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Territorios

Cómo destruir un planeta

Cuáles son. según el Informe Planeta Vivo 2014 de WWF,  las especies que nuestros nietos no podrán conocer. Y cuáles son las chances de que, efectivamente, tengamos nietos.

Por Denis Destefano

Es irónico que un informe que se llama Planeta Vivo dé más signos de muerte que de vida al analizar el estado de salud del planeta. Hace poco se dio a conocer la última edición de este documento del Fondo Mundial para la Naturaleza, más conocido como WWF, y los pronósticos no son para nada alentadores.

Para empezar, el Índice Planeta Vivo (IPV), que analiza a más de 10.000 poblaciones representativas de mamíferos, aves, reptiles y peces, disminuyó un 52 por ciento desde 1970. En palabras del director general de la organización internacional, Marco Lambertini, eso quiere decir que en menos de dos generaciones humanas el tamaño de las poblaciones de animales vertebrados disminuyó a la mitad. Quedan unos de 20.000 osos polares, cerca de 1.600 pandas gigantes y poco más de 3.000 tigres en libertad en el mundo, por citar algunas especies en peligro.

La merma más dramática de la biodiversidad se da en América Latina, con una caída del 83 por ciento. La variedad de especies animales y vegetales se está reduciendo tanto en las regiones templadas como en las tropicales, pero la disminución es mayor en el trópico. Y cuando se busca al culpable de este fenómeno todas las miradas confluyen en la acción del hombre.

“La pérdida de hábitats y la degradación y explotación debidas a la caza y la pesca son las principales causas de esta disminución. El cambio climático es la siguiente principal amenaza común y es probable que ejerza mayor presión sobre las poblaciones en el futuro”, explica el documento.

“América Latina tiene un modelo económico que está muy basado en la explotación de recursos naturales. No son países demasiado industrializados sino que todo su crecimiento y toda su economía se basa en una proporción importante en el uso y el aprovechamiento de esos recursos”, acota Diego Moreno, director general de Fundación Vida Silvestre (FVS), la organización que representa a WWF en la Argentina.

Latinoamérica es una de las regiones con más fuerte impactado de la deforestación, por ejemplo. En las últimas décadas, el crecimiento en la zona generó una mayor presión sobre los recursos, lo que a su vez afectó a la degradación de la biodiversidad, entre otros indicadores.

Lemures, tiburones y rayas
Entre 1970 y 2010 las especies terrestres disminuyeron un 39 por ciento y la tendencia se mantiene, sostenida por la agricultura, el desarrollo urbano y la producción de energía, además de la caza. Las cifras comienzan a tener más sentido cuando se dice, por ejemplo, que el 94% de los lemures se encuentran en peligro de extinción. También lo están un cuarto de los tiburones y las rayas del mundo.

Las especies marinas también cayeron un 39 por ciento en el mismo lapso, especialmente en los trópicos y en el Océano Antártico. Entre las más afectadas están las tortugas y grandes aves marinas migratorias como el albatros viajero, mientras que las especies de agua dulce presentan una disminución promedio del 76 por ciento debido a la pérdida y fragmentación de sus hábitats, la contaminación, las especies invasoras, los cambios en los niveles de agua y la conectividad del sistema acuático.

La Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que detalla los animales que están en peligro en todo el mundo, dice que en América del Sur, de 14.060 variedades evaluadas, 4.445 se encuentran amenazadas. Esto es: casi el 32% de las especies que registra. En particular, en la Argentina se pueden señalar zonas críticas de pérdida de biodiversidad como el Chaco y el Bosque Atlántico, en la selva misionera.

“Hay regiones que han perdido su ecosistema original en décadas pasadas: los pastizales pampeanos en los últimos cien años o más, por ejemplo”, precisa Moreno y agrega: “Lo que se nota en las últimas décadas es que la presión está puesta más en la región chaqueña, que es donde está avanzando más fuerte el proceso de deforestación. Y la tercera es la de la selva misionera donde, hoy por hoy, todavía se conserva un remanente de bosque importante, pero ya cerca del 50% de la superficie original se perdió”.

