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Territorios

Dejar huella

Cada grupo de alimentos tiene su costo ecológico. Conocé de qué manera modificar tus hábitos a la hora de comer puede hacer la diferencia.

Por Denise Destéfano

El viejo latiguillo de madre que exige comer toda la comida del plato porque “hay chicos en África que se mueren de hambre” se actualiza. Hasta el Papa habla de que con lo que se tira se podría terminar con el hambre en el mundo. Y esta campaña en contra del desperdicio resulta, por supuesto, a favor del ambiente.

Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), cada persona derrocha hasta 115 kilos de comida por año. Y de esta manera desperdicia el agua, la energía, la mano de obra y todo lo que el proceso haya requerido desde la extracción de la materia prima, pasando por su elaboración y distribución hasta la venta.

Al costo que tiene en el ambiente la producción y el desperdicio de cada uno de los alimentos se le llama hoy huella alimentaria, un concepto que surge de una investigación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP), FAO y otras organizaciones presentada en el Congreso Internacional Save Food! en 2011, realizado en Düsseldorf, Alemania.

“Se considera huella alimentaria a todos los recursos que lleva cada alimento: el agua, la energía que se utilizó, el suelo, la mano de obra”, explicó Silvina Ferreyra, encargada de Comunicaciones y Gestión del Conocimiento de FAO en la Argentina.

Según la FAO, producir un tomate consume trece litros de agua mientras que un bife requiere 7.000 litros. El impacto de cada alimento medido en gases de efecto invernadero también varía notablemente por diferentes razones.

El peso de la huella de los vegetales representa los grandes volúmenes que se pierden o desperdician, mientras que la carne tiene un valor alto debido a las prácticas que se emplean para producirla. Aún así, según la FAO, un quinto de la producción global de carne (que es de 263 millones de toneladas por año) se tira. Eso equivale a desperdiciar unos 75 millones de vacas.

La huella de un alimento también varía dependiendo de dónde se produzca, el terreno que requiera y otros factores. Pero además de los insumos y la estela de contaminación que deja la manufactura de comida, el gran pecado ecológico es el desperdicio.

Contra toda austeridad

“Cuando se desperdician alimentos que están en perfecto estado para ser consumidos, estás ampliando la huella alimentaria sin consumir ese alimento. También cuando consumís más de lo que necesitás”, precisó Ferreyra, aludiendo a otros grandes males en el mundo como son la malnutrición y la obesidad.

Cada año, el desperdicio de alimentos es responsable por 3.300 millones de toneladas de gases de efecto invernadero en la atmósfera del planeta y pérdidas por 750.000 millones de dólares, según los cálculos de esta organización.

Mientras hay 842 millones de personas que se mueren de hambre, se tira en el mundo un tercio de lo que se produce: 1.300 millones de toneladas anuales, lo que le daría de comer a 200 millones de personas si se utilizara bien ese alimento”, graficó.

Se habla de pérdida de alimentos cuando se desaprovechan en los primeros eslabones de la cadena de producción por falta de conocimiento, por una infraestructura o logística pobres o por fallas tecnológicas.

“En la Argentina, por ejemplo, tenemos un problema zanjado que son las bolsas silo, que evitan la pérdida poscosecha. No pasa eso en otras partes del mundo, como en la India, donde se sigue embolsando en bolsa de arpillera y se pierde el 30% del grano”, comentó Ferreyra.

El concepto de desperdicio, en cambio, refleja una acción del consumidor al final de la cadena. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y el Área Metropolitana (AMBA) los desechos alimenticios representan el mayor porcentaje de residuos, según un estudio sobre la composición de los Residuos Sólidos Urbanos (RSU) realizados por el Instituto de Ingeniería Sanitaria de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires en convenio con la Coordinación Ecológica Metropolitana (Ceamse) de 2011.

Del total de los RSU, los alimentos conforman el 41,55% en la CABA y el 37,65% en el AMBA, seguidos por los plásticos, papeles y cartones, que se ubican por debajo del 18%. Esto significa que entre 200 y 250 toneladas de comida terminan en la basura por día, cuando podría ser aprovechada.

A nivel mundial, según datos de la FAO, lo que más se pierde en el mundo son las frutas y verduras: aproximadamente un 45%, siendo la papa el vegetal que más se desperdicia. Un 30% de los cereales se tiran, así como otro 30% de los pescados y productos marinos, un 20% de lácteos y otro 20% de carnes vacunas.

