Publicidad Bajar al sitio
Cine y Series

El gigante inolvidable

James Gandofini, uno de los actores que revolucionó la televisión, murió joven y nos dejó como legado dos películas póstumas y el recuerdo eterno de su Tony Soprano.

Por Juan Manuel Domínguez

Brett Martin, escritor de Difficult Men: Behind the Scenes of a Creative Revolution, libro que analiza la nueva edad dorada de la TV -esa que arrancó con Tony Soprano en Los Soprano y que desde hace unos meses quedó prácticamente huérfana con el final de Breaking Bad-, al enterarse de la repentina muerte del cincuentón James Gandolfini, escribió: “Ya lo he dicho muchas veces. Si alguna vez tengo nietos, voy a tener el lujo de decirles que vi a Michael Jordan jugando al básquet, a Jacques Pépin haciendo un omelet y a James Gandolfini actuando.”

Cuando Gandolfini murió se tituló en varios medios con un simple “Murió Tony Soprano”. Podría hablarse de torpeza periodística. Sin embargo, la forma en que Gandolfini se había calzado la piel de Tony justificaba el titular. Gandolfini fue Tony, siempre. Incluso, descendiendo frecuentemente -según solía decir- “al infierno que implica un personaje tan complejo”.

Tanto fue Tony que llegó a mimetizarse: son famosos sus brotes de ira en el set, sus desapariciones, sus puteadas volcánicas oídas a través de las paredes del tráiler.

Pero aunque es imposible extraerlo del icono pop que devino su Tony Soprano, Gandolfini era un actor distinto, de esos que a veces, como sucedía en Los Soprano, hacen difícil distinguir la línea entre un personaje y sí mismo, algo que solo importa en la media en que ese “él mismo” sea materia pura, concreta y poderosa de cine.

En su último film, la recientemente estrenada Una segunda oportunidad (comedia romántica adulta donde actúa junto a Julia Louis Dreyfus, la Elaine de Seinfeld) Gandolfini es definido por la crítica Stephanie Zacharek de la siguiente y precisa manera: “El carisma de Gandolfini no es algo que se prende y apaga a voluntad, es una especie de frecuencia de radio que irradia desde lo más profundo de sí mismo: está en el timbre de su voz, en su oronda forma de moverse, en la manera en que siempre está detrás -a un seductor milisegundo- del compás de la escena. Parte de lo que Gandolfini hace en Una segunda oportunidad, por supuesto, es actuar, pero a veces actuar es una mera amplificación de lo que realmente se es. Lo que nos da Una segunda oportunidad es un Gandolfini pleno, y si vamos a sufrir por el actor -los actores son, a fin de cuentas, gente con la que el público de cine y TV pasa una importante cantidad de tiempo- esta es la forma de hacerlo. Es muy sencillo encontrar dicha en casi todo lo que Gandolfini hace aquí”.

El tigre Tony

Gandolfini, nativo de Jersey, cosecha 1961, es responsable, como nadie (ni si quiera David Chase, mente maestra detrás de la revolucionaria Los Soprano, se le compara), de los modos salvajes y fascinantes de los antihéroes que hoy son norma de rating y de ventas en la televisión. El reciente fracaso de la nobleza de Agents of SHIELD, serie de aventura y bonanza pura y dura firmada por Joss “Los Vengadores” Whedon muestra que lo que triunfa con billones de espectadores en los cines no es necesariamente lo que el público de TV quiere ver.

Tony Soprano, en cambio, era una persona a la que su propia madre se había unido a un complot para matarlo. Un sujeto que no tenía problemas en asesinar a un wwwigo encubierto delante de la mirada de su propia hija. Pero era también un sujeto endeble, y ese fue un hallazgo de Gandolfini.

Chase, responsable de la serie, lo dijo: “Los directivos de HBO no querían que Tony tan rápido mostraba su verdadero ser, su capacidad de asesinar cruelmente, ya que temían perder audiencia: ¿quién iba a querer ver una serie donde el protagonista era un sádico capaz de devenir un monstruo apenas comenzada la serie? La gente no quería series protagonizadas por un sociópata, al menos uno más cercano a un villano. Pero fue James quien entendió que el secreto era hacer de Tony alguien simpático, con quien el público podía relacionarse.”

Sin Tony, hoy no habría siquiera bocetos del Vic Mackey de The Shield, del Don Draper de Mad Men o del Walter White de Breaking Bad. Tampoco series como The Wire.

Es ese Tony, el capo mafia de Los Soprano (1999-2007), el frágil pero monstruoso Tony, fue quien lo hizo posible. Fue Gandolfini, a los 35 años, quien no solo logró abandonar su trabajo como manager de un club si no que también trajo una nueva idea de profundidad, de personaje, a la TV. Su Tony era el hijo de puta más lindo, más humano, más temible. Lo que hoy es común -es decir, esos personajes averiados por su melancolía que hacen erupción sin miedo o sin freno, esos seres volátiles cargados de una ira tremendamente humana pero aterradora-, antes del piloto de Los Sopranos era imposible siquiera de imaginar.

