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Cine y Series

El camino sigue y sigue. Y sigue.

El Hobbit es el último gran tanque cinematográfico del año y demuestra que la premisa menos es más sigue vigente.

Por Sandra Martínez

Cuando anunciaron que la versión cinematográfica de El Hobbit se realizaría en tres películas, las dudas no fueron pocas. ¿Eran realmente necesarias casi ocho horas para adaptar un libro de claro corte infantil y poco más de 300 páginas de extensión? Pero pese a los resquemores bien fundados, valía la pena darle una oportunidad al faraónico proyecto, teniendo en cuenta que el que estaba al frente de la empresa era Peter Jackson quien, después del propio Tolkien y su hijo Christopher -encargado de la edición literaria postuma de su padre-, es sin dudas una de las personas más interiorizadas en la Tierra Media. Sus defensores, además, alegaron correctamente que el propio Tolkien había sembrado aquí y allá el material necesario para esa ambiciosa ampliación. Así que le dimos la oportunidad de sorprendernos gratamente.

Lo cierto es que los cambios que se vieron en la primera parte de la trilogía fueron buenos, con una historia de clima más oscuro y épico, manteniendo al mismo tiempo los momentos humorísticos que caracterizan el libro. Lamentablemente en la segunda entrega, subtitulada La desolación de Smaug, todo desbarranca. El viaje de Bilbo y sus compañeros enanos se abre en distintas subtramas cuyo único fin parece ser estirar cada momento más allá de sus posibilidades narrativas. De todo el relleno solo se salva mínimamente la aventura solitaria de Gandalf, que Tolkien bocetó con referencias breves en sus libros. Pero los enanos son los que peor se la llevan: si en Un viaje inesperado Jackson logró darle a cada uno su personalidad y su pequeño lugar en el grupo, aquí vuelven a convertirse en una masa secundaria e irreconocible. Hasta la esperada aparición del dragón Smaug y su duelo con Bilbo se ven diluidos por constantes y anticlimáticos cortes para mostrarnos un muy muy muy innecesario triángulo amoroso interracial del que no revelaremos nada para que el espectador pueda indignarse por sí mismo.

Hay, de todas formas, detalles rescatables: Martin Freeman se luce con los matices de su Bilbo en las escenas que protagoniza, que se sienten escasas; la secuencia del río cuenta con una coreografía maravillosa y es un gran momento de acción; la recreación de los dominios enanos bajo la montaña y el imponente Smaug valen la pantalla grande. Más allá de eso, La desolación de Smaug es una película que va a hacer rabiar a los fans de Tolkien y dejará poco entusiasmados al resto de los espectadores.

 

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