Si hablamos de fauna argentina amenazada, es conocida la campaña que lleva adelante FVS para salvar al yaguareté, el felino más grande de Sudamérica. La especie antiguamente llegaba hasta la provincia de Buenos Aires y hoy sólo se encuentran grupos en Misiones, Chaco, Formosa, Santiago del Estero, Salta y Jujuy. Se calcula que de la población original no hay más de 200 ejemplares en todo el país.

También se está intentando resguardar al venado de las pampas, un ciervo que habita las regiones pampeana y chaqueña en poblaciones muy aisladas en la Bahía de Samborombón, provincia de Buenos Aires, San Luis, Corrientes, Esteros del Iberá y una (dudosa) en el norte de Santa Fe.

“Hay especies que han desaparecido de la Argentina”, cuenta Moreno y cita como ejemplo al lobo gargantilla, un tipo de nutria gigante que hoy está en el Amazonas o en el sur de Brasil, pero antes llegaba a la provincia de Corrientes.

El animal más complejo
La desaparición de flora y fauna debería preocuparnos por más de un motivo, dado que en el sistema del planeta todo está conectado. Como señala el informe: “La seguridad de alimentos, agua y energía y la salud del ecosistema están íntimamente relacionadas. Esta interdependencia quiere decir que los esfuerzos para garantizar un aspecto pueden fácilmente desestabilizar el otro –por ejemplo, los intentos de incrementar la productividad agrícola pueden conllevar mayor demanda de insumos como el agua y la energía e impactar la biodiversidad y los servicios ecosistémicos. La manera en que suplimos nuestras demandas afecta la salud de los ecosistemas, y la salud de los ecosistemas afecta la habilidad de suplir estas demandas”.

“Estos procesos no sólo tienen que ver con conservar la vida y los espacios silvestres sino, además y con la misma importancia, con salvaguardar el futuro de la humanidad –nuestro bienestar, nuestra economía, nuestra seguridad alimentaria, nuestra estabilidad social y nuestra propia supervivencia”, explica el documento.

La Tierra tiene una capacidad limitada de producir algunos bienes y servicios y el hombre está excediendo esa capacidad al consumir más de lo que la Tierra puede producir y afectando su capacidad de sostener las provisiones de servicios a largo plazo. Necesitaríamos la capacidad regenerativa de un planeta y medio para mantener este ritmo de vida.

A su vez, el hombre ?y con él, sus efectos sobre la naturaleza? sigue reproduciéndose geométricamente. Entre 1961 y 2010, la población mundial aumentó de 3.100 millones a casi 7.000 millones y la huella ecológica per cápita se incrementó de 2,5 a 2,7 hectáreas globales (hag) per cápita.

“Para que un país logre el desarrollo sostenible en el contexto global, debe tener una Huella Ecológica per cápita no mayor que la biocapacidad per cápita disponible en el planeta, al tiempo que mantiene un estándar de vida adecuado. Esto quiere decir una Huella per cápita inferior a 1,7 hag”, precisa el informe. Actualmente, ningún país cumple con estos dos criterios.

Promediando el documento nos encontramos con una sentencia inquietante: “Los humanos se han beneficiado inmensamente de las condiciones ambientales extraordinariamente predecibles y estables de los últimos 10.000 años. Pero el mundo ha entrado en un período nuevo –el “Antropoceno”– en el cual las actividades humanas son el mayor factor de cambio a escala planetaria. Considerando el ritmo y la escala del cambio, ya no podemos seguir excluyendo la posibilidad de llegar a puntos críticos que podrían alterar –de manera abrupta e irreversible– las condiciones de vida en la Tierra”, concluye.

Hay más de 76.000 especies en la Lista Roja de UICN, de las que más de 22.000 están amenazadas de extinción. Si continuamos viviendo y consumiendo como hasta ahora, es cuestión de tiempo para que a esas especies se sume el hombre.

El desafío, entonces, parece ser el que propone Moreno: mejorar la calidad de vida de las personas, particularmente las que están en situación más vulnerable, pero sin aumentar la presión sobre los recursos del planeta tomando caminos alternativos como la ganadería sustentable y más eficiente en pastizales naturales y la implementación de políticas de eficiencia energética.

“El éxito de una sociedad se mide por el nivel de consumo que tiene”, asegura, y deja picando la idea de que el modelo que pone en práctica el mundo y que lleva a esta pérdida acelerada de biodiversidad, está lejos de ser exitoso.

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