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Cine y Series

Cuestión capilar

Una película sobre un chico obsesionado con alisar su pelo crespo abre una ventana a un cine latinoamericano diferente.

Por Sandra Martínez, especial desde Mar del Plata.

Otra joyita de la Competencia Internacional es la película de la directora venezolana Mariana Rondón que ya pasó con gran éxito por el festival de San Sebastián. Pelo malo cuenta la historia de Junior, un nene de nueve años cuya mayor obsesión es alisar su encrespada cabellera mulata para sacarse la foto escolar, desatando con sus extravagancias la ira de su madre, una viuda desempleada que debe hacerse cargo de dos niños en un peligroso barrio de monoblocks de Caracas.

“Empecé por cuestionar el amor de una madre. ¿Es un instinto o un deber incondicional?” explica la directora. Un tema en torno al que todavía existe mucho tabú y que Rondón trata con gran acierto, porque resulta desconsolador ver la falta de conexión entre esa mamá y su hijo. Aunque Junior es adorable, ella solo lo percibe como irritante y problemático. La fijación del chico con su pelo es sin dudas parte del proceso de creación y búsqueda de su identidad, y ella lo vive con rechazo, con algunos momentos culpa y otros de sincera preocupación por el futuro de esa frágil criatura que no encaja con sus ideas de lo que es correcto.  Choca también la diferencia entre la relación que tiene con su hijo menor, un bebé al que colma de mimos y risas-  y el extrañamiento al que somete al mayor.

La abuela, por otro lado, lo acepta tal como es, pero rebela su propia agenda cuando hace planes para hacerse cargo del nieto descarriado para asegurarse de que alguien la cuide en su vejez.  El desamparo los ronda a todos, pero el film se encarga de mechar la crítica a la intolerancia y la homofia y un retrato descarnado de la Venezuela contemporánea con momentos de humor y ternura que esquivan el melodrama.

Con actuaciones perfectas de Samuel Lange -toda una revelación en el papel de Junior- y Samantha Castillo, Pelo Malo es una de esas películas por las que vale la pena que existan los festivales.

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