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Cine y Series

El brillo y la furia

Este domingo estrena Behind The Candelabra, la película basada en la vida de Liberace que arrasó en los Emmy. ¿Qué hay detrás de la pasión por las biopics?

Por Victoria Béguet Day

Un joven rubio y bronceado, con un físico envidiable, desfila por el borde de una pileta bajo el ardiente sol de Las Vegas. Parece tener plena conciencia de ser él también, junto con un sinnúmero de objetos y antigüedades que decoran la mansión que habita, un bien preciado, un lujo más para saciar el apetito voraz por el lujo de un amante mayor, decadente y ególatra.

El amante en cuestión es el excéntrico Valentino Liberace (interpretado por un inmejorable Michael Douglas), que fue célebre por su doble cualidad de pianista y showman. Detalle trivial pero necesario: el “joven” (interpretado por Matt Damon, con infaltable brushing setentoso a la Farrah Fawcett en Los Ángeles de Charlie) lleva, en la escena, un speedo blanco cubierto de cristales Swarovski. Es que a veces el showbusiness imita al showbusiness: el curioso traje de baño se confeccionó exclusivamente para la película. Algunas de las exóticas pertenencias de Liberace incluyeron: un Rolls Royce Phantom enteramente cubierto de espejos, un piano (también cubierto de espejos), capas repletas de perlas, estrás, bordados, que podían pesar cien kilos, un tapado de piel blanco con una cola de cinco metros, incontables anillos y joyas y, por supuesto, el diamante falso más grande del mundo.

Behind The Candelabra, dirigida por Steven Soderbergh (Traffic, Erin Brokovich, La gran estafa) y basada en las memorias de Scott Thorson, expareja de Liberace, se sumerge sin pudor y con deleite en el peculiar universo que supo crear para sí mismo el pianista; universo donde el glam y el derroche eran norma. En la película Liberace, se refiere despreocupado a su estilo de decoración como “kitsch palaciego”.

Todo vale en el universo Liberace, parece decir Behind The Candelabra. Y conviene entender esta frase en los dos sentidos. Todo ese escandaloso, impúdico despliegue de pieles, oropel, estatuas y pinturas, diamantes; todo ese “brillo y furia” tan ensordecedor son ampliamente aprovechados por Soderbergh. El mal gusto es explotado y emerge obsceno, alegre, triunfal. Con absoluto desparpajo y sin pedir disculpas. Algo así como el reverso del mandato de Cocó Chanel de que antes de quitar la casa convenía sacrificar algún accesorio en pos del buen gusto y la elegancia. Que no quede duda al respecto: para Liberace –que contaba entre sus apodos con el de The Glitterman o El hombre brillantina– menos no era más.

LiberaceEntretener, siempre

Sin duda, el mundo del pianista (retratado como asfixiante, incluso claustrofóbico) respondía, sin descanso, a la ley del espectáculo en la que el principal pecado es dejar de entretener. Nada que en la era de los 140 caracteres no nos resulte familiar. Situada en Las Vegas, ecosistema con leyes muy similares a las de Hollywood, donde “jamás privar ni privarse de estímulos” es el mantra imperante, Behind The Candelabra reproduce esas mismas leyes: logra entretener. Llama la atención, por otro lado, como situaciones insólitas, bizarras e incluso escabrosas son presentadas en esta biopic con absoluta liviandad: la promesa reiterada de Liberace de adoptar a Thorson, la negación ferviente –en público– de su homosexualidad, su adicción al sexo, la decisión de Liberace de pagarle a su amante una cirugía plástica para que se parezca al pianista a los treinta años.

Luego de una accidentada distribución y de incertidumbres varias acerca de “cómo venderla” (Soderbergh mismo declaró que varios estudios rechazaron la película por considerarla “demasiado gay”, lo cual resulta, cuanto menos, desconcertante) se estrenó por HBO con récord de audiencia. Este domingo, 12 de octubre, estrena para Lationamérica y hace unas semanas el director y la película, además del mencionado Douglas, se llevaron los premios Emmy en las categorías película televisiva y mejor director.

Ninguno de estos datos es un indicativo de calidad, pero resulta interesante para reflexionar acerca de los cambios notables en el vínculo de los espectadores con la pantalla grande. Demuestra, por otra parte, la existencia de un público que consume biografías, que disfruta que le narren los pormenores de vidas ajenas. La pregunta, dado su indiscutible auge en los últimos años, resulta pertinente: ¿Qué nos lleva a ver una biopic?

Grace KellyBasado en una historia real

Quizás toda vida merece ser contada. Pero parecería que algunas merecen ser relatadas más que otras. Y sin duda, como en Toro Salvaje o Capote, pueden estar contadas de forma magistral. Aunque existen desde el cine mudo (Juana de Arco circa 1900, por caso) y las hubo bodrios y no tan bodrios, insulsas y memorables, las biopics parecen estar, en la actualidad, a la orden del día. Behind The Candelabra se inscribe, así, en una tendencia cada vez más marcada de narrar biografías. Las vidas de Steve Jobs (con Ashton Kutcher), de la Princesa Diana, de Grace Kelly (con Nicole Kidman), del ciclista Lance Armstrong, por nombrar algunas, ya son objeto de biopics.

