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Literatura

El golpe perfecto

One Hit Wonders de la literatura: esos autores que, con puntería impecable, crearon un libro exitoso que se convirtió en clásico.

Por Natalia Moret

En una nota publicada hace unos años en un suplemento cultural, el escritor argentino César Aira opera sobre la definición de best-seller de manera análoga a la que Albert Einstein lo hiciera sobre el universo muchas décadas atrás: agregando la dimensión del tiempo. En ese artículo, Aira discute con aquellos que, tal vez como provocación, sostienen que el (valga la redundancia) mejor vendido best-seller de la historia podría ser La Biblia. Pero para que un libro muy vendido pueda ser considerado un best-seller, sostiene Aira, no alcanza con que haya vendido millones de ejemplares, sino que tiene que haberlo hecho rápidamente. Si los millones en ventas se alcanzan a lo largo de siglos y siglos de tener exhibido el libro en las mesas de las librerías y las iglesias de todas las ciudades del mundo, bueno, no alcanza. Porque un best-seller no es aquel libro que vende millones, sino aquel que se propone vender millones, venderlos rápido, y lo logra. El best-seller, concluye Aira, es un sueño realizado. Y estamos de acuerdo, porque… ¿en qué dimensión, sino la onírica, puede un escritor volverse millonario?

Sin embargo, algunos párrafos adelante en la misma nota nuestro lit-Einstein escribe algo que, aunque tal vez cierto, nos despierta la pregunta que sirve como puntapié para esta nota. Dice Aira que después de leer un best-seller, el lector no va a buscar otro libro del mismo autor, y a leerlo. Que la especificidad de la literatura, a diferencia de los best-sellers (a los que coloca por fuera de lo literario), es “hacer sistema”. Y explica: “Si uno lee, digamos, Las alas de la paloma, y le gusta, lo más probable es que lea otros libros de Henry James, y cuando se le terminen lea sus cartas, prólogos, conferencias, una biografía, y de ahí pase a los contemporáneos de James, a sus discípulos o maestros… en círculos concéntricos que terminarán abarcando la literatura entera”. Lo que, en cierta forma, asume que los autores literarios son generalmente escritores con obra, y que es así, a partir de la existencia de obras, que se construye la literatura entera.

Antisistema

Decíamos: esto puede ser cierto. Supongamos que lo es. Que después de leer Las alas de la paloma, y si nos gusta, leeremos automáticamente Otra vuelta de tuerca, Daisy Miller, y las otras cuarenta y tantas novelas de James. Y que después de leer el best-seller El topo, de John Le Carré, y aunque nos guste, no leeremos automáticamente Un espía perfecto, La casa Rusia y las otras cuarenta y tantas novelas de este escritor. Porque los best-sellers, explica Aira, no hacen sistema. Los best-sellers, inferimos maliciosamente según el planteo de Aira, serían anti-sistema: los editores no estarían esperando libidinosamente el próximo libro de John Le Carré; porque los consumidores no querrían leer inmediatamente el próximo libro de John Le Carré; ya que “el autor”, cuando se trata de best-sellers, sería un dato que a los lectores no les importa.

Por disparatado que suene, pongamos, por un segundo, que lo anterior es cierto. Pero, ¿qué pasa cuando no hay más libros que leer de un mismo autor? ¿Cuando es el propio autor, y no el lector, el que no hizo sistema? Un autor que en toda su vida no escribió más que un libro: el libro que lo hizo famoso. ¿Merecen esos libros nuestra atención? ¿Merecen, esos libros sueltos, un lugar en la historia? ¿Puede considerarse escritor a su autor? ¿O deberíamos mejor hablar de un afortunado, con algún que otro talento para la palabra, que tuvo la suerte de pegarla? Veamos.

