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Cine y Series

El gran maestro chino

Won Kar Wai regresa a la pantalla grande con un film de Kung Fu que va más allá del cliché del género.

Por Esteban Ulrich

Wong Kar Wai nació en Shanghai, pero a los cinco años se mudó con su familia a Hong Kong. Según cuenta la leyenda, una vez llegado a esta isla, el pequeño Wang Jiawei debió cambiar su nombre mandarín por el de Wong Kar Wai (cantonés), y que fue por la necesidad de adaptarse a este nuevo idioma que comenzó a frecuentar los numerosos cines de su barrio acompañado por su madre. Como nunca estudió formalmente cine, allí hizo su base cinematográfica. Otro refugio importante parece haber sido la literatura: Balzac, Kafka, Tolstoi y varios latinoamericanos, entre ellos, Gabriel García Márquez (de quien tomó la idea de trastocar los tiempos del relato) y el argentino Manuel Puig.

Sus primeros pasos en el cine los logró gracias al apoyo del conocido actor y productor hongkonés Alan Tang, quien invirtió su propio dinero para hacer posible el debut cinematográfico de Wong con El fluir de las lágrimas en 1988. Esta fue su única película narrada en forma lineal y también su único gran éxito de taquilla hasta la fecha. A partir de su siguiente film, Días salvajes (1990), Wong comienza con las experimentaciones narrativas y estéticas que lo harán mundialmente reconocido (y mucho menos exitoso). La fórmula promulgada por los autores de la nouvelle vague francesa se hace carne en él: sólo con ver unos pocos fotogramas de sus films basta para reconocer a su autor.

Luego del fracaso comercial que significó en su momento Días salvajes (aunque hoy ya fue rescatada por la crítica de su país), Wong montó su propia productora y filmó en dos semanas Chungking Express (1994), película con la cual traspasó las fronteras de su país, primero gracias a su fan norteamericano Quentin Tarantino (quien confesó que al ver la película “simplemente empecé a llorar, pero no porque la película fuera triste, sino porque estaba feliz de amar tanto a una película”), y segundo, gracias al apoyo de la prestigiosa revista francesa Cahiers du Cinéma, que ensalzó su genio creador, viendo en su cine una reencarnación de pulso godardiano.

Los rodajes continuaron, alternando grandes producciones (como Cenizas del tiempo, donde trabaja la técnica de coreografía conocida en inglés como Wire Fu, en la que los espadachines y los artistas marciales vuelan por los aires ayudados con arneses) con otras más sutiles, como Angeles caídos, un film noir de paisaje urbano sórdido y surrealista.

Wong es conocido en nuestras latitudes: en la Argentina filmó Felices juntos (1997), el melodrama de una pareja gay con el que logra el premio al mejor director en el Festival de Cannes, llegando a ser años más tarde el único director chino en presidir el jurado del afamado premio francés. Este film fue inspirado originalmente por la novela The Buenos Aires Affaire, de Manuel Puig, pero luego -por problemas de derechos con los familiares del escritor- terminó por reescribirse durante el accidentado rodaje en tierras argentinas. Y siguen los títulos: Con ánimo de amar en el 2000 y 2046, los secretos del amor en 2004.

Pero esta secuencia de producciones, que leída de corrido parece tan fluida, no tiene nada de cuento rosa. Wong es tan famoso por sus gafas como por las dificultades que suele enfrentar en cada uno de sus rodajes. En la Argentina, por ejemplo, debió echar a todo el equipo local y enfrentar innumerables dificultades burocráticas (su director de fotografía plasmó estas peripecias en un diario de rodaje). El hecho de que no filme con un guión establecido, sino que parte de una idea base que tiene sobre sus personajes y sobre lo que quiere contar, para luego escribir el contenido de las escenas la noche anterior a su filmación, hace que sus actores y equipo técnico sufran su forma caótica de trabajar. También sufren sus productores, con rodajes interminables, de un año o más. Pero más allá del caos en su trabajo, Wong destaca por ser un romántico. De hecho, logra una doble génesis, con un pie en la industria cinematográfica china y otro en el melodrama intimista y melancólico. Su admiración por la literatura de Manuel Puig es un claro indicio de este amor por el lado sentimental del mundo. Un amor que se revela de manera absoluta en el que hasta ahora era su último largometraje y su primer film en lengua y tierras norteamericanas, El sabor de la noche (2007), en la que hace debutar como actriz a la cantante Nora Jones. Allí, despojado de su elegante ropaje cantonés, el melodrama pierde exotismo y deja a la vista su expresión más edulcorada.

 

El arte de la guerra

Con la actual El arte de la guerra, el regreso del maestro chino entusiasma primero por el sujeto al que elige representar, nada menos que Ip Man, el legendario maestro de Wing Chun (un estilo de kung fu) que le enseñó al mismísimo Bruce Lee. Pero también porque este film es el resultado de 10 años de trabajo. Para hacerlo, Wong recorrió toda China entrevistando a verdaderos maestros de kung fu para asegurarse un abordaje lo más próximo a la realidad posible. Aunque en un primer momento se puede pensar que con El arte de la guerra el realizador regresa al género de acción de su film Cenizas del tiempo, él mismo explica la diferencia: Cenizas del Tiempo pertenece a un género llamado wuxia pian, que implica la pelea con espadas. Es más como El Señor de los Anillos, fantasía sin respaldo histórico. El arte de la guerra en cambio es una película explícita sobre kung fu, está basada en personas reales y tiene un contexto histórico exacto. Aquí nadie vuela, nada va en contra de la gravedad. Toda la acción fue realizada por los mismos actores. Y cuando estábamos filmando la película, éramos conscientes de que estábamos haciendo un homenaje al género del kung fu. Cuando Tony está llevando a cabo los tres desafíos en el burdel, es básicamente un homenaje a las películas de Lau Kar-Leung, los hermanos Shaw y el período Tsui Hark”.

Cuando se le pregunta por el tiempo invertido tanto en la investigación, la preproducción y el rodaje, Wong aclara: “Fue un proyecto enorme. Yo no sabía nada de artes marciales, si bien soy fan nunca había practicado. Fueron tres años de preparación entrevistando a artistas marciales y yendo a las presentaciones con ellos. Al mismo tiempo, teníamos que entrenar al elenco porque no podíamos simplemente contratar a un actor de acción para que hiciera de Ip Man, porque Ip Man no es un luchador típico. El provenía de un entorno rico, era casi un aristócrata: tenía modales, elegancia, todos esos detalles. Tony Leung es muy buen actor pero nunca había hecho artes marciales. Míralo en la película y vas a entender por qué le tomó tres años. La filmación en sí nos llevó 22 meses durante los cuales Tony se rompió un brazo. No es sencillo hacer un film de kung fu”.

El film arranca con una tremenda escena de acción en la que dos luchadores terminan aplastando a un pesado carruaje como si fuera de papel, pero luego de una danza física y audiovisual extraordinaria. Enseguida el director se detiene en el vuelo de las gotas de agua que parten del sombrero panamá de su protagonista, para derivar hacia la relación de amor imposible entre los personajes encarnados por el cada día más monumental Tony Leung y la siempre bellísima Ziyi Zhang. Todo en el cine de Wong Kar Wai es preciosismo y elegancia y, como no podía ser de otra manera, la lucha entre estos dos protagonistas remite a la sensualidad de un baile de tango. Porque algo está claro: el gran maestro chino no sólo es un gran director, sino también un romántico empedernido.

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