Tecno

Discográficas vs Internet

Con los servicios de streaming en la mira, continúa la fútil guerra contra la música distribuída en forma gratuita.

Por Tomás Balmaceda

Cuando Napster vio la luz -allá lejos y hace tiempo, en 1999- la industria musical recaudaba a nivel global 26.6 mil millones de dólares. Pero el comienzo de siglo no le sentó bien a los negocios discográficos y las ganancias se redujeron año a año hasta tocar un piso en 2014 de 15 mil millones. Los ejecutivos no dudaron en echarle la culpa a Internet por las pérdidas, pero tanto su diagnóstico como las soluciones demostraron ser apresuradas. La última década quedó signada por embates judiciales, la aparición de emprendimientos fugaces e intentos vanos por controlar la naturaleza caótica y horizontal de la web, hasta que se logró un equilibrio. De hecho, con un panorama calmo calmo desde la consolidación de servicios de streaming pagos como Spotify, Deezer, Guvera o Beats Music y tiendas legales como iTunes, la paz parecía firmada. Sin embargo, estos últimos meses demuestran lo contrario: el desembarco de Tidal, la clausura de Grooveshark y los planes de Apple vaticinan el fin de la música gratuita por Internet.

En mayo de 2011, y luego de una experiencia modestamente satisfactoria en Europa, Spotify desembarcó en los Estados Unidos con la propuesta de ofrecer un servicio de música por streaming de amplio catálogo y con dos modalidades, cuentas gratuitas que incluyen publicidad en la web y entre canciones; y cuentas premium pagas con precios accesibles. La compañía llegó con el visto bueno de Universal, Sony y EMI, tres discográficas de peso. Ese mismo mes, Universal Music Group radicó una denuncia contra Grooveshark, una startup que había surgido de las cenizas de Napster en 2006, y que para ese entonces se había consolidado con casi 30 millones de usuarios y una biblioteca vastísima de canciones, a la que cualquiera podía acceder de manera gratuita y ordenar en listas propias. Para sus fundadores, tres estudiantes de la Universidad de Florida, -Sam Tarantino, Josh Greenberg y el colombiano Andres Barreto- su emprendimiento no constituía piratería porque el corazón de su servicio era permitir a los usuarios subir temas que ellos mismos tenían en sus computadoras personales para que otros los pudieran escuchar. Eran los ideales de una web en la que se comparten bienes, tal como cuando uno le presta a un amigo un CD que uno compró antes de manera legal. De este modo, pudieron sortear obstáculos y demandas por varios años.

La denuncia de Universal –a la que se le sumaron al mes siguiente otros dos gigantes, Sony Music y Warner Music Group- dejó una mancha en Grooveshark que todos los jugadores involucrados comprendieron de inmediato. Apple y Google quitaron la app móvil de las tiendas digitales iTunes y Play y, para mediados de 2012, el servicio había perdido más de 15 millones de usuarios y debió reducir su planta de empleados a la mitad. Luego de varias idas y vueltas, en septiembre de 2014 el juez de la causa -nada menos que nuestro viejo y conocido Thomas Griesa- determinó que la analogía con el préstamo de CD era errónea: los ejecutivos habían animado a sus empleados a subir temas populares o que habían sido eliminados previamente por problemas de copyright. En ese panorama, la compañía fue intimada a pagar un promedio de 150 mil dólares por cada canción con copyright en sus servidores. Acorralados, los dueños de Grooveshark decidieron cerrar de improvisto sus puertas el 30 de abril pasado, con una modesta carta de despedida en la que pidieron disculpas por los errores cometidos en el pasado y urgían a sus usuarios a utilizar servicios legales, como Spotify, Deezer, Google Play o Beats Music.