Maravilla de un solo éxito

Nueva Orleáns, 1969. Un hombre se encierra en su auto y escribe una carta de despedida. Unos años antes envió el manuscrito de una novela a la editorial Simon and Schuster, una novela que él considera una obra maestra. El editor, que en primer lugar se entusiasma con el libro, finalmente decide no publicarla. “Es buena”, le dice, “pero no es para nosotros”. La novela es buena, pero, acaso, un poco demasiado incisiva. Deprimido, volcado al alcoholismo, perdidas todas las esperanzas de encontrarle algún sentido a su existencia, el hombre enchufa una manguera al caño de escape de su auto, coloca un extremo adentro, y se encierra en él con el auto encendido. Si su obra maestra no es publicada, ¿qué esperanzas puede haber para él o para la literatura? El autor muere asfixiado. Hasta aquí, lo anterior podría ser el escuetísimo resumen de la vida, obra y muerte de muchos artistas fracasados, escritores que nunca publican, y que no logran lidiar con la frustración que provoca el triste destino de no llegar a nada. Pero hete aquí que diez años después del suicidio, y luego de mucha insistencia, la madre de este autor todavía anónimo consigue que la novela de su hijo sea publicada. Un año después de la publicación, la novela post-mortem gana el premio más prestigioso entregado en Estados Unidos a las novelas escritas en inglés: el Pulitzer, en 1981. El único que parece haber perdido acá es el pobre autor, que nunca se entera de nada: ni de la publicación, ni del éxito en ventas, ni de los halagos, ni de las adaptaciones hechas de su libro en el teatro, ni del Pulitzer.

Dice Wikipedia: “Un one-hit wonder (en español: maravilla de un solo éxito) es un artista que es conocido por un solo sencillo exitoso”. Como John Kennedy Toole, el suicida del que hablamos en el párrafo de arriba, y cuyo libro “La conjura de los necios” le valió la fama internacional. Eso sí, después de muerto. Tal vez por haberse dado post-mortem y envuelta en el halo trágico del suicidio alguien pueda alegar que no existen casi críticas negativas de la novela de Toole: los críticos pueden ser despiadados, dirán, pero tienen corazón. Así y todo, “La conjura de los necios” fue y seguirá siendo una de las novelas más famosas de la literatura norteamericana del siglo XX, y su autor, por un motivo tan ineludible como la muerte temprana, un autor casi-sin obra. Un one-hit wonder. Pero, ¿es el caso de John Kennedy Toole el único one-hit wonder de la literatura? ¿El único escritor –casi sin- obra que ha influido en la historia de la literatura, a pesar de “no hacer sistema”? Volvamos a ver.

Algunos hacen obra, otros historia.

Si decimos “Acerca del habla popular” tal vez unos pocos refinados lectores puedan decirnos: “Ah, sí, claro, el excelente ensayo del mismo autor de La vida nueva”. Pero lo cierto es que casi todos se quedarán mudos. Si, en cambio, decimos “La divina comedia”, todos sabrán que estamos hablando de Dante Alighieri (adivinaron: el mismo que escribió “Acerca del habla popular” y “La vida nueva”). Y aunque no sepan que el autor se llama Dante Alighieri, podemos estar casi seguros de que todos sabrán, más o menos, de qué trata La divina comedia: “algo del cielo y del infierno, y también había unos círculos”. Porque “La divina comedia” no sólo es una de las obras literarias que marca el paso del Medioevo al Renacimiento, sino porque es una de las obras literarias más importantes de toda la Historia. Uno de los picos más altos de toda la cadena montañosa de la Literatura. Y, otra vez, un one-hit wonder.

Y si el ejemplo de Dante no alcanza para demostrar que hacer historia no es igual a hacer obra, veamos otros ejemplos, acaso tan increíbles: ¿Qué más escribió Marcel Proust además de En busca del tiempo perdido? Sí, tiene otras cosas. Unos cuentos, unas crónicas, unos ensayos… Todos papeles que habrían, posiblemente, pasado al olvido, si el francés no se despachaba con los siete tomos de recuerdos que le despierta el sabor de una –aparentemente inofensiva- magdalena. ¿Y qué hay de Miguel de Cervantes, el Príncipe de los Ingenios? Sin su Quijote y su Sancho Panza, sus otras novelas (algunas bastante buenas, dicen…) habrían sido tal vez confinadas a bibliotecas pequeñas de algún lugar de La Mancha, de cuyo nombre nadie querría acordarse. O las hermanas Bronté, también salvadas del olvido: Charlotte, por su Jane Eyre, y Emily, por Cumbres borrascosas.

