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Entrevistas

El arte de pensar

Entrevistamos a Pompeyo Audivert, uno de los actores y directores de teatro más inquietantes del país.

Por Vera Czemerinski
Fotos: Juan Carlos Casas

Si hubiera que elegir una palabra con la que resumir la trayectoria de Pompeyo Audivert –ese señor de rostro inquietante y ojos increíblemente enormes- es coherencia. Viene ejerciendo la profesión de actor, director y maestro desde hace más de treinta años, y lo hizo siempre sin dejar de lado su deseo, siguiendo una línea personal y poética a la que en ningún momento, cualquiera fuera el territorio en el que transitase, renunció.

Entrevistarlo obliga al compromiso de estar atento a su lenguaje, al alto nivel de pensamiento que tiene, y también a la poesía con la que lo expresa. Esto no es casual. Hijo de artistas, su mirada del mundo quedó moldeada por la atmósfera en la que se formó, y que sigue cultivando en cada una de las actividades que realiza.

– Venís de una familia muy vinculada a las artes, ¿cómo influye en tu trabajo?
– Mi madre, Marina Briones era poeta, de las mejores, y cada gesto, cada frase de ella abría resonancias y paisajes. Era también santiagueña lo que la hacía peligrosa y salvaje, honda. Y mi padre Eduardo Audivert era artista plástico. Mi madre me inculcó sin proponérselo el amor por la poesía y mi padre el amor por el arte como oficio. Y mi abuelo Pompeyo, uno de los más grandes grabadores del mundo, funcionó como Dios temible y venerado. Ellos me enseñaron sin darme lecciones, eran seres sobrenaturales y a la vez muy simples, siempre atentos a los chicos que éramos mi hermana y yo.

Actualmente Audivert dirige, actúa y toca el piano en Muñeca, de Armando Discépolo, en el Centro Cultural de la Cooperación. No es casual que haya elegido una pieza del creador del grotesco criollo: tanto el expresionismo –cercano a lo grotesco- como la identidad –lo criollo- son dos temas que lo llaman desde siempre. La obra le permite agarrar sus obsesiones y transformarlas en material escénico de enorme vuelo. Fiel a su modo personal de encarar los trabajos, le sumó textos de la poeta uruguaya Marosa di Giorgio -altamente eróticos-, y ubica la pieza algunos años después, en el momento de la caída de Yrigoyen. Con esa suma de variables, construye imágenes de una locura y un lirismo poco frecuentes hoy en la escena local.

– ¿Qué te atrajo de montar una obra escrita en 1924?
– Que no es una obra realista. Me gustan los materiales de este tipo, Muñeca parece ser casi un folletín romántico, pero esconde una tragedia metafísica. Funciona como un caballo de Troya, uno cree estar asistiendo a una escena convencional y cuando menos se lo espera se desata otra percepción, se abren otras puertas asociativas. Esa es la virtud poética de esta obra de Discépolo.

La máquina metafísica
La transformación de Audivert en Anselmo –el protagonista de la tragedia- es impresionante, y tanto se abre el abanico de asociaciones durante la representación, que se lo puede vincular hasta con el Frankenstein de Shelley, no sólo por la caracterización, sino por los recursos que el director pone en marcha al mezclar su imaginación con los mundos que la obra esconde en potencia.

– ¿Qué aspectos puntuales te sedujeron de Muñeca?
– El tema central es el de la máscara como frontera entre la identidad histórica y la sagrada. Anselmo es un oligarca riquísimo encerrado en un cuerpo espantoso y para colmo enamorado de una chica que le han entregado casi como un regalo para calmarlo. Vive su cuerpo como una condena, se siente otro, el de adentro, el que está atrás de la careta. Vaya una situación dramática y teatral. ¿Quién no ha sentido la extraña sensación de no ser el que le devuelve el espejo?… – Audivert hace una breve pausa, pero en su silencio es evidente que sigue elaborando ideas-. Muñeca también produce resonancias pirandelianas, la sospecha de que el mundo es una construcción teatral, y nosotros sólo actores puestos aquí para unos fines que nunca se nos revelan, el destino del que hablaban los griegos. Además, puedo poner en juego la visión que tengo del teatro como máquina metafísica, como el lugar al que vamos a preguntarnos ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Que estamos haciendo? Creo que el teatro está para intensificar poéticamente esas preguntas, ése es su sentido.

– Eso en cuanto a lo metafísico, lo espiritual. Pero además la obra está ubicada en un momento histórico bien específico. ¿Incluís en tu puesta una lectura política?
– Anselmo es Yrigoyen, Perón, Ramón Falcón, Uriburu, es una fuerza histórica estallada, no se lo puede estabilizar en un signo que calme las aguas. Es dable también asociar la casa de Anselmo con el país, a él como su dueño y a los parásitos que lo rodean como la clase política que siempre rodea al poder del capital. Pero la obra es mucho más que esa relación histórica, lo central es el planteo antihistórico, es decir la cuestión metafísica y poética que Muñeca desata.

