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Bares y Tragos

Cócteles 35 mm

Desde la alocada década de 1920 cientos de copas brillaron en la pantalla del cine marcando el espíritu de su época.

Por Martín Auzmendi

El cine y la coctelería nacieron casi en simultáneo, de la misma matriz de sed y hambre de aquellos Estados Unidos de fines del siglo XIX. La próxima Navidad marcará el estreno de El Gran Gatsby, película basada en la novela de Francis Scott Fitzgerald, enorme escritor y bebedor avezado. El encargado de esta adaptación es el australiano Baz Luhrmann, mismo director de Moulin Rouge (2001) y de la Romeo y Julieta (1996) protagonizada por Leonardo Di Caprio.

Publicada en 1925, la novela de Fitzgerald se mete en el ambiente elegante, glamoroso y festivo de bares, jazz y antros de Nueva York y Long Island de los años 20. Y no es casualidad que esta película se estrene ahora: en los últimos años, tanto los bares como los cócteles que se beben dentro recuperaron la estética y las recetas de aquello que se bebía en la primera mitad del siglo XX. Todo apunta a esto: millones de personas redescubrieron el Gimlet y el Old Fashioned en las manos de los publicistas de la premiada serie Mad Men, y así miles de barras en las principales ciudades del planeta, desde Berlín a Tokio pasando por Moscú y Buenos Aires, los vuelven a tener en sus cartas.

El Gran Gatsby no es una isla, excepción o bicho raro: por el contrario, es un capitulo más en una historia formada por decenas de películas que cuentan a su modo la historia de la coctelería y los ambientes en los que se bebía cada trago. Como pasa con el French 75 de Casablanca (1942), el Manhattan que bebe Marilyn Monroe en Some like it hot (1959) o el Vesper de la Casino Royale (2006) contemporánea. Todos y cada uno reflejando el espíritu de una época.

Donde nació todo

La primera definición escrita sobre lo que es un cóctel data de 1806 e incluye cuatro ingredientes: bitters aromáticos, azúcar, agua y un destilado. Los mismos ingredientes que tiene el Sazerac, famoso trago que aparece en State of the Union, película de 1948 de Frank Capra, y también en El extraño caso de Benjamin Button (2008), donde se muestra el ambiente de los bares de la Nueva Orleáns de principios de 1900. Esta película dirigida por David Fincher se basa también en una novela de Scott Fitzgerald, quien alguna vez dijo “primero tomás un trago, después el trago toma otro trago, después el trago te toma a vos”. El mismo Fitzgerald que como cóctel favorito nombraba el Gin Rickey, una combinación de gin, soda, jugo y gajo de lima. Justamente, es un Gin Rickey lo que se ve en el trailer de El Gran Gatsby, en manos de la rubia y hermosa Carey Mulligan: un vaso highball, con hielo, el líquido traslúcido y burbujeante y el pedazo de lima que un bartender presionó y dejó caer dentro. Este cóctel se lo puede beber en Buenos Aires en el bar Franks´s, que emula a los bares, imágenes e historias de los mismos roaring twenties de El Gran Gatsby, como se llamó a la década de speakeasys, jazz y alcohol clandestino. También allí se debe probar el Sazerac que preparan tanto Sebastián García como Loly, la joven bartender que está todas las noches detrás de la barra principal.

