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Territorios

Crítica y ficción

El destacado dramaturgo, director y actor, sigue sumando kilómetros en la pantalla grande y el teatro.

Por Esteban Ulrich
Foto: Juan Carlos Casas

Rafael Spregelburd es un nombre muy conocido en el ambiente del teatro. Desde hace años viene desarrollando una prolífica y destacada carrera como dramaturgo, director y actor, tanto aquí como en Europa y en más países de Latinoamérica, pero también, más recientemente, desembarcó en el cine para aportar su talento a films como Música en espera, de Hernán Goldfrid, El hombre de al lado del dúo Cohen-Duprat, y ahora estrena El crítico, debut cinematográfico de Hernán Guerschuny.
En el hotel en donde atienden a la prensa junto a la bella Dolores Fonzi, coprotagonista del film, Rafael, con la escusa de nuestra entrevista para la prensa escrita, aprovecha para hacerse un té mientras nos escabullimos del bullicio de los micrófonos, las cámaras y las luces para compartir una charla sobre cine, sí, pero también sobre teatro. Es que, además de actuar en El crítico, el prolífico autor no se detiene y acaba de estrenar su nueva obra Spam.

-¿Cómo llegás al proyecto del El crítico?
-Él llegó a mí en realidad. Hernán Guerschuny, el director, estaba desde hace mucho tiempo desarrollando el guión de esta película que es por un lado un homenaje a Godard y por otro a las comedias románticas hollywoodenses, sobre todo las películas de Frank Capra. Y como es un género que no necesariamente existe en el cine nacional, le costaba encontrar una referencia física para el rol. En ese momento yo estaba haciendo una obra de teatro Apátrida, en la que interpretaba a un crítico muy remoto, Eugenio Auzón, que en 1891 se batió a duelo con Eduardo Schiaffino por una diferencia estética… Y un día salí de la obra y Hernán, que había venido a verla, me dijo que le parecía la persona que estaba buscando desde hacía mucho tiempo. Luego de leer el guión, entendí que era una película que quería -y que podía- hacer.

-¿Buscaste referencias de críticos para la composición de este personaje?
-No. Lo que hice fue colarme en unas privadas, meterme a espiar a los críticos en este evento vergonzoso que es la “privada”, en un shopping a las nueve de la mañana, donde traen las medialunas, el café, y están todos con sueño y vienen a ver una película que a nadie le interesa. Lo máximo que esperan es que sea corta… Me llamó la atención que es un mundo muy degradado, en el que conviven el crítico serio, académico, que estudió muchísimo y se lleva mal con algunos y bien con otros por razones totalmente caprichosas, con el blogger que está apasionado, que escribe para doscientos seguidores y al que le chupa un huevo toda la formación académica del otro, que escribe con errores de ortografía y dice “aguante las películas de autos de carreras”… Está todo tan mezclado que dentro de ese universo del crítico podíamos elegir múltiples caminos, y el que elegimos fue el más funcional para la película, el un personaje muy icónico, probablemente un modelo que ya casi no exista. El otro día teníamos una charla en el Bafici sobre este tema del crítico como personaje: de qué manera, en los tiempo que corren, los críticos, para poder ganar su propio espacio de reflexión, para que los medios los llamen, tienen que construir primero un personaje de sí mismos, definir a qué territorio se van a oponer, decidir de qué color se van a vestir o cuánto van a maltratar a los entrevistados.

-En algún lugar hablabas de esta misma necesidad de distinguirse del resto, pero aplicado a los actores…
-Sí, el concepto es que acá el mercado no te necesita. Entonces, la pregunta es cómo entrar y para qué hacerlo. La única solución es entrar por la puerta de la singularidad absoluta. Cuando estudiaba con Bartís se discutían mucho los problemas escénicos, y en este sentido la consigna era “tenés que volverte irreemplazable”. Si sos vos, no debería poder hacerlo otra persona. Y para lograr eso se debe indagar mucho en la propia singularidad. Es algo que cualquier artista hace, pero a los actores les cuesta más, por la creencia folclórica de que el mejor actor es el que puede actuar roles distintos, el que puede encarnarlo todo… Cuando uno iba a ver a Alejandro Urdapilleta -uno de los actores más formidables que dio este país-, él estaba siempre presente, así estuviera en el Parakultural metiéndose zanahorias en el culo o haciendo Shakespeare en el San Martín. Uno le compraba su impronta, su personalidad, su marca, su trazo. Los músicos, los artistas plásticos, tienen más en claro la noción de trazo; a nosotros, los actores, se nos confunde haciéndonos perseguir la zanahoria de la ductilidad.

