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Territorios

El barrio pirata

Un día en Sankt Pauli, la zona del puerto de Hamburgo que da vida a uno de los barrios menos alemanes de Alemania y menos europeos de Europa.

Por Gabriel Magnesio

La niebla, la lluvia y el frío ordenan las luces y la fisonomía del puerto. Hamburgo es el comienzo de una película. De cualquier película filmada en blanco y negro. Los brazos del río Elbe son canales venecianos que se entrelazan con los metros aéreos. Detrás de la fría elegancia de la ciudad –laberintos líquidos, ladrillos rojos de inspiración gótica, embajadas, design de vidrio y metal, el lago artificial Alster–, hierve el corazón de Sankt Pauli, un barrio que se convirtió en uno de los principales destinos turísticos de Alemania. Uno de los sitios del mundo donde (casi) todo está permitido.

Con 27 mil habitantes, Sankt Pauli, la zona roja de Hamburgo, conserva su integridad portuaria de pausa secular: marineros, prostitutas, rock and roll, en un ir y venir tenístico. Un ataque/contraataque constante. Es que este barco pirata varado en el continente no juega a ser incorrecto. Simplemente, se trata de su modo de ser.

Ubicado en el distrito Hamburg-Mitte, creció por pura necesidad en el siglo XVII: putas, teatros, noches violentas. El barrio se convirtió en la tierra firme y conocida de los duros marineros del norte. Los bares eran hervideros de hombres solos en tránsito hacia los camarotes de la Hamburg-Amerika Linie. Había algunos que serían célebres del exilio como el escritor Witold Gombrowicz. La avenida principal, la Reeperbahn, era tan grande que los marineros y pasajeros a punto de embarcar no llegaban jamás a recorrer el resto de la ciudad. Más allá de Sankt Pauli, Hamburgo muestra su rostro de Alemania del nuevo siglo: elegante y fatal, abrumadora y triunfante.

Sankt Pauli, en cambio, es otra cosa.

Es el barrio que actúa como si fuera una ciudad en sí mismo. Es el barrio que se presenta como si fuera un país en sí mismo. Son las calles que se manifiestan como si fueran otra Europa, una distante en el tiempo. Una Europa que nadie sabe si alguna vez realmente existió.

Clubes y The Beatles
Hans es el portero de Fuck Me, Please: table dance de escaparate cubierto de heroínas prerafaelinas. Es gordo, tatuado, calvo. Como los demás, es un exmarinero –cargó café en Colombia, cemento en las costas africanas, azúcar en Cuba– reconvertido en hombre fuerte de la noche portuaria.

-Esto no es el Wallen de Ámsterdan –amenaza Hans, que duerme arriba de un sex-shop. El rojo, aquí, es natural.

La avenida Reeperbahn –en viejo alemán, una cuerda pesada para una nave– es ancha, sin árboles, larga. “Drink or Die” lleva escrito en su remera Peter, un hombre de 50 años que conoce cada baldoza de esta calle. “Sankt Pauli, durante el día, es como una mujer sin maquillaje. La noche siempre es menos cruel”, dice.

El puerto de Hamburgo, el más grande de Alemania, se construyó sobre el río Elbe por pura obstinación: no tiene salida al mar del Norte, que queda a 120 km, pero fue la cabeza de la potente Liga Anseática que durante el medioevo dominó el tráfico comercial marítimo nórdico.

Son las cuatro de la tarde. Olivia John, travesti y guía turística, pasea a un grupo de señores. Los señores van juntando deseo a cada paso y quieren entrar a un club, a cualquiera, al primero que se crucen. En esta avenida, no les van a faltar puertas oportunas: acá hay clubes de hardcore, de jazz, de hip hop, de music hall. Pero también los hay libertinos, fetichistas, homos, cabarets. Incluso hay varios sextoys bizarros y ordinarios.

Mientras el grupo de señores se desbanda, en la esquina donde comenzaba la antigua Chinatown de Sankt Pauli –disuelta por la nazi Wehrmacht–, titila un cabaret de karaoke asiático. Cerca de la esquina de karaoke oriental, que cruza a la avenida principal con la calle Schmuckstrasse, hay un pasaje pequeño y apretado que es la pasarela de las travestis de Hamburgo. Como fondo del desfile, está la iglesia más antigua de la ciudad, St. Joseph’s. En la puerta del templo católico, una monja de casi un siglo cierra los ojos frente al desfile.