A su vez, los mayores contribuyentes en la huella de carbono producida por el desperdicio son los cereales (34%), la carne (21%) y los vegetales (21%), según la misma organización. Los productos de origen animal suman un 33%. De acuerdo con Save Food!, tirar media hamburguesa genera el impacto ambiental equivalente a tomar una ducha de sesenta minutos.

Al rescate

Se puede reducir la huella alimentaria de un país interviniendo en las diferentes etapas de la industria de alimentos, con buenas prácticas agrícolas y de producción, invirtiendo en infraestructura, transporte y envasado, generando conciencia en los trabajadores y los consumidores sobre la pérdida de los alimentos y dándole un nuevo destino a los descartes.

“Lo que se hace a nivel nacional es apoyar las iniciativas internacionales, como la de la FAO”, indicó Mariana Brkic, quien forma parte del equipo de Nutrición y Educación Alimentaria de la Dirección de Agroalimentos del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación.

En este momento, la Dirección, la representación argentina de la FAO y la Red Argentina de Bancos de Alimentos están impulsando la iniciativa Piensa-Aliméntate-Ahorra, creando un marco de trabajo para las empresas y productores que quieran reducir los desperdicios y las pérdidas de alimentos. Algunas que ya se anotaron son Molinos, Arcor y Unilever.

“La verdad es que con el tema de la crisis en la Argentina las empresas empiezan a hacer producciones mucho más conscientes”, reconoció María Victoria Ancarola, directora ejecutiva de la Red Argentina de Bancos de Alimentos.

En este sentido, los bancos de alimentos en nuestro país vienen contribuyendo desde mucho antes de que se hablara de huella alimentaria. Surgidos en 2001 producto de la crisis, dan una respuesta inmediata y efectiva a las personas que no tienen qué comer.

“El Banco de Alimentos rescata todos los alimentos que salen de la cadena comercial cuando están próximos a vencerse, o está mal el packaging o cuando están fuera de temporada, por ejemplo”, relató Ancarola. Sólo el año pasado la Red distribuyó más de 7.600.000 kilos de comida a unas 1.500 organizaciones, entre comedores, hogares de niños o ancianos y otras, que beneficiaron a cerca de 230.000 personas.

La Red, además, persigue la educación nutricional de los beneficiarios. Con esto en mente, desde hace cuatro años visitan los mercados concentradores al final del día y pasan por los distintos puestos recuperando las frutas y verduras que los productores no pudieron vender. Ya llevan entregados más de 4,5 millones de kilos a comedores, acompañados de talleres y capacitaciones.

“Lo bueno de la Argentina es que este valor lo tenemos en nuestro ADN porque nosotros descendemos de los barcos y antes no se tiraba nada. Después, por algunos cambios en las costumbres alimentarias, empezó a haber problemas de desperdicio”, reflexionó Ferreyra.

Brkic coincidió en señalar que las organizaciones sociales aprovechan muy bien los alimentos, por necesidad, y conocen varias formas de recuperarlos. Esto se traslada también al consumidor medio en tiempos de bolsillos flacos. Y que, por uno u otro motivo, la noción está cada vez más presente en las empresas.

“Esto es volver a lo básico, volver a esa cultura de que la comida no se tira. Es prestar más atención a lo que estamos haciendo y consumir un poco mejor”, resumió Brkic.

“En definitiva, la idea es dejar de ser una sociedad lineal que desperdicia, que gasta, que consume, que derrocha, que despilfarra, para convertirnos en una sociedad circular que recicla, reutiliza y reduce”, dijo, por su parte, Ferreyra. Lo que se dice: aspirar a un mundo con panza llena y corazón consciente.

 Cómo reducir tu huella alimentaria

. Planificá tus comidas
. Hacé una lista antes de ir al súper para evitar la compra compulsiva
. Comprá las frutas y verduras “feas”; es decir: en buen estado pero no tan atractivas por su tamaño o color
. Ubicá los alimentos próximos a vencer más a mano en la heladera y en las alacenas
. Consumí todo lo que está en la heladera y las alacenas antes de volver a comprar
. Aprovechá las sobras para la comida del día siguiente o freezalas para más adelante
. Servite porciones adecuadas y en los restaurantes preferí las medias porciones. Si sobra, pedí una doggie bag.

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