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Viajero Bacanal

De noche por Moscú

Bares ocultos, distritos de diseño, un metro que cuenta la historia de un siglo. Recorrimos la capital rusa para descubrir una ciudad nocturna fascinante.

Por Martín Auzmendi

Hay ciudades que se descubren al recorrerlas. Y hay ciudades que se caminan sobre la historia que ellas tienen en uno. Ciudades que se han leído en novelas, vivido en historias, imaginado en cuentos y encontrado en pinturas, esculturas y películas. Ciudades en las que contrasta la imagen que uno se creó con la que va encontrando en el camino. Si esa ciudad es lejana, el contraste es grande; si esa ciudad se ha transformado en poco tiempo, el contraste es aún mayor. Y si esa ciudad se recorre de noche y  por sus bares, la experiencia es onírica. Entre los edificios de la época zarista, los bares subterráneos, el metro y sus postales de la historia soviética del siglo XX, los jóvenes que miran a occidente en un pueblo que se siente orgulloso, aún guerrero y poderoso, se desnuda una ciudad granítica, pujante y erguida entre su pasado legendario y su presente de potencia.

UNA CIUDAD DE OTRO MUNDO
La primera impresión de la capital rusa es la de una ciudad áspera, inabarcable y árida. Y a la vez, como si una ciudad nueva aún estuviera emergiendo desde la antigua capital soviética. Luces, colores y torres vanguardistas se abren paso entre moles grises racionalistas y antiguos edificios de la época zarista.

Entender la ciudad en un mapa no es difícil: hay círculos concéntricos que van delimitando las áreas y señalando las grandes vías de comunicación. Según dicen, cuanto más lejos del centro, mayor es el peligro. Casi todos los lugares que cualquier turista visita están en una zona en la que se puede caminar de noche, aunque casi no se vea gente que lo hace. Uno de los mayores círculos está formado por una autovía (Moscow Ring Road en inglés) llena de autos cada día casi a toda hora. La ciudad está desbordada de vehículos. Sobre esa autopista está el predio donde se realizó el Moscow Bar Show (MBS) -la excusa del viaje-, junto a otro centro de exposiciones llamado Vegas y anunciado con un cartel de luces brillantes. “¿Es un Casino?” -es la pregunta a una de las guías en el MBS-. “No hay Casinos, Putin los prohibió hace unos años”, es la respuesta. La anécdota muestra el poder y su lógica en un país en el que la figura de Vladimir es ya uno de los principales iconos en las tiendas de memorabilia. En el camino se ven centros comerciales y carteles de marcas, principalmente italianas y de moda, pero también de autos o perfumes.

Desde la ubicación del centro de exposiciones donde se realiza el MBS, la ciudad podría ser cualquier otra. Casi no hay señales locales, referencias autóctonas que te devuelvan a la Rusia que uno imagina. Esa ciudad se descubre dentro del primer anillo, entrando al Kremlin, rodeando la Plaza Roja o en la zona de la vieja fábrica de chocolate Krasni Oktiabr (Octubre Rojo) junto al río Moscova y frente al monumento a Pedro el Grande, hoy convertida en polo de productoras, tiendas de diseño y bares. Junto a la vieja fábrica construida de ladrillos rojos y frente al Monumento a Pedro el Grande está el bar Bruce Lee, un reducto oculto y subterráneo donde bartenders de tiradores y moño invitan brindis con Tequila, preparan cócteles con Mezcal, Gin ultra premium y abren botellas de Champagne. La noche borra aún más las referencias.

MoscuDos ciudades en un mismo tiempo
Cualquier visita a Moscú tiene que llevarte a la plaza roja, el Kremlin o al Bolshoi, iconos que parecen congelados en su historia. “¿A qué fueron al mausoleo de Lenin? Eso es viejo”, dice una joven rubia. Y dice “viejo” como quien habla de algo que le enseñaron en la escuela y ya no sabe para qué sirve. Lenin descansa con un puño cerrado mientras viejos rusos de todo el país y turistas de todo el mundo pasan unos segundos frente a él rodeados de militares de trajes plomizos. Junto a la plaza, uno de los mayores centros comerciales ofrece una imponente variedad de productos locales e importados, desde peces curados o ahumados hasta colecciones de whiskies escoceses o de Armagnac francés de añadas que llegan a la década del 40. La plata de la nueva Rusia pesa, aunque todo parezca frío dentro de las tiendas, aunque nadie parezca querer ofrecer nada.

