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Territorios

Cuando se apaga la ciudad luz

Hay un París detrás del París de la postal, una bestia agazapada que se enciende por las noches.

Texto y fotos: Gabriel Magnesio (desde Francia, especial para Bacanal

El taxi dobla y choca contra el obelisco egipcio de la plaza de la Concorde, frente al exclusivo Hotel Palace Crillon, donde Michael Jackson, por citar uno de los huéspedes menos conocidos, saludaba desde los balcones haussmanianos. París es un antes y un después del Barón Hausmman. Antes de BH, París no era París. Antes de BH sólo se trataba de un pueblo con calles de tierra, turbulentas, sin veredas. El Barón Hausmman transformó la ciudad medieval en esta metrópolis kantiana.

El verano viste la fila de castaños del Jardín de Tuileries, a lo largo de la rue Rivoli. El taxista, ahora, acelera –por veinte euros–, y frena en la obviedad. La torre, parida con destino provisorio a lo largo de un siglo devino trampolín. De ella, han saltado poco menos de 350 suicidas –que subieron para dejarse caer–, como si el amor necesitara de ese tipo de heroísmo. Algo de maldición del amor debe habitar la torre. Sobre todo porque monsieur Gustave Eiffel, enamorado de una mujer que se llamaba Amélie, construyó esta gigante letra A para ella. Pero la torre se convirtió en faro que domina y recuerda que París es París, desde hace más de un siglo.

En el barrio de la torre, no hay bares. Sólo hay unos pocos negocios, algunos restaurantes italianos, los mejores anticuarios, alguna que otra princesa árabe, unos cuantos miles de guardaespaldas, los hijos de los ministros, el mausoléo de Napoleón, las escalinatas de la Escuela Militar, los nobles pobres y aquellos que compensan el árbol genealógico con fortuna. Casas repletas de antigüedades restauradas Luis XV y colecciones privadas de arte africano. La meca de lo kitsch.

Pero fuera de esa película recargada de seres anodinos, el resto del barrio es pura zozobra y savoir-vivre, como para darle la razón al clamor de Honoré de Balzac: L’être qui ne vient pas souvent à Paris ne sera jamais complètement élégant («El ser que no viene seguido a París nunca será completamente elegante»). Ahí están las casas matrices del universo de la moda que brillan con nombres propios. Chanel, Louis Vuitton, Givenchy, Valentino, Dior… «Un nombre mágico, la contracción de las palabras Dios y oro», dijo –y patentó– el escritor y cineasta Jean Cocteau, a propósito de la maison de Christian D. El haz de la vieja dama de hierro, cada 28 segundos, ilumina el triángulo de oro formado por la avenida Montaigne, George V y Champs-Élysées.

Ya es de noche. Ya es París.

Bar, revolución y muerte
El taxi cruza el puente y estaciona. «Los deliciosos maestros en el arte aristocrático de no hacer nada» –decía, sobre los dandies, Oscar Wilde– animan las terrazas de Saint-Germain-des-Prés. En el distrito de la Gauche Caviar (Izquierda Caviar), hay magos, dobles de Édith Piaf y Quentin Tarantino, no su doble sino Tarantino himself. QT está en el bar de la esquina, el Bar du Marché, –rue de Seine y rue de Buci– y mueve los labios mientras lee La montaña mágica, de Thomas Mann, en una edición de tapas duras. En su mesa reposa, un jugo de naranja con sorbete. La mesa está tapada de papelitos con números de teléfono de chicas: morenas, rubias y asiáticas le acercan silenciosa o estridentemente sus números de teléfono celular. Tarantino sigue leyendo La montaña mágica.

A metros de este bar, se construyó la primera guillotina. El iluminado Jean-Paul Marat imprimía sus incendiarias proclamas durante la revolución francesa y paseaba por estas calles llamando a la revuelta. Tarantino se hospeda en el hotel L’Hotel –rue Beaux-Arts–, donde murió Oscar Wilde. El mismo hotel donde suele refugiarse Johnny Deep y Mick Jagger; donde durmieron Jorge Luis Borges y Jim Morrison.

También, a metros de este bar murió Morrison. Más precisamente en el baño del célebre club Rock and Roll Circus –rue de Seine–, enfrente de donde hoy Tarantino lee La montaña mágica, en el corazón de Saint-Germain. Murió de una sobredosis de heroína. Sólo murió, como moriremos todos.

Después, JM sería enterrado en un cementerio para celebrities, el Père Lachaise. Ahí, como si fuera de L´Hotel comparte habitaciones eternas junto con Oscar Wilde, entre otros moradores vitalicios que también murieron solos. Como todos.