Hollywood siempre ha buscado inspiración bebiendo de fuentes variadas y se ha nutrido de la literatura, el cómic, películas ya existentes, produciendo remakes o secuelas. En el inaudito caso de la franquicia Transformers, de un juguete infantil. Su atención, en los últimos años, parece estar puesta en narrar o representar la vida de personajes conocidos, en mayor o menor medida, por el público. Y la tendencia no da señales de aflojar.

Walk The LineThe show must go on

Por otro lado, las biografías de músicos, con las extravagancias que suelen acompañarlos (tanto sobre el escenario como en sus vidas privadas), junto con excesos varios y frecuentes destinos trágicos, resultan ser un terreno fértil y candidatas ideales para las biopics. La música, el vestuario, la recreación de distintas épocas, los detalles íntimos que desconocemos son anzuelos sin duda eficaces, pero así como desfilaron biopics de músicos olvidables o logradas pero que, por algún motivo, no perduraron en el tiempo, hubieron otras que lograron seducirnos con inteligencia, con astucia, con sencillez, sin gritarnos al oído.

La meca del cine supo producir desde hace tiempo biopics de músicos que volveríamos a ver: Walk the line (sobre Johnny Cash), Sid & Nancy, La vida en rosa, The Runaways, entre otras. Y quien vea o vuelva a ver Bird (1998), dirigida por Clint Eastwood, acerca de Charlie Parker se reencuentra con un retrato sensible y sutil del músico, colmado de una intimidad insospechada.

La pregunta acerca de si el Charlie Parker de aquella película, de mirada lánguida y algo traviesa, gestos detenidos, pausados que delataban un enamoramiento sin retorno tanto de la música como de la heroína, se corresponde con el legendario saxofonista de carne y hueso, es del todo innecesaria. Un retrato, después de todo, ¿no es acaso siempre es una interpretación? Las mejores biopics siempre parecen eludir y liberarse del mandato imposible de oficiar de espejos.

Algunas biopics que se están desarrollando actualmente incluyen dos acerca de Janis Joplin: Get It While You Can con la actriz Amy Adams (Superman: el hombre de acero, El Luchador) como Joplin y otra titulada The Gospel According to Janis; Nina acerca de Nina Simone, con Zoe Saldana (Avatar) como la sacerdotisa del soul y All is by my side sobre Jimi Hendrix (protagonizada por André 3000, de la banda Outkast).

Otro proyecto para una biopic acerca de Freddie Mercury, que contaba hasta hace poco con la actuación de Sacha Baron Cohen (Borat, El Dictador) pone en evidencia las tensiones que suelen surgir e incluso truncar o demorar muchos proyectos de este tipo, ya que los miembros de Queen y el actor de Borat habrían estado en desacuerdo en cómo iba a ser representado el cantante y, como consecuencia de estas “diferencias creativas”, el actor se bajó del proyecto. Problemas relacionados con el uso de la música y los derechos de autor también son frecuentes como en el caso de la biopic de Hendrix, por ejemplo, en la cual no se podrá usar su música.

Los resultados, lógica (y memoria) indican, han de ser forzosamente dispares. Queda entonces esperar que alguna de estas propuestas no se quede en lo estético, ni en el soundtrack y que, en lo posible, vulnere fórmulas.

Steve Jobs¿Qué ves cuando me ves?

Es probable que debamos contemplar seriamente una desintoxicación tecnológica colectiva con riguroso programa de doce pasos. ¿Nuestro uso (y abuso) de las redes sociales tendrá algo que ver con el auge de las biopics? ¿Marquitos Zuckerberg (quien obtuvo, por otro lado, su propia biopic con La Red Social) tendrá acaso la culpa? Quizás no sea arriesgado suponer que un auge en el interés, en la preocupación desaforada, salvaje por la propia imagen vinculada al uso de las redes sociales se corresponda con un mayor interés en consumir relatos acerca de vidas ajenas.

Cuesta no relacionar, no ver un paralelismo entre un fenómeno y el otro. Sin duda, las redes sociales tienen un fuerte componente teatral, de puesta en escena. Y de a ratos, decididamente circense. En Twitterland, el “cómo se dice” es ley primera y todos tenemos, por un instante, la agudeza y lucidez de Oscar Wilde, de Pettinato o de quien más nos guste. En Facebook, al igual que el personaje de la hermana de Daria en la ya caduca serie animada noventosa de MTV, nos desvela saber cuál es nuestro mejor perfil.

La moda, por otro lado, parece jugar siempre un papel crucial en las biopics y sobre todo en las de músicos; tratase de Ray, The Doors o el placer culposo Purple Rain de Prince (aunque no del todo estrictamente una biopic), donde no falta nada: camisas con volados estilo pirata, melenas intimidantes, motos, humo y guitarras en formas extrañas, que elevaron el dramatismo y la autopromoción a niveles insospechados. Ideal para ver un domingo de lluvia y disfrutar (con un dejo de culpa) del melodrama, de las malas actuaciones, de las frases empalagosas, del “brillo y la furia”.

Liberace, sin duda, aprobaría.

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