St. Joseph’s está en medio de territorio prowwwante, rodeada de rock y de sexo. Y sin embargo, se impone en el pasaje Grosse Freiheit, donde todavía se respira cierta antigua categoría alemana. Grosse Freiheit (Gran Libertad) es estrecho y solar. Y por unas escaleras, frente a St. Joseph’s, se desciende al Kaiserkeller, uno de los clubes íconos de Sankt Pauli.

Su importancia tiene nombre de grupo de rock británico: The Beatles debutaron aquí. Aunque The Beatles debutaron –parece– en todo Sankt Pauli. Es que ese mismo logro del debut de los FavFour de Liverpool se le adjudica al desparecido Star Club, al Indra Club y al Top Ten.

Con respecto a The Beatles, sólo dos temas coinciden todos los habitantes de Sankt Pauli. El primero, que esos conciertos eran peleas sangrientas. Stu Sutcliffe murió a causa de un derrame cerebral, producto del desbande en uno de los shows. El segundo, que los artistas alemanes Astrid Kirchherr y Klaus Voormann fueron los creadores del look original de los muchachos de Liverpool. Para los vecinos del barrio, The Beatles llevaron al mundo el estilo de los años sesenta de Sankt Pauli.

En la intersección de la Grosse Freiheid y Reeperbahn, hay una plaza que lleva el nombre de la banda británica. Hoy, en esa plaza, navegan mujeres asiáticas, mozas en topless, travestis educados que hablan del nuevo cine alemán y lo comparan con el cine turco y el iraquí y la fachada del club Safari que ofrece sexo en vivo. A metros de la plaza The Beatles, hay un sótano que se llama W. Y hoy a la noche hay show.

Oscuro como la tumba de un amigo
En el escenario, un doble de Pete Doherty con cuerpo de iconografía mutante y aires de dandy decimonónico, transpira la falsa abstinencia: fibras, huesos, vanidad desnuda, rota; un ser propietario de una cronológica amputada.

Esta noche, su status de ícono no puede ser decodificado de otro modo que a través del universo ultraritualizado del rock. Este Pete no se improvisa como rockstar, lo es a cada instante: si alguien lo molesta, lo escupe; si alguien lo aplaude, se arrodilla. En el entretanto, no para de retorcerse. Parece bajo los efectos de una droga imposible: una heroína traída de Venus, por caso. Es un Nureyev bajo los efectos del ácido.

El falso Pete deja imprevistamente de retorcerse. En un único movimiento, enciende un cigarrillo mojado, se acaricia el pelo y abre un pequeño libro de tapa dura.

« Peace, peace! he is not dead, he doth not sleep… »

Lee el fragmento de Adonais, de Percy Shelley, escrito en memoria de John Keats. Y sigue:

« He hath awakened from the dream of life–
‘Tis we, who lost in stormy visions, keep
With phantoms an unprofitable strife,
And in mad trance, strike with our spirit’s knife ».

El club es un amasijo de groupies, de liturgia, de vírgenes, de cristos sin cruz, de gritos ahogados, de parlantes que distorsionan música y palabras, de cables que no conducen a ninguna parte. El cuerpo desnudo del falso Pete, el pensamiento insomne del animal furioso Shelley y las bocas de las groupies que escupen un fuego hecho de alcohol y baba y sexo.

El Pete falso brilla como verdadero.

« Invulnerable nothings. –We decay
Like corpses in a charnel; fear and grief
Convulse us and consume us day by day,
And cold hopes swarm like worms within our living clay. »

El fragmento de Shelley es la despedida del falso Pete en esta madrugada de Hamburgo. A su lado, también saludan las dobles de Anita Pallenberg y de Marianne Faithfull.

Una pantalla comienza a proyectar el concierto de The Rolling Stones de 1969, en Hyde Park. Ese show fue en memoria de Brian Jones, dos días después de su salto último y mortal. El poema de Shelley era una elegía. Este show del falso Pete también parece haber sido hecho en memoria de alguien. Tal vez de alguno de nosotros, los asistentes a este juego de infiernos. Tal vez, ahora, algunos de los asistentes se pregunten si estaban vivos o muertos esta noche que un falso Pete Doherty recitó a un verdadero Percy Shelley.