Delicattesen
Pero esta noche, sin duda, el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte. La carta del bar Da Rosa –62, rue de Seine, VI– declina los tonos del púrpura imperial. Y las tapas se visten de cortes precisos, densos: la carne oscura del pata negra, ese majestuoso cerdo de raza ibérica engordado con bellotas, invita, en boca, sabroso, profundo, con destellos de nueces. Su grasa polisaturada es el preludio de otro viaje, acompañado con un vino blanco seco, Manzanilla, a temperatura ambiente de París, en la terraza de esta cantina. José Da Rosa, francés de origen portugués, licuó el bar de tapas mediterráneo –aggioarnado por el savoir-faire de la capital francesa–: chic ibérico, bodegón refinado, tapas moleculares de haute couture.

Salmón, chipirones, foie gras, Lardo di Colonnata –grasa sensual madurada en mármol de Carrara–, sardinillas, parma, culatello, gaspacho.

José Da Rosa se pliega a su olfato preciso y edifica una agenda para sus viajes gustativos que compite con los mejores artesanos de la gastronomía europea. Su instinto define y empuja los límites de los sabores conocidos. La carta de la epicería es simplicidad en su expresión más sofisticada y noble.

Este laboratorio de sabores –rodeado del Café de Flore, jazz y boutiques Dior– provee las perlas de los productos mediterráneos a las mesas estrelladas –L’hôtel Meurice, L’Atelier de Joël Robuchon, Hôtel Costes– de la gastronomía parisina.

La cantina sofisticada de Da Rosa fue decorada por el designer estrella Jacques García y actualizado por el talentoso arquitecto japonés Mamoru Kondo. En el lugar, se respira un ambiente chic y mundano, de tapizados púrpuras. Las luces tamizadas acompañan las tapas de Truffes du Lubéron, tarama blanco, caviar de Baéri, champagnes Bruno Paillard. El desfile de delicatessen se instalan en estas mesas elegidas por Penélope Cruz, Jacques Chirac, Mónica Bellucci, Olivier Martínez.

Y Da Rosa esta noche brilla, a dos metros de Quentin Tarantino quien, sin embargo, a último momento opta por irse, por dejar La montaña mágica, por olvidar los papelitos con los teléfonos celulares de chicas. QT prefiere los tacos con Cheedar y el Margarita Frozen del Tennesee, un bar conceptualmente más siniestro obsesionado por las hamburguesas y ubicado en el boulevard Saint Germain.

Scarlett Johansson acelera su Vespa por las calles de París. Lejos quedan los tiempos del añejo Barón Hausmman hoy que la ciudad ostenta más de 2 millones de habitantes intramuros, más de 12 millones extrarradio, más de 40 millones de turistas por año. La super heroína de Hollywood frena en el Café de Flore, donde Lenin incendiaba las conversaciones y vaticinaba el siglo XX. Pero no entra en de Flore. SJ prefiere atrincherarse con sus amigos en el bar Rosebud.

Es medianoche y la capital se enciende.

París nocturnaEl underground de Les Champs
Las luces de neón parecen plumas sobre Les Champs-Élysées. «Una mujer sin perfume es una mujer sin futuro», decía Mademoisselle Chanel. Las Bluebells, las bailarinas del Lido –perfumadas, vestidas y desvestidas: siempre entre brillos y lujos– se preparan en los camarines para dar vida al prestigioso cabaret de music hall, en la avenida más bella del mundo.

A pesar del brillo y las celebrities, de los bares y los manjares, no vive ni nace nadie aquí.

No vive ni nace nadie aquí, repito.

Les Champs-Élysées es un lugar de paso, anónimo y efímero. La última maternidad del barrio cerró sus puertas. Cierran, a esta hora, las boutiques, concesionarias de autos, cines, galerías, restaurantes de cocina etno y fast food. Huele a ostras y champagne para turistas.

La noche se traslada al subsuelo de la avenida, a sus calles transversales y paralelas. En el underground de Les Champs, hay infinidad de parkings, clubes privados, discotecas y striptease. En la entrada del Pink Paradise, un largo pasillo conduce al paraíso rosa que se publicita como un lugar de erotismo chic, elegante y sofisticado. «Todo no es más que lujuria, encanto y voluptuosidad para el placer de los ojos», aseguran.

Luces tenues, alfombras y mesas bajas, rodean una pasarela en forma de cruz. En una de las puntas, una mujer se contorsiona alrededor de una barra. Tiene los labios rojos y el cuerpo esculpido. El tiempo se acelera en los sillones rojos. «El amor imaginado es mucho mejor que el amor vivido. No pasar al acto es muy excitante», decía Andy Warhol. La atmósfera es íntima en su profusión de cuerpos, perfumes, música.

Los cuerpos, sobre las tablas, ondulan. Una de las bailarinas, Marilyn Monroe, canta «¡Happy Birthday, Mr. President!» La sala enmudece. Las bailarinas en pausa, vestidas de negro transparente, portaligas y corsé, parecen la rencarnación de ciertas estatuas del Louvre.

