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Wine News

Del nicho al mainstream

Con ferias, series de tv y libros con historias ficticias o reales, el vino está abandonando su imagen de producto de elite, abriéndose a la masividad.

Por Oscar Finkelstein

Algo está pasando en el mundo del vino. Hablamos de esa bebida que, hace apenas treinta años, supo ser un emblema del consumo popular, superando los 90 litros por persona por año, pero que en el correr de las últimas dos décadas se fue convirtiendo en un producto de lujo. De aquellos 90 litros hoy se consumen unos 30, siguiendo de cerca el precepto de calidad sobre cantidad. De un lado de la balanza desapareció la damajuana, disminuyó drásticamente el vino de tetrabrick, mientras que del otro lado aparecieron los vinos súper premium y las etiquetas de varios cientos de pesos, comenzaron a reinar los varietales y el propio lenguaje del vino se complejizó. Vale la pena remarcarlo: no se trató de un simple cambio en el mercado, sino -mucho más trascendental- fue una revolución cultural. El vino abandonó al -las comillas se hacen necesarias- “pueblo” para seducir a una elite. Pero esto podría estar, hoy mismo, cambiando. Si bien es muy posible que los 90 litros por persona ya nunca más vuelvan, hay ciertos indicios de que el vino quiere recuperar su masividad.

Nuevamente, no hablamos aquí de cantidad: hoy es impensable un mercado como el de los años 70. Hablamos de cultura. El vino está, de a poco, corriéndose del nicho, para hablar cara a cara con el mainstream.

De ferias y de libros
El constante crecimiento de la cultura del vino en la Argentina en las últimas dos décadas, con proliferación de bodegas, multiplicación de etiquetas, catas, degustaciones, cursos y carreras de sommelier, periodistas especializados, vinotecas, nuevas zonas de plantación y producción, aumento exponencial de la exportación, apertura de nuevos mercados externos, turismo temático, premios por doquier y otros logros por el estilo, no lograrán jamás un mercado interno masivo como el que tuvo el vino de mesa hasta la década del 70. Pero el nicho hoy poderoso con el que se nutre la actividad parece a punto de explotar como tal, provocando un derrame que corre las fronteras de los grupos reducidos de cultores del buen beber. A tono con los tiempos, el vino quiere llegar a todos y a todas. Los ejemplos en este sentido abundan; tal vez el último sea la reciente celebración simultánea en 60 ciudades del Día Mundial del Malbec (la cepa insignia de la viticultura nacional) que tuvo en Buenos Aires una versión dirigida particularmente a jóvenes de 25 a 35 años, el Malbec Making Noise, en El Dorrego, con la participación de Djs, el grupo de tango electrónico Tanghetto y la clara intención de ampliar la base de consumidores reduciendo el piso etario.

De no vislumbrarse la posibilidad de que el vino está efectivamente en condiciones de formar parte del mainstream del consumo y de la cultura diaria, esta tendencia no hubiera siquiera asomado sus narices. El súper best seller de la Historia Nacional, Felipe Pigna, por ejemplo, no hubiese escrito Al gran pueblo argentino salud. Una historia del vino, la bebida nacional (Planeta), el más reciente de los libros dedicados al vino local y sus circunstancias. Pigna repasa en ese volúmen casi cinco siglos de una actividad con notorios altibajos, desde las primeras “plantas de viña” traídas de Chile en 1557 y cultivadas ¡en Santiago del Estero! (luego habría plantaciones en La Rioja, Córdoba, Santa Fe y Salta y se estima que recién en 1561 en Mendoza) hasta la sanción el año pasado de la ley 26.870 de desarrollo, difusión y promoción del vino argentino, cuyo antecedente había sido el decreto del año del Bicentenario que lo declaró bebida nacional por ser “un elemento básico de la identidad argentina”. Después de recorrer minuciosamente el periplo histórico del vino, Pigna se detiene especialmente en el sustancial bajón de consumo interno (de 92 litros per cápita en 1970 a 39 litros en 1999), como consecuencia de crisis económicas y también por el aumento en el consumo de cerveza y gaseosas por parte de las nuevas generaciones, y en la reconversión de la industria, “de la cantidad a la calidad”, como estrategia para remontar la caída.

