Publicidad Bajar al sitio
Música

De otro planeta

Con el Planetario como marco, la banda escosesa Franz Ferdinand se presentó nuevamente en Buenos Aires

Por Clarisa Pobliti

“Llevemos el mate” había insistido Veri. Íbamos a ver a Franz Ferdinand por segunda vez: la primera había sido en el Luna Park en 2010, años después de que varias bandas indie inglesas y estadounidenses comenzaran a hacerse populares internacionalmente. Pero esta vez el recital prometía un público familiar. Apenas había algún que otro chico de aspecto british tipo “vengo al recital”, lo que no negaba, claro, que el pibe estuviese o fuese parte de, en efecto una familia, en fin.

Me tocaba el turno de dar la entrada al tipo de la puerta improvisada cuando un sacado entusiasta me empuja al grito “dale, correte tarada”. Es que había empezado Major Lazer. Ya instaladas, cada tanto me acercaba al escenario para ver este espectáculo, mate en mano, para demostrar a un hipotético espectador mi desaprobación -acaso hasta casi gauchesca- ante el show de dubstep: es que Bailando por un Sueño –o acaso Capusotto– no era nada en comparación al conjunto compuesto por un DJ, más un agitador con micrófono, más un tipo con banderas –Jillonaire- más cuatro hembras bailando en éxtasis. Era mucha información y muy americana. A su lado, Snoop Dog es un señorito ingles. Y Kurt Cobain, ¡pobre Kurt!, los “Major” hicieron un uso bastante horrible de Smells Like a Teen Spirit. En todo caso, Drop It Like Is Hot hubiera tenido mas sentido.

Al fin comenzó Franz Ferdinand y volvió la fe. Profesionales y simpatiquísimos dieron una fiesta de hora y media en la que tocaron sus hits. El primer pogo -pogo correcto- fue con The Dark of The Matinee y presentaron las canciones de un nuevo disco, entre ellas Right Thoughts! Right Words! Right Action! y la juguetona Trees & Animals. Los temas se sucedieron en un mismo clima de genuina energía. El público, encantado con los escoceses.

Hacia el final, todos tocaron la batería de Thomson. Fue un gran momento. Una chica del público demostró su encantamiento a Kapranos, el Ian Curtis de la felicidad, pasando la valla y abrazándolo. Él respondió. Las chicas en el público, celosas y enloquecidas. El ídolo, –triplicado por las pantallas en blanco y negro, a lo retro- era de verdad.

×