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Columnistas

El día M (pt. 2)

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?


Por Hernán Brienza

Maidana sube al ring en el mismo momento que suena el timbre del departamento. Me sorprende por la hora. Un sábado, despuntando la medianoche. Cuando todos están en plena diversión, en plan familiar, terminando de cenar, a punto de entrar a un telo, las chicas a punto de ir a bailar y los matrimonios a punto de hacer el amor. A esa hora, yo tomo whisky en el sillón frente al televisor. Me levanto y voy hasta el portero eléctrico. Atiendo. Es Martín. Bajo preocupado.

En la puerta de calle, Martín está apoyado contra la pared, cabizbajo, con gesto de preocupación. Me mira. Sonríe apesadumbrado, como quien tiene que sostener las comisuras de los labios. Le abro.

-¿Qué hacés por acá, campeón?

-No, nada, papá. Tenía ganas de hablar con vos…

-Sí, dale, pasá. Estoy por ver la pelea, subí. ¿Pasó algo? –pregunto mientras subimos en el ascensor.

-No, bueno, sí. De eso, te quería hablar…

Llegamos al departamento. Abro la puerta, Martín se quita la campera, lo busca al Enzo. Lo agarra y lo sube a su pecho. Me siento en el sillón y lo invitó a acercarse. Se acomoda despacio para que el gato del demonio no se queje ni se vaya. Se produce un silencio y dice:

-Viejo… ¿por qué son tan complicadas las minas?

Poné Pausa. Momento para recordar. La primera vez que tu hijo te dice “viejo”. No se trata ya del cariñoso, pero distanciante “papá” con el que los chicos te dicen que seguís siendo el Estado en sus vidas y que todo lo que vos digas es palabra santa. El pibe viene y con gesto de amigo de tu edad te planta un “viejo” en el medio de la cara. Y acto seguido te manda una pregunta sin respuesta sobre un tema del que nunca antes habían hablado de esa manera. Porque no dijo “las mujeres”, término que podría englobar, por ejemplo, a su hermanita, a su madre, a su abuela. Dijo “las minas”. Y como todos sabemos, “las minas” son otra cosa. Son el objeto absoluto de placer, de felicidad, de complicación y de dolor. Te lo pregunta como un amigo. Pero no es un amigo. Es tu hijo. Entonces, ¿cómo le conwwwás?, ¿como amigo o como padre?, ¿intentás formarlo, darle herramientas o le decís la verdad de la milanesa? Balbuceante, le digo:

-No sé, Martín, ¿todas son complicadas? Qué se yo… por ahí alguna, no…

-Bueno, viejo, me refiero a Luna…

OK. Luna.

-¿Qué pasa con Luna? Es tu novia.

-Era…

-¿Qué pasó?

-Nos peleamos. Porque ella dice que siente que yo no la quiero como ella se lo merece…

Muero de ternura. Martín prowwwa. Es un machito, quejándose. Y me llena de orgullo. Y ella toda una histérica intentando medir hasta dónde lo tiene agarrado de los huevos a su novio.

-¿Y vos la querés?

-Como a ninguna otra en el mundo, viejo… Ya no me imagino la vida sin ella…

-Bueeeeh… pará Shakespeare… ¿te comiste un Romeo? Dejate de joder, tenés 14 años y es tu primera novia en serio…

Martín se pone serio.

-¿Y eso qué tiene que ver? Acaso uno no puede enamorarse a los 14…

-Sí, claro, Martín… pero sabés de cuántas mujeres te vas a enamorar en tu vida…

-¿Qué? ¿Vos te enamoraste de más mujeres que de mamá?

-Bueno, eso no viene al caso…

-¿Qué hago, viejo, qué hago? No quiero perderla para siempre…

Pienso un instante. Tengo que darle una respuesta efectiva. Algo que me legitime a mí como su consejero y que al mismo tiempo lo haga sentir bien. Lo miro y le digo:

–Mirá, si vos les vas atrás a las minas, se agrandan, Martín. Vos tenés que ir y decirles: “Mirá, yo estoy muy interesado en vos. Pero no te voy a rogar. Si vos no querés estar conmigo. Todo bien. Me va a doler, pero yo puedo vivir sin vos”. Y después no le des bola. Si la piba te quiere, te va a buscar. Si la piba no te quiere, sonaste, capo… Pero lo que casi nunca falla es la indiferencia interesada.

Martín piensa. Se nota que le gustó el consejo. “Voy a ver”.

-Che, Martín, ¿y vos estás seguro de que estás enamorado?

-Te lo juro, viejo, es algo tan distinto a lo que les pasa a los demás…

-¿Sí? ¿Cómo sabés?

-Y lo siento…

-¿Qué sentís?

-Y… es como que cada vez que la veo me quedo sin aire como si todo el tiempo estuviera mirando el mar por primera vez…

Me quedo mirándolo. Me siento orgulloso. Saco otro vaso y le sirvo un whisky. “Tomate uno, Martín. Ya estás hecho un hombre”. Él me mira sorprendido. Enfrente, en el televisor, Maidana y Mayweather, aburren.

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