SpregelburgPienso, luego existo
Rafael habla con una cadencia cuidada, sus frases se suceden en el aire con el ritmo justo, ni muy rápido ni muy lento, siempre como espoleadas desde un lugar profundo, lo que le otorga una potencia de orador público. Es que en él, las ideas no surgen por casualidad: todo parece haber sido pensado una y mil veces. La conversación en estos casos pasa a ser un deporte tan serio como ameno.

-Ya desde tus inicios en el teatro recibiste reconocimiento por tu escritura. ¿Cómo se dio ese proceso?
-Cuando terminé el secundario, empecé a estudiar dramaturgia con Mauricio Kartún, con tanta suerte que la primera obra que hice ganó el Premio Nacional, tenía diecinueve años. Había llegado con muchas ganas de actuar pero actores había muchos, en cambio era una época en la que se estaba esperando ansiosamente por nuevos autores, había un ojo especialmente puesto en eso, por lo que con una obra plagada de pecados de juventud gané ese premio importante que me abrió ciertas puertas y al mismo tiempo me alejó de la actuación. Digamos que, con respecto a la escritura, ella siempre estuvo ahí, lo que no quiere decir que haya sido bueno. Así como también siempre me acompañó el deseo de actuar, lo que tampoco quiere decir que fuera bueno…

-¿En qué sentido?
-Yo siempre me sentí un pésimo actor, pero como soy muy terco, pensé que debía indagar en esa zona. Siempre me obsesiona la mitad del vaso vacío. Entonces me dediqué a pisar arenas movedizas. Era muy tímido, muy inseguro, y me parecía que el teatro era el último lugar de comodidad en el que iba a poder entrar. Fue una manera de abordar la vida. Porque en realidad tengo más interés por descubrir cómo funciona la vida que cómo funciona el teatro. El teatro es una herramienta para distorsionar lo vital. Soy muy crítico de un teatro que, por ser cultura, automáticamente presume ciertas cosas y se torna una moda o un estilo y pierde vitalidad. Algo que pasa en otras sociedades un poco más viejas, más muertas. Alguna tendencia del teatro europeo en donde la gente va al teatro a aburrirse, en lugar de a pensar su propia vida. Un teatro que regurgita los clásicos como si la contemporaneidad fuera imposible o como si un el autor que reinterpreta un texto escrito hace cuatrocientos años tiene más valor intelectual que el que tiene las agallas hoy de intentar algo nuevo. Soy argentino, mi relación con la invención está naturalmente atravesada por una larga historia que viene desde Roberto Arlt…

-Casi como la necesidad de inventarse hasta la propia vida…
-Acá hay que inventarlo todo. Nada se nos da fácilmente, eso nos hace artistas más renacentistas, que debemos cubrir distintas áreas alrededor de lo que queremos hacer. Es impensable que alguien que quiera actuar se dedique solamente a hacer un curso de actuación. Hay que empezar a indagar en la dramaturgia, en la dirección, en otras zonas, si uno quiere realmente insertarse en eso que se está produciendo en el presente. Cuando hago una obra mis preguntas tienen más que ver con la biología, la física, la química, leo mucho, estoy muy influenciado por las teorías contemporáneas del caos -mal llamadas del caos, bien llamada ciencia de la totalidad-. Aprendo más de teatro leyendo las críticas de cine de Zizek que leyendo los manuales de semiótica teatral escritos para quienes hacemos teatro, porque no me resultan estimulantes.

-En Spam hacés uso del video. ¿Qué sentido tiene incorporar otros medios a la escena?
-Desde hace un tiempo hay un avance de lo tecnológico sobre la escena, pero no tiene que ver con nada en especial, es algo mucho más simple: las salas de teatro independiente te obligan a convivir con otras obras, es muy difícil conseguir salas con espacio físico donde dejar las pesadas escenografías de otrora, no puedo construir una casa y dejarla, porque en esa misma sala va a haber otra obra… Ya desde hace tiempo me acostumbré a que toda la expectativa visual con la que el espectador llega al teatro sea satisfecha por el video. El video es portable, liviano, permite sorpresas de distinta índole, podés interactuar con él como si fuera otro personaje, a veces mostrar algo que encontraste y documentarlo… Spam es un pastiche entre varias de estas posibilidades, pero sobre todo se justifica especialmente porque Spam es del género “sprechgesang”, una ópera hablada, y su criterio de ensamblaje es musical, algo que trabajo con Federico Zypse, un músico habitual colaborador de mis producciones, que hace música industrial con pedazos de motores y efectos, en el sentido de la música industrial concreta como lo entienden los alemanes del grupo Einstürzende Neubauten. Todo el espectáculo tiene esa estética por lo tanto del rejunte, la cita. Es un espectáculo que mezcla la filosofía con el karaoke, y donde mientras hablo sobre por qué el capitalismo necesita producir basura, canto una canción de Lionel Ritchie. La superposición de cosas que nadie debería haber puesto juntas es un poco esta sensación del spam. Es el mundo virtual en el que vivimos.

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