El Martini tiene sus raíces en las últimas décadas del siglo XIX, se consolidó luego en los años de la Ley Seca y terminó de convertirse en un clásico en las décadas que van de 1930 a 1950. “Fasten your seat belts, it´s gonna be a bumpy night”, dice Bette Davis en All about Eve (1950), rodeada de copas de cristal conteniendo Gibson y Martinis. En 1955 se estrenó en Buenos Aires la película Vida Nocturna, donde el bartender Santiago “Pichín” Policastro prepara unos Martinis refrescados a la manera porteña, con vaso mezclador, contradiciendo así a todos los émulos de James Bond que los pedían batidos. Hoy uno de los mejores lugares donde encontrar un ambiente, sofisticación y dedicación similar a la que mostraba Pichín es en el bar del Marriott Plaza. Allí Gabriel Santinelli viste el mismo traje con saco blanco de Pichín, que a su vez es equivalente al que viste Rick en su American Bar de Casablanca (1942). En Casablanca las mezclas que más se ven incluyen Champagne Cocktail, bourbon straight y un Horse´s Neck. Pero la más acabada metáfora de la película filmada meses antes que Estados Unidos entre en la Segunda Guerra Mundial es la escena en la que un alemán y su acompañante francesa piden a un bartender ruso un French 75, cóctel nombrado a partir del calibre de los cañones con el que los aliados atacaban a los alemanes defendiendo a su país en la primera gran guerra. Un cóctel para tomar ahora en un ambiente mucho más relajado, como puede serlo el Oak Bar del Palacio Duhau, en la zona más parisina de Buenos Aires, preparado por Natalia Escudero o Emilio Bruno.

Auge, decadencia y vuelta al origen

Los 50 norteamericanos fueron invadidos por la sensualidad femenina, la fiesta triunfalista tras la Segunda Guerra Mundial y las ansias de liberación que terminaron en los movimientos de los 60. Todo está latente en La comezón del séptimo año (1955), genial película de Billy Wilder con una brillante Marilyn Monroe que coquetea con su vecino, temporalmente solo mientras su familia se fue por el fin de semana. “Soy capaz de preparar mi propio desayuno. De hecho, hoy me hice dos sándwiches con manteca de maní y dos Whiskey Sours”, le dice él, invitándola a un desayuno juntos. El mismo cóctel que se puede pedir en 878, eligiendo la marca de whiskey preferida de las muchas opciones de este bar. En Guys and Dolls, musical de 1955, Marlon Brando es un apostador que viaja (en los años 40) a La Habana, en Cuba, y le pide a Sarah Brown (hermosa Jean Simmons), un trago al que llama “dulce de leche”. El trago no existe, aunque el personaje asegura que lleva ron Bacardi. En ese tiempo, el ron del murciélago aún se fabricada en la isla, y de esos años viene la mística y leyenda de los cantineros cubanos, hoy reivindicados en todo el mundo. Cuba aparece también en El Padrino II (1974), cuando reparten la torta con el mapa de la isla, mientras ya se respira el clima de la revolución. En el medio de una fiesta en un cabaret, Fredo pide un Banana Daiquiri, una traición a la fórmula original y una clave para pensar su lugar menor en la familia y anticipar su final en un bote, mientras Michael, que no bebe nunca, lo mira desde una ventana. Para tomar un Daiquiri bien hecho, lo mejor es dirigirse a Prado y Neptuno, ya que el bartender de esta cigarrería participó en el último torneo del ron Havana que se realizó en Cuba, y trajo de allí experiencias, secretos e historias varias.

Los años 80 fueron momentos oscuros para la coctelería mundial. Como radiografía de época, nada mejor que la película Cocktail, con el joven Tom Cruise en primer plano, donde se muestran ejemplos de lo que se bebía: tragos frutados, coloridos y dulces, preparados en un show estridente. Aún así, en la misma película sobrevive la nobleza de una botella de Cognac Luis XIII, a modo de ancla del placer elegante y el valor del viejo bartender. En Miami Vice (2006), Michael Mann toma la serie emblemática de los 80 y le da una nueva forma. Y en una de las mejores escenas Sonny (Colin Farrell) viaje en lancha con Isabella (imposible como cubana, Li Gong) hasta La Habana, donde se sientan en un viejo bar a tomar unos Mojitos. Una clara advertencia de que los cócteles clásicos nunca están demasiado lejos. Mismo gesto de regreso y reivindicación que hace Casino Royale, película en la que se vuelve al libro original de la novela de Fleming para rescatar la receta del Vesper, anterior al Martini, que lleva gin, vodka, Kina Lillet y piel de limón.

Hoy estamos de suerte: cuando se estrene El Gran Gatsby, luego se podrá salir a los bares de Buenos Aires para beber los mismos cócteles que tienen los personajes en las decadentes y fantásticas fiestas de esta película. Así, historia, cine, literatura, realidad y ficción serán parte de un mismo momento: el presente.

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