Esta cuestión de la máscara y su reflejo son los temas del libro del que es autor y está pronto a editarse, El piedrazo en el espejo, espacio perfecto para reflexionar sobre el sentido de su actividad. Atendiendo varios frentes en simultáneo, suma además las funciones de Edipo en Ezeiza – en cartel hace tres años en El camarín de las musas, de la cual es autor y director-, Noche a la deriva -trabajo que presenta en su estudio El cuervo-, y Museo Ezeiza 73, instalación teatral sobre los acontecimientos de la llegada de Perón al país, con el que desde hace siete años se presenta en el Centro Cultural Haroldo Conti.

Morir mil veces
Pero no todo es teatro. Audivert actuó recientemente en Los siete locos, fue parte de un elenco de lujo en la miniserie basada en la novela de Roberto Arlt, dirigida por Fernando Spiner. Y en cine caracterizó al Padre Leonardo Castellani en El Almuerzo de Javier Torre, y al obispo Angeleli, en El papa de la gente. “Se ve que Dios me manda al cine”, bromea.

El protagonista de esta última película es Rodrigo de la Serna, y con él está ensayando la obra El farmer de Andrés Rivera, que estrenará en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín. No todo es teatro, dijimos, pero a eso vuelve siempre Audivert, como se vuelve a casa. En El Farmer –otra vez la historia de colada en su máquina metafísica- se mete con los últimos momentos de Rosas en el exilio ingles. La dirigen ellos dos, en conjunto con Andrés Mangone, compañero de dirección de Audivert desde hace varios años.

¿”Sirve para algo”, tiene algún sentido social llevar adelante proyectos poético/teatrales, o es simplemente una manera de desplegar la expresión personal?
– Sirven para saber quiénes somos realmente. En el fondo, lo que anima la necesidad de hacer teatro, y también la de presenciarlo, es el deseo de dar un salto a la identidad profunda, a la estructura. El impulso de actuar, al igual que el de pintar, cantar, bailar, escribir, es un impulso poético, y como tal debe ser defendido de las capturas unidimensionales del mundo histórico. En un sentido esencial el teatro es, a partir de las condiciones materiales e inmateriales de su estructura de producción, una operación metafísica. Y es a la vez ritual, se da en un acto de comunión colectiva, en el mismo tiempo y espacio. En síntesis, es una maniobra poética colectiva.

– Igual, todos tus proyectos actuales tienen algún punto de conexión con la realidad histórica. ¿Al hacer teatro discutís con ella?
– El teatro discute siempre con la realidad histórica, sondea las cosas a un nivel extra cotidiano, nos permite dar con nuestra identidad secreta, es una máquina de desenmascarar y situar al hombre en su verdadera dimensión existencial, esa zona de la que hemos sido exiliados. Lo más interesante del fenómeno es que son unas personas diciendo ser otras, afirmando con gran pasión y voluntad ese cambio de identidad frente a un conjunto de espectadores que awwwiguan el acto, es el ensayo de la muerte y la resurrección, uno va al teatro a morir o por lo menos a saber que ya ha muerto otras veces. -Otra vez, Audivert detiene por un momento el pensamiento, en un silencio evidentemente activo-. El problema –retoma- es que nos hemos confundido y pensamos que el teatro trata de la máscara, de los asuntos circunstanciales, del avatar, o de la cuestión psicológica implicada como presunta profundidad. Y entonces lo central queda relegado a telón de fondo, se pierde de vista su sentido de ritual existencial y queda reducido a la superficialidad unidimensional del espejo. A mí me gusta pensar el teatro como máquina, porque así es más fácil hablar de forma de producción, de técnica, de sentido, la máquina teatral no para producir mimesis histórica sino un alcance metafísico de la identidad individual y colectiva, eso es lo político, el piedrazo en el espejo.

Esa última imagen es, claro, el nombre de su libro. Esa pareciera ser parte de la coherencia referida en el comienzo de la nota. Es evidente que el rito lo llama, allí residen su pasión, su inquietud, su intranquilidad… y probablemente la tranquilidad de ser quién es.

– ¿Qué es lo que vivís al representar cada noche lo mismo?
– Cuando se apaga la luz antes de empezar la obra que fuere, en ese instante donde se suspende el tiempo histórico, sentimos la sensación de estar en otro sitio, en ese lugar sin nombre al que pertenecemos y del que venimos. Ese ritual nos ayuda a suspender la identificación con la máscara que nos protege, nos permite alcanzarnos en otra latitud.

– Hace casi treinta años que das clases en tu estudio. El intercambio con alumnos, ¿te da herramientas o ayuda a ampliar tu propio lenguaje?
– El trabajo de las clases es una usina, de ahí se destilan procedimientos, conceptos, formas de producción, en síntesis, lenguaje teatral puro. Es un laboratorio de experimentación que me produce gran excitación.

“Procedimientos, conceptos, formas de producción”, muchos niveles condensados en un mismo acto. Eso es Pompeyo Audivert. Hoy viene en muchos formatos, y hay para elegir el que más se adecúe al gusto. Sin ningún atisbo de duda, será para encontrarlo –siguiendo su pensamiento, para encontrarse- y no perderlo.

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