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Columnistas

El glamour caribeño

Cada vez más bares y restaurantes eligen camareros extranjeros. Se habla del acento seductor, se callan las verdaderas razones.

LA OPINIÓN KAMIKAZE Por Rodolfo Reich

Este octubre cumplo 40 años. Cuatro décadas. Recuerdo novias, trabajos, estudios. Flashbacks almacenados en un cada día más hackeado disco rígido de mi memoria. La secundaria, la universidad. Y ese año genial, clave en mi vida actual, cuando viví en Londres. Fue hace trece años. Tras recibirme y obtener mi diploma, renuncié a todo lo que hacía. Dejé Buenos Aires, dejé mi trabajo en Comercio Exterior y partí a la ciudad donde Virginia Woolf escribió sus obras, esa Londres de los recitales, los museos, los mercados. Esa ciudad tan vieja como siempre moderna. Llevaba mi diploma, mis estudios de alemán, de inglés, mi castellano natal. Lo que no llevaba eran dos cosas: libras esterlinas (apenas lo suficiente para vivir un mes), tampoco ganas de sucumbir en un trabajo de tiempo completo. Así las cosas, hice lo más fácil. Lo más simple, lo mismo que hacían tantos otros inmigrantes, legales e ilegales. Sean españoles, canadienses o indios. Trabajar en la industria del servicio gastronómico. Muchos eran camareros. En mi caso, conseguí un lugar en una cafetería italiana, cerca de Victoria Station, que además de paninis y espressos ofrecía un servicio de Internet. Eran épocas en que Hotmail era líder y pocos entendían cómo chatear con un amigo a la distancia. Mi tarea era enseñar a los turistas a mandar correos electrónicos. Seis horas por día, un sueldo bajo pero suficiente para mis necesidades básicas: una cama en cuarto compartido, cerveza en los pubs, tequila para llevar a las fiestas en casas de otros inmigrantes, y algún sándwich para mantener al cuerpo en pie. Lo vuelvo a decir: fue un año genial.

Perdonen la larga introducción autobiográfica. Es mi manera de decir, “sé de lo que hablo, yo también lo hice”. Me refiero a esta nueva “moda”, replicada en medios y conocida en la industria, de los camareros y personal latinoamericano en los restaurantes y bares de Buenos Aires. Moda que hoy está llegando a otros canales, como comercios de ropa y etcéteras. La cuestión es así: cada vez hay más lugares donde el mozo que te atiende es venezolano, ecuatoriano, colombiano. Chicas y chicos de acento caribeño que nos recuerdan el omnipresente sol de las costas atlánticas y pacíficas. Y nos gustan. Nos gusta que nos atiendan, que nos hablen. Son serviciales, simpáticos, atentos, educados. Nos dan ganas de charlar con ellos, de ser sus amigos. Les preguntamos de dónde vienen, hace cuánto están en Buenos Aires, si les gusta la ciudad. En su mayoría, son estudiantes seducidos por la UBA o por los precios amables de las universidades privadas locales. Están por distintos lapsos, a veces un intercambio de un año, a veces una carrera completa de cinco. Y encuentran, como supe encontrar yo trece años atrás, en la industria gastronómica, el camino más rápido para tener cash en el bolsillo. ¿Acaso hay algo para reprochar? Claro que no. Es la patria grande: bienvenidos sean. Y lo digo sin ironía.
Pero…

Y siempre hay un pero. No seamos ilusos. Aquí no se trata de glamour o simpatía. Los latinoamericanos no están desplazando al clásico gastronómico por su acento. Es, no en todos, pero sí en la mayoría de los casos, una decisión socioeconómica. Estos chicos, en su mayoría, jamás serían camareros en su país. Su extracción social no se lo permitiría. Son trabajos que uno -me incluyo- hace fuera de contexto. Una suerte de licencia. Así, la patronal -elijo esa palabra y sus implicancias- obtiene camareros de clase media, cultos, bien vestidos, universitarios, lo que suele llamarse “sobrecalificados”, pagando salarios que tradicionalmente son bajos. Camareros que en la enorme mayoría de los casos no están blanqueados. Y si lo están, al menos no están sindicalizados. Precisan trabajar, lo hacen con gusto, requieren poco, se los puede echar fácilmente, tienen tiempo y mínima capacidad de queja y presión. Ese es el quid de la cuestión. No hay que devanarse los sesos a lo Hamlet para entenderlo.

No se apresuren a sacar conclusiones. No estoy pidiendo inspectores en bares y restaurantes a modo de comisarios xenófobos. Ni de cerca. Voto y votaría todo aquello que signifique abrir fronteras. Lo repito: yo estuve ahí, yo hice lo mismo y no me arrepiento. Agradezco haber conseguido aquel trabajo que me permitió vivir en Londres. Tan sólo no seamos tan ingenuos. No usemos la palabra glamour donde no va.

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