Desde la Plaza Roja se puede caminar por Stari Arbat, calle construida en el siglo XIV y hoy convertida en un paseo peatonal lleno de tiendas comerciales que ofrecen viejos trajes soviéticos, remeras con la imagen de Putin o Yuri Gagarin, gorros de piel, madroshkas o samovares.

Si Moscú parece a veces dos ciudades que conviven, cuando uno baja al Metro queda una sola, la del siglo XX soviético lleno de imágenes alegóricas a la revolución, la industrialización del país y la alegría tras la victoria en la Segunda Guerra. La construcción de líneas y estaciones se inauguró en 1935 y fue acompañando la historia del país en el siglo pasado. Uno podría recorrer días enteros esa historia subterránea. Hoy se ven flamantes puertas metálicas listas para cerrar algunos de los túneles, parte de las medidas tomadas luego de los atentados de 2010 que son señal de un país en una guerra silenciosa.

La noche moscovita
Moscú no es una ciudad a la que uno vaya a comer o a descubrir su gastronomía, pero en pocos años fue creando un circuito de barras atractivo donde conviven los grandes bares en torres modernas u hoteles históricos, y pequeños lugares escondidos con aires de speakeasy. Dos tipos de lugares y un espíritu propio. En los dos extremos están el City Space & Lounge bar en el piso 34 del Swissotel, y el Chainaya, de Roman Milostivy, elegido por segundo año como uno de los mejores 50 bares del mundo. Roman en persona recibe a los visitantes en su bar, una antigua casa de té con paredes y mobiliario de madera con una barra mínima donde se pueden tomar tragos con té, ron, especias locales o single malts escoceses. Al ambiente secreto y lúgubre de Chainaya se contrapone el de Delicatessen, una gran cantina ubicada al fondo de un callejón comandada por el barman histórico Vyacheslav Lankin, donde hay una gran barra de madera habitada por bartenders que sacan cócteles como si despacharan cerveza. Otro bar que hay que conocer es Medeleev, un antro subterráneo precioso escondido al fondo de un Noodles Chinese Restaurant, en el que uno puede imaginar cruzándose a comerciantes del mercado negro, ex KGB o millonarios del petróleo junto a rubias vestidas en Milán y jóvenes amantes de los cócteles clásicos.


“Este lugar podría estar en Nueva York”, dice Scott, parte de The Bon Vivants y uno de los dueños del bar Thrick Dog de San Francisco, en la mesa del Saxon + Parole, un restaurante en el que si comes caracú, al final te sirven vodka sobre el centro ahuecado del hueso para que lo tomes desde ahí. La vida de la elite de la nueva Moscú intenta parecerse a la de las grandes capitales mundiales. En Main Bar uno se puede encontrar a Anastasia Gwak, joven bartender con años de experiencia, que cuenta sobre una ciudad que crece en su coctelería y recomienda descubrir también el Lawson Bar o el Aloha.


“Está lleno de chicos que quieren trabajar y no saben mucho, es la moda”, dice Dennis -que dejó las barras para ser embajador de Glenfiddich- con gesto de fastidio y desazón. Y en ese mix de amateurs y experimentados bartenders, la ciudad se mueve a un ritmo veloz, dinámico y vertiginoso, abriendo contradicciones y anunciando un futuro extraño.

Un circo para la coctelería
El Moscow Bar Show es un un circo luminoso armado dentro de un centro de exposiciones que convocó a bartenders de París, Singapur, San Francisco, Sudáfrica, Australia y Argentina, para hablar sobre el trabajo y la coctelería en sus países y regiones. Participaron también otros bartenders y figuras de la industria como Jared Brown y Anastasia Miller, Simone Caporale o Stanislav Vadrna, que preparaba cócteles con los whiskies japoneses de Nikka. El líder del proyecto es Andy Bishop, veterano de la movida de Manchester que participó en la realización de Bar Show en Londres antes de comenzar con su trabajo año a año en Moscú. Diageo con World Class, Brown Forman con Jack Daniels al frente, Vodkas de distintas partes de Rusia, libros norteamericanos traducidos, el redescubierto Polugar (el ancestro del Vodka) y cientos de bebidas que miles de jóvenes bartenders descubren, hacen de esta fiesta coctelera un circo luminoso y extraño.

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