo a nuestras ubicaciones antes de que empezara el partido, vimos pasar locales, barras, menú de comida, merchandising: todo mucho y hasta el impacto. Una vez que cruzamos por el angosto pasillo que desembocaba en la tribuna apareció la cancha debajo y creo que ni una sola persona del grupo pudo expresar o describir lo que estaba viendo. El show estaba absolutamente listo.

El AT&T de los Dallas Cowboy es infernal. Costó 1150 millones de dólares. Tiene un techo retráctil capaz de abrirse o cerrarse en nueve minutos; puertas de cristal, aire acondicionado y un LCD de más de 1075 metros cuadrados colgando en el centro de la cancha. Y el campo es tan verde que parece tener aplicado un filtro de Instagram.

El evento es una fiesta. Las porristas bailan en la división de cada jugada, son hermosas. Los jugadores entran y salen, la gente grita, alienta. La voz del estadio es la encargada de arengar al público y está coordinada con las proyecciones de la pantalla que juegan con luces y videos. Todo es invasivo y feliz.

El juego pasa rápido, casi imperceptible de medir en tiempo real. Los hinchas se mezclan en la tribunas y aunque hay arenga, no hay conflicto. ¿Otro detalle llamativo? Se puede tomar cuanta cerveza a uno se le antoje. Y a pesar de que estos dos datos podrían suponer un descontrol, la alfombra del estadio no se mancha y nadie se choca. Lo que sucede es una fiesta ordenada, bien al estilo estadounidense y uno entiende un poco más por qué hay tanta gordura, por qué se ríen tanto, porque no les importa mucho más que estar ok.

No recuerdo cómo salió el partido. Ni siquiera sé si ganó mi equipo. Al igual que pasa en las películas, lo que ocurrió dentro del rectángulo verde no fue lo más trascendente de la tarde. Y como escribió alguna vez Gabriel García Márquez: no importa lo que uno vive, sino cómo lo recuerda para contarlo. En este caso no fue un partido, no me volví fanática. Tampoco fue viajar lejos. En la memoria queda haber sido parte del gran show americano. Y, al menos por un rato, habérmelo creído.

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