El museo de noche
Una mujer se yergue de placer en pleno éxtasis de su petite mort. Pero ya no estamos en el Pink Paradise sino en un lugar mucho más prestigioso y conocido, el museo más grande del mundo. Alrededor de la pirámide de cristal, los cuerpos desnudos –bajo las luces calibradas– se inclinan en las galerías imperiales. Los cuerpos, las escenas, transpiran versos de Apollinaire, Henning, Théophile Gautier. El orgasmo de la Femme piquée par un serpent, eterno y esculpido, es obra de Auguste Clésinger.

Los noctámbulos, estetas libertinos o simples voyeurs, deambulan en las galerías de este palacio erótico del centro de París; miran, extasiados, la espalda de La Grande l’Odalisque, de Ingres, La Mort de Sardanapale, de Delacroix, L’Odalisque, de Boucher, Portrait de Gabrielle d’Estrées et de sa soeur la duchesse de Villars, de l’Ecole de Fontainebleau.

El vademécum erótico es vasto y ambulatorio en el museo más grande del mundo. En estas galerías solares del Louvre, ahora mismo, el arte del siglo XVIII y XIX se ocupa de levantar los taparrabos medievales. Los poetas Baudelaire, Rimbaud y Verlaine celebran la muerte del eufemismo.

Hay, alrededor del patio interno de la antigua residencia de Luis XIV, hombros griegos, manos medievales, senos renacentistas y turgentes, glúteos romanos, cuellos y curvas románticas, un racimo de cuerpos emancipados y las piernas abiertas de la modelo de François Boucher en una de las poses más provocativas de la historia del arte.

Está, por fortura, prohibido tocar. La sensación agotadora de yacer con una de estas estatuas e imágenes, incapaces de devolver los besos y las caricias de la carne que la toca, sería agotador. La mirada clama, pletórica.

Al salir, otra vez la misma mujer se yergue de placer en pleno éxtasis de su petite mort.

Desde ahí, sólo resta descender.

París nocturnaEl reino de las sombras
Arrete! C’est ici l’empire de la mort, advierte el cartel. Deténgase. Aquí es el imperio de la muerte, advierte también en la traducción. Las antiguas canteras, de una extensión de más de 300 km, es un subsuelo agujereado por un laberinto de galerías y túneles donde, desde la antigüedad, se extrajeron las piedras para construir los monumentos, edificios e iglesias de la ciudad, entre ellos las de la Cathédral de Notre-Dame de Paris.

En esos tiempos, los cementerios a los pies de las iglesias, estaban superpoblados y los cadáveres eran un peligroso foco de insalubridad. Una noche de 1786, tres años antes de la revolución francesa, comenzó el traslado de los cuerpos inhumados hacia el oscuro centro de lo que serían las catacumbas de París.

El final del trayecto era la entrada oficial de las antiguas canteras, en el sur de la capital francesa. Ahora aquí –metro Denfert-Rochereau–, donde siempre es de noche, hay que descender 100 escalones bajo tierra.

Los huesos se apilan, bien ordenados, en montañas espesas y profundas. Hay 6 millones de parisinos, casi la mitad de la cantidad actual de los habitantes vivos de la superficie. Un gigantesco mausoleo anónimo de tibias, fémures y calaveras. Los restos perdidos de Rabelais, Racine, Pascal, Montesquieu, Robespierre, se esconden en este mare magnun de esqueletos sin nombre.

El calor bajo tierra es denso, claustrofóbico. Así y todo, el depósito agnóstico de osamentas más grande del mundo es visitado por más de 150 mil personas por año.

Este recorrido de casi dos kilómetros es una ínfima parte de un todo inaccesible al público en general. Hay centenares de entradas prohibidas que prometen viajes clandestinos en el vientre oscuro de la ciudad luz.

Las galerías se confunden, la luz es tenue e irregular. Los muros son wwwigos de la historia. Las flores de lis, símbolo de la realeza, primero deterioradas por los revolucionarios de 1789 y ahora cubiertas por los grafitis de las milicias urbanas. Hay pozos de agua cristalina al final de los muros deshechos que fueron refugio para la resistencia frente a la invasión nazi y que se proyectaron como búnkers antinucleares en tiempos de guerra fría. Uno de los tantos apocalipsis que no se cumplieron.

En la doble noche parisina, los túneles desembocan en una habitación crepuscular: la fiesta clandestina –música, velas, botellas y medio centenar de personas–, en las catacumbas de París.

Ahora, el taxi acelera y sube. La cita (post bares, Pink Paradise, Louvre y catacumbas) es en el Hôtel Amour, con sus alfombras rojas y paredes negras, en el corazón de La nouvelle-Athènes. En este barrio, en el siglo XIX, vivía una mujer con nombre de hombre, George Sand. GS se vestía de hombre y fumaba. Era muchas cosas en pleno siglo napoleónico: periodista, escritora, burguesa católica, política, madre soltera, militante comunista y groupie: amante de Frederic Chopin y Alfred de Musset.