El club se vacía lentamente. Y, casi de inmediato, el interior del sótano ya no es lo que era. Es que debajo del escenario, Pete es el aburrimiento provocado por la sobriedad, una especie de catástrofe acaecida por la ausencia de drogas. Un ángel gris y frágil y transparente: venas secas, huesos amarillos, dedos bloqueados, dientes manchados. Si arriba del escenario es más Pete que falso, debajo es más falso que Pete. La carne nerviosa lo retuerce y lo expulsa de su propio cuerpo.

A pesar de eso, el público lo reconoce detrás de la escena: saludan al gladiador herido, viejo wwwimonio del rock, fantasma de mil imitaciones.

Tal vez el requiem del Pete (falso) encumbrado en el escenario era para este falso (Pete) que ahora sube la escaleras del W como un zombie que se ha quedado sin trabajo.

Afuera, sobre el pavimento mojado, la niebla rodea las luces y el público parece expulsado del paraíso. Y los expulsados patean con furia las botellas vacías. La ética del rock, en las calles de Sankt Pauli, devora cruda a la estética del rock. Acá no importa qué tipo de ropa se lleva puesta: eso queda reducido a un mero capricho. Aquí lo único que sobresale es la actitud.

El club W, humo y cemento, se yergue entre burdeles, iglesias reconvertidas en estudios de grabación y vendedores de heroína que habitan los primeros pisos de los edificios en ruinas y sin calefacción. Hay techos, chimeneas, smog, luces manchadas, sirenas de ambulancias enloquecidas, ladrillos ennegrecidos de rojo sucio. Las infinitas posibilidades de una noche: ese estar sin ser, ese vacío fundamental tan cercano a la muerte.

Grúas y prostitución
De día, las calles son otras y son las mismas en el exacto tiempo y espacio. En estas calles, las vidrieras duermen clavadas en los setenta. Poco importa: “Los deseos son siempre los mismos”, dice Werner, 20 años como portero de un Peep Show por la noche y dueño de un puesto de tulipanes en el Fishmarket durante las mañanas.

Desde el año 1700, los pescadores bajan a este mercado desde el mar Nórdico y el Báltico. En el Fischaktionshlle, se desayuna calamares fritos con cerveza y se habla el plattodeuch, un dialecto que conjuga el holandés, el inglés y el alemán. En los depósitos de Speicherstadt, huele a café, a cacao, a especias.

Como en el caso de Werner, los trabajos y el sexo se mezclan durante el día de un modo natural, como si Sankt Pauli tuviera reglas propias. Incluso, de un modo más natural que durante la noche.

Mientras las grúas cargan y descargan contenedores Hamburg-Sud, el núcleo duro de la prostitución callejera se despliega por Davidstrasse, frente a la Davidwache, la estación de policía más famosa de Alemania. Se trata de un edificio barroco de ladrillos rojos, protagonista habitual de las series televisivas. Ahí las mujeres son rubias eslavas y deutsh, todas de menos de 25 años. También, hay pakistaníes con turbantes y Antonen, que llegaron desde Nigeria.

A. tiene 37. Es prostituta y políglota. «Por mi profesión», dice un poco en broma y bastante en serio. Es que A. va de Barcelona a Londres, de Londres a Ginebra, de Ginebra a Hamburgo. Se mira en el espejo del bar donde descansamos, a la vuelta del Hamburger Kunsthalle y del Hauptbahnhof, la estación central de trenes. A. se acomoda las extensiones de pelo planchado, mastica un chicle con sabor a frutilla y baila para darse fuerzas.

-A esos viajes, agregale que una vez por año voy a Abuya a ver mis hijos, de 11 y 13 años. O les envío dinero. Ellos creen un cliché de este trabajo: les digo que trabajo en una fábrica.

La tarifa de A. –50 euros– no incluye los 10 euros del hotel. A. gana entre 3 y 5 mil euros por mes. El trabajo es seguro, legal. Aplasta el cigarrillo, se acomoda el escote, desaparece detrás de la puerta del Volkswagen plateado.

Al final de Davidstrasse, está Herbertstrasse, la calle del lujo del mercado del sexo. Se trata, y acá no se busca un rulo en la metáfora, de un callejón sin salida. Las prostitutas se exhiben sentadas y semidesnudas en sillones de peluquería, detrás de las vidrieras. El precio es darwiniano, 100 euros. Sólo los poderosos tienen acceso con esas tarifas. En Herbertstrasse, están prohibidos los menores de 18 años, las cámaras fotográficas y las mujeres. El tema de género viene de un conflicto ancestral: en el siglo XIX, las esposas iban a Herbertstrasse a insultar a las prostitutas, a tirarles huevos y agua caliente. Desde entonces, la policía prohibe el ingreso de mujeres que no certifiquen que trabajan en la zona. Es que Sankt Pauli lleva adelante esa consigna de póster tan clavada, como sus vidrieras, en los años setenta. El barrio hace el amor, no la guerra.