De la historia a las historias
Pigna no es el único que arremetió con la historia del vino: también lo hizo hace unos meses Pablo Lacoste con su Vinos de capa y espada (Antucura), en el que el historiador mendocino bucea en los tres primeros siglos de la actividad en la zona de Cuyo, dejando en claro que la vitivinicultura -además de ser considerada como la primera industria del país- tiene una raíz esencialmente criolla, ya que es muy anterior a las grandes oleadas inmigratorias iniciadas a mediados del siglo XIX. Lacoste, que en la misma editorial publicó La mujer y el vino, parte de un tal Juan de Puebla, quien en 1648 y con el aporte de fondos del sargento mayor Francisco Álvarez de Toledo, adquiere “seis carretas con cargas de vino con veinte botijas cada una y sus ocho bueyes, los cuales no se venderán ni pasarán a poderío ajeno sino es para efecto de dicho pago”, dando inicio así a un negocio familiar de enorme éxito. El libro abunda en el rol de la Iglesia en el desarrollo de la viticultura en la región, en anécdotas sobre personajes clave de nuestra historia, como San Martín y Sarmiento, y en un muy bien documentado estudio sobre la evolución de la actividad.
Mucho más acá en el tiempo, pero no en el espacio, la socióloga y periodista mendocina María Josefina Cerutti se ocupa en Ni ebrias ni dormidas. Las mujeres en la ruta del vino (Planeta) de reseñar la relación entre las unas y el otro. Una relación que, sea por el glamour que se otorgan mutuamente o por las acciones de marketing focalizadas en ellas, es uno de los rasgos más salientes de la cultura del vino en busca de la corriente principal de consumo. Cerutti, a contramano de lo que dice por ejemplo el filósofo español Manuel Vicent (“el champagne es un vino con bolitas que los franceses inventaron para que las mujeres pudieran beberlo en público y que los hombres pensaran que eran alegres, pero no putas”), y desde su perspectiva de género, va más allá y habla en nombre de muchas. Dice: “El lugar que ocupamos hoy es muy diferente del que tuvimos durante siglos. Se nos prohibió el placer del consumo de vino, entre otros tantos placeres, a partir del momento en que la sociedad patriarcal se instala definitivamente en los cuerpos (…) Estamos convencidas de que una copa de vino nos ayuda a salir de la rutina. Hace demasiado tiempo que aceptamos que nos digan qué hacer. Cómo y de quién enamorarnos, cómo vestirnos, hablar o hacer el amor (…) en los viñedos desde tiempos inmemoriales. Cosechamos, embotellamos, también hacemos vino en casa. Dirigimos bodegas, diseñamos campañas y somos protagonistas de las propagandas. Cocinamos con vino. También tomamos, nos ponemos alegres, preparamos cenas para nuestros acompañantes, maridos o amantes, sabiendo que el vino será fundamental para soltar la cabeza, el corazón y los labios”.

En una línea afín se inscribe la serie Ana y el vino, producida por Contenidos Digitales Abiertos (CDA) en el marco del plan de fomento Series de Ficción Federal de TDA y el INCAA, lo que demostraría que, en algún sentido, el vino es una cuestión de Estado. Protagonizada por Bernarda Pagés y Juan Palomino, cuenta la historia de Ana, una mujer de cuarenta años dedicada a las finanzas, que tras la muerte de su padre hereda una antigua casona en la zona más rica de viñedos de Mendoza, su ciudad natal. Ana dejó Mendoza de muy chica y nunca volvió a ver la finca, ni a su padre. Su vida transcurre en Buenos Aires hasta que, después de un fracaso sentimental, viaja a Mendoza con la intención de vender la finca, pero se reencuentra con sus orígenes, y sus planes se modifican. 

En sintonía con la historia de Ana, e inscrito en el género “basado en hechos reales”, Mitos y leyendas del vino argentino (Aguilar), de la periodista mendocina Natalia Páez, fue uno de los libros pioneros en hablar del vino desde una perspectiva “no vitivinícola”. Aquí, los relatos revisan, de manera singular, el derrotero del vino como industria y, especialmente, como cultura. Pero también marcan un regreso a sus orígenes, literalmente: “Me encontré en un lugar distinto del que había conocido a los 5 años, y al que hasta ahora no había regresado. El pueblo estaba completamente cambiado: cercado por rutas enológicas, salpicado en sus alrededores por hoteles de vino, wine lodges, maravillas de la arquitectura bodeguera. Y miles de sedientos turistas”.

Lejos de la ficción, en Más allá del Malbec. Conversaciones sobre vino sin dogmas (Sudamericana), el crítico de cine Eduardo “Quintín” Antín y el sommelier Andrés Rosberg discurren sobre cepas, terroirs, cata, regiones vitícolas, marketing, mitos urbanos y rurales y otros asuntos en torno al vino, en un diálogo en el que Quintín la juega de “amateur impertinente” y Rosberg de “sommelier obsesivo”, aunque también se toma su tiempo para la reflexión de alta gama: “El vino conjura el tedio de lo mundano, nos eleva un poquito hacia lo celeste”. Haya sido o no su intención, es buen manual para iniciarse, e incluso para continuarse, en el disfrute de la ahora bebida nacional, relativizando algunas presuntas verdades largamente repetidas y aportando conceptos esenciales para que el consumidor incipiente -es decir, aquel que integra el ansiado mainstream- no se vuelva loco buscando las notas de frutos rojos que, según tantas contraetiquetas, debería hallar. Dice Rosberg: “El mismo vino sabe diferente según la botella de la que se trate, la temperatura a la que se sirve, la temperatura a la que se bebe -que va cambiando dentro de la copa-, el momento de la crianza en que se abre, el plato con el que se sirve, el tiempo y la superficie total de vino que haya estado en contacto con el oxígeno, si fue decantada o no, etcétera. Esto, además de que la apreciación es subjetiva también, hace que las variables en juego sean varias al mismo tiempo”.

A fin de cuentas, se trata de vino. Ni más, ni menos. Una bebida noble, tal vez el único producto realmente de lujo que se elabore íntegramente en la Argentina. Pero también una excusa para el brindis, para el encuentro, para pasarla bien. Del nicho al mainstream hay un trecho. Y el vino lo está hoy recorriendo.

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