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Columnistas

El día M

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

-Papá, quiero hablar con vos…
-Sí, Martín, decime…
-…
-¿Qué pasa? ¿Qué necesitás? ¿Algún problema en el secundario?
-Si, no, bueno, masomenos…
-¿Pasó algo con Mamá?
-No, bueno, qué se yo…
-¿Qué cagada te mandaste?
-No, ninguna, de verdad –dice Martín desde sus flamante catorce años.
-Entonces, ¿qué pasa? Dale, desembuchá, si no confiás en mí que soy tu papá…
-…

Se hace un silencio espeso. Martín se pone nervioso, su mejillas se enrojecen, sus pupilas se dilatan. Se restriega las manos, suda, y finalmente, lanza la bomba atómica:
-Papá, creo que lo mejor para todos es que me venga a vivir con vos…

Mi rostro se debe haber desfigurado, a juzgar por el gesto de sorpresa de Martín. Lo primero que pensé es en utilizarlo como campo de batalla contra la Flaca; es decir, se trababa claramente de una victoria sobre la powwwad de uno de los hijos. Ahora resultaba que Martín quería venir a vivir conmigo, lo que me hacía mejor por sobre la relación que él tenía con la madre. Pero los pensamientos de padre perverso dieron lugar rápidamente al egoísta absoluto que todos los hombres tenemos dentro: los hijos deben estar con la madre y yo, que vivo hundido en mi propia miseria, prefiero vivir hundido en mi propia miseria solo. Quiero poder seguir sufriendo tranquilo y poder seguir gozando de ese sufrimiento. Martín baja la mirada y retoma la conversación:

-Y, sí, Pá, porque la verdad, yo ya estoy grande para seguir viviendo con mamá y con Fiorella. Ya no soy un nene, tengo 14 años, y me parece que debería vivir con vos, así entre hombres, porque tenemos las mismas preocupaciones –dijo con un tono formal, propio de un estudiante avanzado de protocolo que de un pibe de 14 años.
-¿No te parece que es un poco pronto, Martín? –atiné a responderle.
-Y pero, Pá, es lo que me pasa. Yo quiero vivir como vos, quiero poder ir al colegio, pero después vivir con vos, divertirnos juntos, pasarla bien ¿vos entendés, no, Pá?

El momento era de suma delicadeza. Plena adolescencia. Todavía no había empezado a matarme y no me pedía otra cosa que amor de padre. Quería que fuéramos más compinches, más unidos, que estuviéramos más tiempo juntos. Y yo empezaba a sentirme un miserable. Comenzaba a entender que envuelto en mis preocupaciones egofalocéntricas había descuidado mi relación con mis hijos, sobre todo con Martín, que era quien me estaba reclamando. Comprendí de inmediato que durante muchos años, los hombres escondemos los afectos bajo la alfombra para poder pelearla en el mundo, para poder ser invencibles en el terreno de lo laboral, del mundo social, de la competencia económica y que reducimos las relaciones afectivas a un mecanicismo brutal en el que todo está dado y nada es construible. Le sonreí. Martín se aflojó.

-Vamos a ver cómo hacemos, Martín. Hay que hablarlo con tu vieja. Pero vayámoslo viendo. Por lo pronto, podés venir acá todos los días que quieras.
-¿Aunque vos no estés?
-Sí, claro, aunque yo no esté…
-¿Y puedo venir con mi novia?
-… Perdón, ¿Martín, vos tenés novia?
-Sí, Viejo, hace quince días…
-Ah, ahora sí entiendo todo.

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