Fútbol y guerrilla
La tarde pasa lenta en el barrio. Entre el cementerio judío de Königstrasse con su parque arbolado y sus lápidas askenazíes y sefardíes y los restaurantes portugueses bajo el subte Baumwall, habita el álter fashion del barrio: objetos recuperados, olor a incienso, vinilos, máscaras antiguas y ropa inde de autor, mezclados con manzanas biológicas, marihuana, gaseosas y salchichas con cerveza. Siempre con una atención atenta de turcos y ecologistas, todos enfundados en sus remeras del Sankt Pauli, el equipo de fútbol local.

El FC Sankt Pauli tiene, en verdad, un gran mérito: es el equipo más conocido y que menos logros ha obtenido en el fútbol alemán. Navega entre la segunda y la tercera categoría y ascendió, unas pocas veces, a la Bundesliga. Pero el FC Sankt Pauli es otra cosa. Es un símbolo contracultural: se trata del primer club del país que rechazó en su estadio a los neonazis, su presidente es homosexual, casi todos los jugadores del equipo son negros y sobrevive gracias a las colectas que el club realiza por los bares. En el Millerntor-Stadion, la hinchada es una radiografía del equipo: estibadores del puerto, estudiantes, prostitutas, punks, okupas, obreros, inmigrantes e intelectuales. En su cancha, hay globos, pochoclo, mucha música y hot dogs. Y, de vez en cuando, algo de fútbol.

Frente al estadio, está el Consulado de Bolivia con su fachada pesada y victoriana. A ese edificio, se dirigió la muy bella Monika Ertl en 1971. No buscaba un ventanal desde donde se viera mejor la cancha del contracultural FC Sankt Pauli, buscaba otra cosa.

Hija de Hans Ertl –fotógrafo casual de Hitler–, se refugió junto con su padre en Bolivia donde trocó su pasado nazi por un futuro revolucionario. Monika creció en la ebullición de una Europa distante de mayo del 68 y de una guerrilla cercana que se presentaba por toda América Latina. Creció con la Cuba recién nacida de Fidel Castro y Ernesto Guevara. Y se entusiasmó: robó un banco, recaudó fondos para el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Pero un día, de improviso, se fue de Bolivia y regresó a Alemania.

Y el 1 de abril de 1971 entró al consulado boliviano, subió las escaleras camuflada con una peluca negra, pidió hablar con el cónsul y esperó.

Ese año, el cargo de cónsul boliviano en Hamburgo lo ocupaba un hombre conocido: Roberto Quintanilla Pérez, exjefe de inteligencia del ejército que –aseguraba a quien quisiera oírlo– había sido el responsable de ordenar cortarle las manos al Che. Su estilo bravucón lo había depositado en Alemania porque en su país se había convertido en un estorbo y fue exiliado, por su propia seguridad, a ese cargo diplomático.

Monika, ese mediodía, esperó paciente al cónsul. Nada se podía sospechar: era alemana, había vivido muchos años en Bolivia. Nada se podía sospechar a menos que se le revisara la cartera: ahí guardaba un revólver 38 corto, cargado con seis balas. No fue, cuentan, un abril particularmente caluroso. Y esa media estación combinada con el vestido de Monika: esa mujer era la cita perfecta para comenzar el día de cualquier hombre. Esbelta y cordial, se levantó ni bien Roberto Quintanilla Pérez apareció, bien gallito, para hacerla pasar a su despacho.

Monika entró y agradeció la caballerosidad del hombre. Y cuando Quintanilla Pérez cerró la puerta, sacó el revólver de su cartera y le pegó tres tiros en el pecho. Bang, bang, bang, dijo el 38 corto mientras ella escapaba por las calles del Sankt Pauli. Meses más tarde sería asesinada por agentes bolivianos pero aún hoy las paredes del estadio del FC Sankt Pauli la recuerdan.

