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Literatura

El arte de la palabra

Dueña de una prosa subyugante, la gran encantadora de esa serpiente llamada Palabra, logró hipnotizar con su cadencia un idioma y a sus lectores.

Por Natalia Moret
Ilustración Juan Natch

Hay una forma de entender la ficción narrativa que tiene que ver con lo que podríamos llamar el arte (y el talento) de contar historias. Narrar, seleccionar incidentes, ordenarlos en una cronología que busca el efecto único, a través de una creciente y sostenida tensión dramática, de desarrollar y progresivamente develar la naturaleza oculta de sus protagonistas. Dicho simple: mostrar, una y otra vez, que “nada es lo que parece”, haciendo de esta –solo en apariencia- sencilla consigna el contenido único detrás de todas las historias y todas las tramas y toda ficción posible. Esta es, acaso, la forma más común de la narrativa, y decimos “común” no en el sentido de su altura, o su valor, o su futilidad, o su pobreza, sino “común” en tanto usual, como mera apreciación estadística. Desde La Ilíada hasta las páginas que ahora mismo escupen todas las imprentas del mundo, así es como se ha construido, contado y escrito casi toda la literatura. Como señaló Poe en un ensayo sobre el cuento, todo lo que no va en este sentido parecería “agobiar y sobresaltar el intelecto, poniendo indebidamente en acción las facultades que en la buena literatura deberíamos emplear en menor grado”.Narrar, directo, con la misión de conmover: contar una historia.

Sin embargo, otra forma de entender la ficción podría acercarse más al lenguaje de lo poético, donde las historias -junto a sus incidentes, sus personajes debidamente caracterizados y construidos, sus giros dramáticos- se diluyen al punto de casi desaparecer, como si la búsqueda fuera por otro camino. Como si el escritor estuviese, ante todo, enamorado de las palabras y este amor no fuera correspondido, y estuviera toda su literatura sostenida en la tensión inestable que implica contar sólo con palabras para decir lo que las palabras no pueden decir. Clarice Lispector pertenece a este segundo grupo de escritores.

 La palabra, esa mentira

Hija de refugiados judíos que escaparon de Ucrania en la segunda década del siglo XX, huyendo de la devastación de la Primera Guerra Mundial, Clarice Lispector nació en 1920 y llegó a Brasil con menos de un año; antes de cumplir diez ya se había quedado sin madre. De Recife se fue a Río, donde se formó como periodista y escritora y saltó a la fama a una edad muy joven con su primera novela, Cerca del corazón salvaje. Aquí ya está todo lo que la autora desarrollará en su obra: un fluir de la conciencia que parece tantear el terreno a partir de lo sensorial, lo extra-fáctico, donde las anécdotas pasan a ser no mucho más que lo que el término sugiere. Sus padres debieron abandonar su idioma natal y en esta mutilación inaugural construyó Clarice su mesa de trabajo: escribir en portugués le recordaba, todos los días, lo extraño del lenguaje, el velo que las palabras tienden irremediablemente sobre la vida, que no es más que “lo otro”, lo inasible. En un estilo y tono que de a ratos asemeja el de un diario personal, tanto en esta primera novela como en las siguientes la conciencia ininterrumpida que Lispector tiene sobre los límites de la palabra va a permearlo todo. Las personas, básicamente, se incomunican, y todo se lo deben al lenguaje, a la mentira básica y fundacional de compartir un idioma, una misma lengua. Dueña de una imaginación sensible, Lispector oscila entre la ingenuidad seguida de momentos crueles, duros y negros. Casi todos sus textos tienen una estructura fragmentada, de a ratos difícil de seguir, emocional y cerebral al mismo tiempo. Podría decirse que su estilo “no narrativo” lleva la búsqueda de la belleza siempre por delante de la de los motivos. Los motivos, la explicación, no es lo deseable. Para esta escritora la inteligencia se corresponde con el gradual proceso de comprensión que permite llegar a la Verdad: vislumbrar que casi todo lo que existe queda más allá del horizonte de lo inteligible. La expectativa, acaso pueril, de comprenderlo todo, se monta sobre la falacia de suponer no que nada de lo humano nos es ajeno, sino que nada de lo humano nos es desconocido. En Lispector las cosas tampoco son lo que parecen, con una salvedad fundamental: “lo que es”, aquí, permanecerá ignoto. Esta tesis –o inquietud- recorre todo lo que ha escrito, desde su primera novela hasta la póstuma La hora de la estrella, pasando por Agua viva y por Lazos de familia, tal vez dos de sus mejores libros.

La caja cerrada

La física sostiene que el 99,99% de nuestro cuerpo, de todo lo que existe, es vacío; en otro campo del pensamiento, las intuiciones de Clarice Lispector van en la misma dirección. Su literatura propone que es lo desconocido, y no lo familiar, lo que nos constituye como seres humanos. Comprender, dirá la autora, es un acto limitado. En cambio no comprenderlo todo es infinito, llega hasta Dios. “Ahí está”, escribe en Aprendizaje o el libro de los placeres, “ahí está el mar, la más incomprensible de las existencias no humanas”. Porque para esta escritora brasileña lo humano es, fundamentalmente, lo más incomprensible de todo lo que existe. Una caja hermética que alguien ha cerrado por dentro antes de salir.