En el bar del Hôtel Amour, esta noche, una mujer se sienta de espaldas en la mesa de la esquina. Las miradas de los mozos se cruzan con discreción. La actriz Audrey Tautou, heroína del mundo mágico de la película Amelie, tiene el pelo corto, las manos expresivas y viste jeans ajustados. Pide un Marlboro Light y una limonada helada. El responsable del bar le regala un ramo de flores.

A pocos metros, el museo de la vida romántica no es un suntuoso palacio restaurado por las estrellas del design mundial. La modesta casa donde vivió GS reúne sus objetos, musicalizados con Preludios de Chopin, a pasos de la rue des Martyrs, a un suspiro de Pigalle.

Refugio marginal
En el distrito 18, uno de los más visitados de la capital francesa, desaparece el París del siglo de las luces decimonónicas, el destello de la belleza atemporal, la inclinación casi obsesiva por congelar el tiempo, donde el mármol de las estatuas restauradas se confunden con la carne.

La noche en Pigalle transpira en el límite. Aquí el paso del tiempo no se observa con cariño porque en esta zona el tiempo hizo estragos. El sol a lo largo del boulevard de Clichy son las luces rojas de los sex shops, saunas, clubes libertinos, espectáculos de sexo en vivo. El clima es rancio y vital. Los árabes venden el fast food local en forma de sándwiches de cordero al costado del cabaret Moulin Rouge. El museo del erotismo ha sido maltratado por el tiempo. Hoy es un edificio gris, decadente y golpeado. Y eso no se perdona facilmente en este París.

Aquí, los pájaros nocturnos explotan los bares. Y el bar La Fourmi (74, rue des Martyrs) es un buen punto de partida para quedar atrapado por la muchedumbre. Hay butacas de cuero rojo, vitro, muros color pastel cubiertos con cuadros de Toulouse-Lautrec y viejos teléfonos públicos a la entrada del baño.

El pasado, inevitable, se impone por un instante. Era un refugio de marginales y artistas: Picasso, Prévert, Ionesco. Los cabarets se inclinaban, alrededor de la plaza de Tertre, en tiempos de entre guerra y french cancán. Las bailarinas de cuerpos renacentistas movían las piernas cubiertas de porta ligas, libres y políticas. Transpiraban arriba y abajo del escenario. Edith Piaf cantaba al pueblo sus tristezas y sus glorias en el cabaret La Bohème.

París nocturnaLa noche y el incendio
La noche, ahora, es explosiva e impredecible. La belleza en la calle son los cuerpos en movimiento, sin pasado, en un Pigalle que gira y jamás se detiene. El rock viste de elegancia a los monumentos salvajes y derruidos.

Las míticas salas de conciertos de La Cigale, Elysée Montmartre, La Boule Noire y Le Divan du Monde se incendian ni bien cae el sol. Franz Ferdinand, The Kills, Interpol hacen sus pasos de escenario y su música. Los héroes crísticos destellan en la ceremonia del universo ultraritualizado del rock. Hay groupies, cables, gritos, parlantes, llamas: un pedazo de Inglaterra anclado en el norte de París.

La rock actitud es el dress code. En Chez Moune –54 rue Jean-Baptiste–, antiguo cabaret reconvertido en club fashion, los integrantes del grupo newyorkino The Drums y la psicotímida Sky Ferreira seducen al noctámbulo fotógrafo y director de Purple, Olivier Zham.

La noche se viste con jeans slim, traje desacralizado, remeras blancas con el cuello desgarrado, sacos marineros con dos filas de botones, sombreros de dos alas, botas de cuero rasgadas, tiradores, cuero sobre cuerpo desnudo tatuado, sensual.

La historia de la moda transpira en estos cuerpos cool del Paris by night. Chanel liberó a la mujer, Yves Saint-Laurent le dió el poder. Hedi Slimane, el diseñador estrella de esta noche, se ocupa de Pigalle. Acá, donde el tiempo ha hecho estragos, los cuerpos parecen más jóvenes que nunca. Como una revancha. Como una provocación. Como un grito de guerra.

La tensión vital de la distinción del barrio cierra sus puertas. El precipicio geográfico, en esta madrugada, es sólo una metáfora de la pendiente: la noche en la colina de Montmartre, iluminada por el rojo artificial y una cruz sobre el blanco inmaculado.

Las calles tienen los labios mojados por el rock, el sexo, la comida rápida y la noche exigua. Las escalinatas se yerguen hacia el Sagrado Corazón, la famosa basílica más cercana al cielo de París.

Sería un pecado deternerse aquí. Paramos otro taxi.

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