Final de partida
Celtas, tribus escandinavas, vikingos. Hamburgo, desde los tiempos de Carlo Magno, fue gobernada siempre por sus ciudadanos, rompiendo la autoridad de reyes y príncipes. Fue la Ciudad Imperial Libre del siglo XVI, la dura de matar. Sufrió el gran incendio de 1842 y las bombas inglesas durante la Segunda Guerra que liberaron elefantes, tigres y cebras que corrieron presas del miedo a través de calles destruidas, de estatuas caídas, de iglesias en llamas.

Una historia de fuego y destrucción cubre a Hamburgo. Un puerto pirata la deposita en el río. Sin embargo, el símbolo de la ciudad no es una calavera. El símbolo es la iglesia de Hauptkirche St. Michaelis. En una ciudad sin catedral, St. Michaelis con sus más de 130 metros, esquiva la ostentación. Con un estilo barroco tardío, posee una torre negra y un reloj dorado. El órgano fue amaestrado por Bach y algunos de sus hijos. La estatua de Martín Lutero, el monje tímido y prowwwante, se esconde al costado de la entrada principal.

En la puerta de Hauptkirche St. Michaelis, tanto ella como él tienen el cuerpo agujereado por los chutes a repetición: adicción a la heroína, cuerpos baratos del puerto. Ambos tienen la piel diáfana, los ojos arrancados. Él simula el fantasma de un punk; ella, el fantasma de una lolita. Los junkies tienen cicatrices en la piel, heridas de su propia guerra. A veces, la mitad del cráneo rapado. A veces, encrestado. Pero las heridas siempre están. La droga los mantienen ocupados: hacerse con el dinero, conseguir los dealers, cuidarse las espaldas, recién entonces drogarse. Un recorrido de cinta de Moebius.

Algunos trabajan de dobles por monedas. Otros de estatuas vivientes. Forman una especie de Rocky Horror Show heroinómano. Ahí está el doble de Gode Benedix –el guitarista de Hong Kong Syndikat–, el de Christiane Felscherinow –la escritora gonzo–, el de Nina Hagen, la imagen unívoca del punk alemán. Ahí están los Depeche Mode y Nick Cave y David Bowie. También, las estatuas pintadas de dorado y de plateado. No se trata de arte, se trata de la cocina del underground portuario: el poder de un chute.

El fondo es el Parque Elbpark, donde una estatua que no es viviente se salvó de las bombas durante la Segunda Guerra. La mole de 625 toneladas es Otto von Bismark, primer canciller del imperio de Alemania. Pero Bismark no se salvó de la explosión punk de los años 80 y desde entonces los dobles ocupan su zona de influencia. Lo mismo que ocupan los edificios de la cercana calle Hafenstrasse. Allí, las paredes siguen tapadas de grafitis y las ventanas clausuradas.

Ni siquiera la constante represión policial logró desplazarlos de estos edificios. Muchos de estos punks ya viejos y cansados fueron miembros de la guerrilla urbana de inspiración maoísta Rote Armee Fraktion (RAF). De algún modo, ésta es la zona de Sankt Pauli –mucho más que la zona roja– que le recuerda al barrio sus orígenes. Acá, no hay maquillaje, ni siglo XXI, ni contracultura avant garde. Ya no hay guerrilla ni asesinatos –la RAF se adjudica 33 muertes– ni explosiones. De aquella época, sólo quedan skaters con tatuajes, agrupados en las esquinas. Sin embargo, ahí están mirando el futuro con bastante más escepticismo que el resto de la Alemania próspera.

Ya vuelve la noche y sale el sol sobre la avenida Reeperbahn. Se encienden todas las luces de neón en esta tierra de desheredados. El calor aplasta sobre esta avenida tan difícil de cruzar como un mar. Y cuando se sale de Reeperbahn, las calles están mal iluminadas, las veredas sucias y rotas, el agua se pudre en las alcantarillas, los edificios con estilos dudosos saben que sólo caerán de viejos. Es que el puerto es el patio trasero –esa necesidad inconfesable– y primera fuente de ingresos de la potente economía de Hamburgo.

Es que esa Hamburgo que es el comienzo de cualquier película en blanco y negro precisa de un final en colores estridentes, hasta chocantes, como Sankt Pauli. Necesita del barrio que es una cachetada y al mismo tiempo una caricia. Y una nueva cachetada. Porque, no importa dónde se dirija Alemania, Sankt Pauli siempre estará en el mismo lugar.

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