Pero tampoco todos están felices con el modelo vigente de música por streaming. La actual reina del pop, Taylor Swift -única artista que logró vender más de un millón de copias en 2014- eliminó sus canciones de todos los sitios y se opuso a la oferta actual. “Spotify perpetua la idea de que la música no tiene valor y debe ser gratis, algo con lo que no estoy de acuerdo. Siento que es un experimento que no compensa justamente a los compositores, productores, artistas y creadores de música”, aseguró. Así, en el pico de su carrera, adoptó una medida impopular que obligó a sus fanáticos a comprar sus discos –ya sea en formato físico o digital- para escucharla, sin opciones de streaming gratuitas. Algo parecido había dicho Beck en su última visita a la Argentina: “Lo que me paga Spotify no me alcanza siquiera para pagarles a los músicos que tocan conmigo ni a la gente que trabaja en los discos. El modelo todavía no funciona, así que tendremos que imaginar modos en que la gente nos ayude a hacer discos gratis o que cobre mucho menos. Pero del modo en que es ahora no funciona”.

La jugada final

Swift fue la primera en pegarle a Spotify, pero no la única. En abril se reunieron frente a una decena de fotógrafos Madonna, Rihanna, Daft Punk, Kanye West, Alicia Keys, Nicki Minaj y Beyoncé. La excusa no era el lanzamiento de una canción, un festival sorpresa ni un emprendimiento solidario. Las superestrellas habían sido convocadas por Jay Z, el rapero devenido en exitoso empresario, para apoyar a Tidal, un nuevo servicio de música por streaming. El músico había adquirido la startup suiza a fines de 2014 por 56 millones y la moldeó a su gusto, para hacerla debutar en los Estados Unidos como el primer sitio “liderado por músicos y no por empresarios”. Gracias a su contactos puso en un mismo escenario a todos estos referentes –a los que también se unieron los rockeros Coldplay, Arcade Fire y Jack White, entre otros- y los hizo firmar un acta de principios, en la que reafirmaron su independencia artística.

“El objetivo de Tidal es mantener una industria que promueva la salud y la sustentabilidad de nuestro arte y nuestra industria en todo el mundo”, aseguró Alicia Keys antes de rubricar el papel frente a los flashes. Jay Z, por su parte, explicó que para él este nuevo sitio de streaming será “como un salón creativo en el que se puede experimentar, haciendo cosas como canciones de 18 minutos de duración o lo que quieran. Esto puede sonar un poco loco, pero quiero que esta plataforma permita que el arte florezca”. Como si hubiese estado ensayado, el resto de las declaraciones mantuvo el mismo tono, con algunos de los músicos más poderosos del mundo rescatando la libertad de acción que a partir de ahora tendrían, mientras tuiteaban felices y subían fotos a sus cuentas de Instagram.

Cuando los fotógrafos se fueron y el humo se disipó, Tidal comenzó a mostrar su verdadera cara. El flamante servicio promete mejor calidad en las canciones –con un sonido superior al de un CD- y materiales exclusivos, todo a cambio de una cuota mensual de 20 dólares, más del doble de lo que cuesta la versión premium de Spotify. Las críticas no tardaron en aparecer: por un lado, sólo se puede escuchar mejor si uno cuenta con parlantes o auriculares de calidad; por otro, los contenidos eran escasos y de dudoso valor, como una película de Daft Punk que también se podía ver en YouTube y un videoclip de Beyoncé grabado de forma casera con una balada al piano. “¿Quiénes se creen que son? ¿Los fuckin’ Avengers?”, declaró con su particular estilo Noel Gallagher. “Quizá ellos no se dieron cuenta, pero en ese escenario todos parecían ser los minions de Jay Z”, explicó el ex Oasis.

¿Podrá un modelo como Tidal derrocar a Spotify y servicios similares con música gratuita a cambio de publicidad? Las chances son muy bajas. Es quizá por eso que ya están en marcha otras estrategias menos glamorosas. El rumor que corre es que Apple está presionando para que los sellos discográficos no renueven su vínculo con el servicio de streaming sueco si no cede y abandona su opción gratuita. La empresa de Tim Cook está a punto de presentar su propio servicio y quiere eliminar toda competencia gratuita. También le apuntó a YouTube y habría logrado que Universal Music no renueve su contrato con la plataforma de videos de Google, una opción que muchos utilizan para escuchar música en computadoras de escritorio. Tanto el Departamento de Justicia de Estados Unidos como la comisión reguladora de la competencia de la Unión Europea dieron crédito al rumor y ya están analizando su veracidad, dispuestos a comprobar si las maniobras constituyen un delito.

Algo parece claro: la guerra entre la industria musical e Internet está lejos de lograr la paz.