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Wine News

Dieter Meier

Artista, millonario y productor de los mejores vinos orgánicos del mundo

Por Rodolfo Reich
Fotos: Gonzalo Alvariñas

Pelo largo, canoso, peinado hacia atrás. Saco abierto y pañuelo al cuello. Canchero, sin exagerar. Así nos recibe Dieter Meier en Palermo, en una casona donde -junto al chef Gonzalo Bazterrica- armó un espacio para agasajar clientes y amigos. Con sólo verlo, se adivinan ciertas conclusiones. Que es extranjero; también que no es un empresario estándar. Sus gestos y su presencia tienen algo de bohemio, de excéntrico. Y repasando su biografía estos juicios se validan. Dieter Meier es considerado por muchos como el padrino de la música electrónico. Antes de que existan los samplers, él ya era parte del dúo Yello, junto a su eterno socio, Boris Blank. “Hacíamos sampleos cuando aún no eran digitalmente posible, bajo la premisa de expresarnos mediante los sonidos”. Su socio estaba a cargo de estos juegos electrónicos; Meier, de componer las canciones y hacer los videos. Mal no les fue: Yello lleva vendidos más de 14 millones de discos y aún sigue presentándose en vivo y lanzando nuevos álbumes. A la música, Dieter Meier -hijo de una de las grandes fortunas de Suiza- sumó facetas como artista plástico, cineasta y empresario. Tal vez no sea John Malkovich, pero sin dudas muchos quieren ser Dieter Meier.

¿Artista o empresario?
En mi mirada, un artista debe explorar nuevos territorios, ir siempre más allá. Y lo mismo puede decirse de un emprendedor. No veo muchas diferencias en ambos campos. La respuesta es ambos.

Como artista, su currículum es público. ¿Qué hace como empresario?
Provengo de una familia con varios negocios en Suiza. A esto sumé una marca de relojes, hace poco vendí una empresa de tecnología musical con sede en los Estados Unidos, y estoy comenzando a plantar unos viñedos en el Piamonte. Y, claro, estoy en la Argentina, con un gran proyecto orgánico. Aquí vine por primera vez en 1973, cuando estaba la viuda de Perón. Querían nacionalizar los ferrocarriles. Mi padre trabajaba en la empresa que tenía los ferrocarriles y vinimos para convencerlos de no hacerlo. Yo escribí el discurso que iba a leer mi padre. Era joven, tenía pelo largo, pera para esa ocasión me vestí como empresario.

¿Por qué eligió la Argentina?
Me encanta este país. Y no tengo dudas de que es el mejor lugar en el mundo para pensar un proyecto orgánico. Como dije, vine por primera vez en 1973. Ya entonces vi las posibilidades que tenía este país, pero tardé otros veinte años en poder llevar a cabo mis ideas. Volví en 1996 y compré unas hectáreas cerca de Balcarce, donde armé la granja Ojo de Agua. Allí tenemos ganado vacuno orgánico. Luego, en 2001 compré una finca en Luján de Cuyo, con la marca Ojo de Vino, y ahora estamos sumando proyectos en el Valle Medio de Río Negro (queremos producir avellanas para Ferrero Rocher) y en Cafayate. En lo que respecta al ganado, es increíble. Acá las vacas pueden comer pasto, no como en Europa, Brasil o los Estados Unidos. Así, para tener mil vacas sólo precisás mil hectáreas y un gaucho. Y el ganado alimentado a pasto es mucho más sabroso. Los consumidores se están dando cuenta de esto. La carne de los Estados Unidos podrá ser tierna, pero es sosa. La de acá es muy superior y también mucho más sana que las de feedlot.

¿Y respecto a los vinos?
Con los vinos es aún mejor. En Mendoza prácticamente no llueve nunca. Las plantas reciben el riego de los ríos de deshielo. Es decir, tienen el agua que precisan sin los problemas que causa la humedad, los hongos y las bacterias. En Europa esto es imposible. Allá, los que hacen vinos orgánicos están obligados a cosechar muy rápidamente, para evitar enfermedades. Y así sus vinos no tienen calidad. En la Argentina es lo opuesto. De aquí obtendremos el mejor vino orgánico del mundo. Este es un país increíble, bendecido para la agricultura. Y si no estuviese todo este tema de las retenciones, y ahora la suba de impuestos, podríamos tener además muy buenos resultados económicos… Igual, creo que hay un futuro fantástico para este país. Y no son sólo palabras.

En este contexto de crisis mundial, ¿hay mercados que paguen un extra por vinos orgánicos?
Sí. Nosotros empezamos hace sólo cuatro años, y ya vendemos 600.000 botellas a Suiza, Suecia, Noruega, Canadá y los Estados Unidos. Nos fue tan bien que ahora estoy construyendo la bodega. Hay mucha gente que quiere productos orgánicos, sólo que también exigen calidad. Ser orgánico te abre la puerta, luego tenés que cumplir con la exigencia de calidad para seguir creciendo. Es lo que nos pasa a nosotros.

Hoy está de moda la biodinamia, que incluye el cultivo orgánico entre sus postulados. ¿Cómo ve ese tema?
Algunas cosas de la biodinamia están bien, se las entiende racionalmente. Pero el resto, lo de los cuernos y eso, es muy esotérico. No lo puedo seguir.

¿Ser famoso también abre puertas?
Sí, pero a su vez es una amenaza: si sos famoso hay muchas personas que están esperando para demolerte. Para decir: “Mirá, ahora Dieter también quiere hacer vinos”. Lo único duradero es lograr una alta calidad. Yo podría haber sacado un vino muy caro, para vender a los conocidos. Pero hice al revés: me puse como objetivo hacer un vino de precio razonable con un producto frutado, jugoso, rico. Recién ahora estamos empezando con los vinos top.

¿Quién está a cargo de la enología?
Trabajábamos con un asesor de afuera y un enólogo local en el día a día. Ahora está a cargo Marcelo Peleritti, un genio, que no sólo es winemaker sino un músico de rock&roll, y que en este viaje me mostró unas microvinificaciones que está haciendo en barricas. La calidad a la que llega es fantástica. Nosotros ya logramos vinos con 91 puntos de Parker. Ahora que probé esto, estoy seguro de que llegaremos a los 98 puntos.

Volvamos a la música: ¿en qué anda hoy Yello?
Ya somos algo viejos para la industria, pero nos sigue yendo bien. En 2011 sacamos nuestro último álbum, y estamos ahora trabajando en un nuevo. El gran problema es el negocio de la música, que está en crisis. Con esto de los derechos en Internet, todos roban las canciones. Hoy un músico, y peor aún, los escritores, no pueden sobrevivir. Para colmo, hay gente que lo defiende, que habla de una “democratización de la red”. Pero si todo es gratis, es imposible de hacer.

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