Algunos fanáticos de Herman Melville podrán ponerse furiosos si ignoramos su Bartleby, el escribiente, pero lo cierto es que sin Moby Dick Melville no ocuparía, tal vez, el lugar que ocupa. Lo mismo pasaría con Fitzgerald y su El Gran Gatsby, aunque algunos años atrás su cuento El curioso caso de Benjamin Button haya tenido un repentino rush de éxito debido a la –a nuestro gusto, fallida- adaptación hollywoodense protagonizada por Brad Pitt. Es a El Gran Gatsby que toda la literatura y el cine norteamericano posterior a 1925 deben rendir homenaje cuando se trata de criticar a la clase media alta y a su aparentemente paradisíaco “sueño americano”. O podemos nombrar también J.D. Salinger y su Cazador entre el centeno, una excelente novela que, entre otros méritos, tiene el de haber hecho tan famoso al autor que permitió que muchos descubrieran su cuento Un día perfecto para el pez banana; un cuento que, a nuestro entender, debería engrosar la lista de los diez mejores cuentos de la humanidad tal como la conocemos hasta hoy en día. O Margaret Mitchell, la creadora de la bella Scarlett O’Hara que protagoniza su único libro, un libro que no es ni más ni menos que uno de los más populares de toda la historia de la literatura: Lo que el viento se llevó. O a Harper Lee y Matar un ruiseñor. O a Juan Rulfo y su El llano en llamas. O William Golding y su Señor de las moscas, tan famoso que hasta tiene su propio capítulo dedicado en Los Simpsons.

La literatura también le debe a dos one-hit wonders la existencia de dos de los monstruos más famosos de la historia de la ficción: Drácula, de Bram Stocker, que además de esta novela escribió unas otras diez, todas más o menos intrascendentes, y Frankenstein, de la inglesa Mary Shelley. Podemos recordar a nuestro José Hernández, autor de dos o tres cosas más además de El Martín Fierro, exponente máximo de la gauchesca. Y es imposible no recordar El principito, el clásico infantil de Antoine de Saint-Exupéry con el que conocimos la existencia del asteroide B 612 y descubrimos que un sombrero no siempre es un sombrero. Que un sombrero, en realidad, puede ser una boa que se comió a un elefante. Y la lista sigue, pero los caracteres se nos acaban.

Un gran libro

La literatura, aparentemente, no se construye sobre obras. Hay muchos escritores que han escrito decenas y decenas de libros, algunos muy buenos, ninguno un best-seller, y que no ocupan más que una nota al pie en alguna enciclopedia. Incluso cuando se trata de escritores relevantes, en la mayoría de los casos, y a pesar de contar con obras extensas, su influencia en el espacio-tiempo podría reducirse, si no a un one-hit wonder, tal vez a dos, o tres (en muy contados casos) grandes libros. Porque la historia de la literatura, al igual que la historia de cualquier otra manifestación de lo humano, es la historia de un concierto monocorde interrumpido de vez en cuando por islotes de genialidad, tan violentamente originales como irrepetibles. Más que construir una extendida obra, el sueño secreto de cualquier escritor es llegar a ser, algún día, un one-hit wonder que deje su marca indeleble en todo lo que vendrá después. Es eso -pretender tener un one-hit wonder, un gran libro- o el loco deseo de ser un escritor de otro planeta. De ser, por ejemplo, Shakespeare. Que después de haber escrito Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo y El Rey Lear, buscó otra hoja en blanco y escribió Macbeth.

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