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Cine y Series

Desesperación minuto a minuto

Ricardo Darín vuelve a la pantalla grande con un thriller que contagia tensión.

Por Gisela Etlis

 

Como la vida misma, pero guionada. El miedo, la desesperación, el aumento de las pulsaciones, la transpiración, la culpa y la ansiedad, conforman un cocktail que Ricardo Darín y su director en este suspenso, Patxi Amezcua (25 kilates), logran transmitir al público en su totalidad. Como en un cuento de Agatha Christie,  Séptimo te deja con la espina hasta el final.

Sebastián es un abogado que se codea con la corrupción argentina, uno que difiere al chanta de Carancho, al honesto de El secreto de sus ojos y al valiente y obsesivo de Tesis sobre un homicidio . Un canchero que se las sabe todas, aunque no es más que el empleado de un estudio legal poderoso, con un jefe que no lo deja en paz.

Recién separado de Delia, interpretada por la española Belén Rueda -una actriz de esas que con una mirada transmite un discurso- Sebastián va a buscar a sus hijos para llevarlos al colegio y, con algunas palabras seductoras, pareciera que intenta conciliar con la ex mujer a la que engañó, e impedir que se vuelva a España con los chicos.

En un juego inocente, los chicos insisten en bajar las escaleras desde su departamento, en el séptimo piso, hasta el hall de entrada, mientras su padre baja por el ascensor. A ver quién llega primero, como ya lo habían hecho decenas de veces. Pero los chicos no llegan, los chicos desaparecen.

En cada segundo que pasa, los niveles de tensión de Sebastián se elevan y el espectador puede sentir su angustia, aunque por momentos le echa la culpa al por no cuidar bien a sus hijos, y se solidariza con la madre, desesperada por saber dónde están. La paranoia y la confusión los une.

La mayor parte de la película transcurre en el edificio. El encargado (Luis Ziembrowsky), el vecino comisario (Osvaldo Santoro), todos son posibles culpables. Como en todo secuestro, la plata es lo que mide la vida de sus hijos, y Sebastián hará lo imposible para conseguirla.

Con un giro que sorprende, en la historia todo encaja como en un rompecabezas. Los gestos, la estructura, el guión de Amezcua y Alejo Falah, logran la impaciencia del público, pero no sólo por encontrar a los hijos de un matrimonio terminado, sino por descubrir qué es lo que esconden cada uno de los personajes. Si es que la desconfianza es una mera ilusión de la mente, o es que todos son cómplices de un mismo plan, el de jugar con la deseperación.

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