Lo que Gandolfini lograba en su Tony era algo que el actor no ignoraba: “Tony es un monstruo complejo, querible, y ahí está la desarticulación de modos más simples del relato.” Apenas comenzado Los Soprano, Tony venía surfeando la idea del hombre abominable que lidia con problemas menos espectaculares pero igual de densos (hijos que no lo respetaban, matrimonio derruido) aprovechando el gimmick del gánster que necesita ir al psicólogo más allá de ser bastante medieval a la hora de los castigos. Pero su personaje creció de una forma casi virósica y al lograr conectar con la gente empezó a alterar el ADN del público de televisión.

Melissa Maerz lo explica perfectamente en su homenaje al actor en Entertainment Weekly: “En un episodio, la terapista de Tony, la doctora Melfi, es violada en un garaje y más tarde fantasea con hacer que su paciente, el jefe de la mafia, aniquile al violador ‘como a un insecto’. Pero cuando Tony le pregunta a su consternada psiquiatra si hay algo que le gustaría contarle, si tiene algo para decirle (dejando entrever que hay algunas cabezas que podría cortar en su nombre) hay una gran pausa mientras ella medita sobre ello. Cuando finalmente dice no, me sentí decepcionada, tanto por su respuesta como por mi propia moralidad. ¿Cuándo llegue al punto de que me había puesto tan del lado de Tony que quería que su respuesta fuera si?”

El dolor de ser Tony

Pero Tony Soprano, así de abrasador como era para la TV, el público o sus compañeros de ficción no lo fue para nadie como para Gandolfini. Gandolfini confesó alguna vez que en el set de Los Soprano era capaz de andar a los cabezazos contra las paredes, o caminar con rocas dentro de sus zapatos para ponerse pésimo humor.

O, como detalla Brett Martin en su libro, era capaz de ausentarse del rodaje durante días y después volver, culposo, con masajistas para todos. O sushi. O cheques por 25.000 dólares. Uno de los más famosos instantes donde la forma en que Soprano devenía PacMan de Gandolfini fue cuando Chase tuvo que cerrar el aeropuerto de Westchester para poder hacer una escena. Pasaron los minutos, las horas pero nadie se asustaba: era una costumbre de Gandolfini llegar realmente tarde. Pero cuando pasaron los días, todos empezaron a temer lo peor.

Teléfono para Chase: era Gandolfini desde Brooklyn, sin un centavo, llamando al único número que sabía de memoria. Chase confesó después que desde siempre, pero siempre, tenía escrito un posible y abrupto final para Los Soprano por las dudas de que lo cancelaran, él se cansará o Gandolfini quisiera irse.

La revolución que Gandolfini generó no es simplemente en términos de ser la célula madre de todo crápula que hoy enamora en la TV. Seguro, sin él, ni Tyrion Lannister de Games of Thrones sería aprobado por un ejecutivo de HBO o andarían en Homeland haciendo lo que hacen. Tampoco un asesino serial como Dexter sería posible.

Sin embargo, la revolución paso, realmente, por modificar la forma de hacer sinapsis y costos de la TV: no había ahorros en Los Soprano. Una vez que el show despegó y devino la fascinación pop -y también artística- del momento, no hubo límite.

Gandolfini es el responsable de que la forma de arte popular más sólida y más arriesgada de nuestros días sea la TV. Es más: la TV es hoy, claramente, la forma de arte dominante del siglo XXI. O, en palabras de Brett Martin: “En una forma equivalente a la novela americana en los 60 o la nueva ola de directores de cine de los 70, la TV es ahora el lugar donde se va a ver a artistas lidiando con preguntas que hacen a la identidad americana, a la épica de capitalismo decadente: familia y trabajo, sexo y violencia, adicciones y guerras. Y fue con Los Soprano, con el Soprano de Gandolfini, que está nueva era de televisión de autor comenzó.”

Retrato en cámara

Fue Gandolfini quién se calzó a Tony, fue él quien tenía el cuerpo para (casi) resistir todos los embates del personaje.

Es sabido que no fue fácil, que su temperamento lo definía así como lo agigantaba. Es más, Chase, quien leyó el panegírico en su entierro, cuenta el relato definitivo sobre Gandolfini, su amado Gandolfini. Ahí le habló a Gandolfini como si el actor pudiera todavía escucharlo y poner esa cara con mueca incluida tan Tony, tan cuidado que se viene la tormenta.

Chase (le) dijo: “Estábamos cerca del final del show y estábamos filmando una escena con vos y con Steve Van Zandt. Creo que la escena se fundaba en que Tony había recibido noticias de la muerte de alguien y eso era un problema para él. El guion decía: ´Tony abre la puerta del refrigerador enojado y comienza a hablar´. Las cámaras empezaron a filmar, y abriste la puerta de la heladera y la golpeaste realmente muy fuerte. Tan fuerte que volvió a abrirse. Y entonces se la diste otra vez, y volvió a abrirse. Y seguiste dándosela y dándosela y dándosela. La flipaste contra la heladera. Finalmente dijimos corte. La puerta estaba destruida, no podíamos arreglarla y no había tiempo de conseguir una heladera nueva. ‘Este rol, este rol. Los lugares a los que me lleva, las cosas que tengo que hacer. Es tan oscuro.’, me dijiste como excusa o pedido de disculpas. Y me acuerdo que entonces, te dije: ‘¿Yo te dije que rompas la heladera? ¿Decía en el guión ‘Tony hace añicos la heladera’? No, no decía eso. El guión simplemente decía ‘Tony enojado cierra la puerta de la heladera.’. Esos solo decía. Pero vos sos vos. Y por eso rompiste la heladera.

×