Publicidad Bajar al sitio
Territorios

Ciudad negra

Desde la década del 90, inmigrantes de distintos países africanos han ido cambiando el paisaje epidérmico de Buenos Aires, sumando a una versión más completa de ciudad cosmopolita. 

Por Esteban Ulrich
Fotos: Jazmín Arellano 

Desde hace un tiempo, ya no nos sorprende ver, en Av. Corrientes, en Av. Avellaneda, en algunas zonas de Liniers o en la “pequeña Dakar” (como ya algunos denominan a las cuadras que se extienden delante de la plaza Miserere), a la comunidad africana que crece al ritmo del comercio callejero, con la venta de alhajas de fantasía, relojes, gafas, carteras y varios etcéteras. Una presencia que está cambiando el paisaje de la ciudad. La causa, más directa de esta nueva, y a su vez tan vieja inmigración, tiene su respuesta en la crisis en el viejo continente y cierto racismo antiinmigratorio europeo, que condujo como acto reflejo a que muchos nacidos en África hayan cruzado el Atlántico para aterrizar en nuestra ciudad.

En la plaza de Once, el bullicio de una sociedad multicultural nos salta a la cara. La imagen de la bandera multicolor del consulado boliviano flameando con orgullo resulta reveladora, como una contraseña de entrada. En la vereda, bolivianos, peruanos, argentinos y africanos se mezclan en sus pequeños puestos.

Hoy me interesa conocer ese África que está en Buenos Aires. Esa gente que eligió Argentina como su lugar en el mundo. Por eso, me acerco a esas figuras espigadas y de piel oscurísima, comienzo la charla presentándome. Al principio, la mirada es entrecerrada. Con la cabeza recostada sobre la nuca, parecen sorprendidos de que un local los aborde de esta manera, que les pregunte sobre ellos y su cultura. Tal vez tenga que ver con la manera en que se mueven, en comunidad, cerrando filas, hablando en sus dialectos. Pero cuando logro acortar la distancia, la conversación comienza a correr con fluidez, salvo por alguno que se muestra reacio, tal vez suponiendo que nada bueno puede venir de un blanco tomando notas.


Vender en la calle, me dirá luego Freddy (Cheikh), es la forma de arrancar para los recién llegados. Los que están en Buenos Aires hace más tiempo, sean 6, 8 o 10 años, suelen ser los importadores mayoristas, que a su vez revenden a los nuevos inmigrantes los artículos para que se instalen en la calle, la mejor manera de foguearse en la porteñidad, practicando además el idioma.

En la charla, el respeto se impone. Un respeto de culturas milenarias coronadas por el islamismo. Uno de los más jóvenes y alegres es Abdul, me dice que es bailarín y que cuando va al boliche, “me piden marihuana”, y se ríe. “Yo soy musulmán, ni siquiera tomo alcohol. ¡Pero soy negro!”. Me pasa sus auriculares, grandes y blancos, y escucho el rap de Fifty Cents. Abdul tiene un tatuaje casero que interpreto primero como una flecha hacia abajo (¿la tierra?, pienso). Al voltearla para la foto dice: “Me lo hice yo, es mi casa en Senegal”. Abdul pertenece a una familia con varios hermanos (los dos menores nacidos en Argentina), de padre senegalés y madre brasileña. Viven todos en el barrio de Congreso.

El otro islam
Es viernes. A las dos, me explicaron, la comunidad va a la mezquita Al Ahmad, en Alberti al 1500. Allí se congregan inmigrantes de Mali, de Costa de Marfil y de Nigeria. Pero la mayoría es de Senegal, excolonia francesa. En sus cuerpos, se siente el desierto, ahora bajo el sol pegajoso del Río de la Plata. Freddy vive en Berazategui y se ilumina cuando habla de su familia: de Rosi, su mujer tucumana, pero sobre todo de Fatou, su hijo, con un mes de vida, nacido en Argentina, bellísimo en la foto del celular.

Es imposible abstraerse de la historia argentina frente a esta nueva inmigración que parece resurgir del pasado. Es inevitable repensar aquella “limpieza” étnica que se realizó en nuestro país en favor de la piel blanca de europeos empobrecidos, en detrimento de la población afroamericana producto de la economía esclavista de la época colonial. Hoy, a pesar de que no faltan versiones que buscan explicar lo sucedido por la fiebre amarilla o la guerra del Paraguay, se habla sobre todo de un plan gubernamental tan racionalizado como la conquista del desierto. En este sentido, a mis ojos, Fatou y su hijo están realizando un acto de justicia histórica.

De regreso en Once, con Omar, un amigo de Freddy, la charla es más juguetona. Dice que es de Costa de Marfil y admite que no le gusta Buenos Aires. Está aquí como una inversión económica. “No hay respeto”, dice. Para explicarse cuenta que se quedó pasmado cuando oyó a una niña diciéndole a su madre, con toda naturalidad, “¡me estás mintiendo!”. No quiere traer a su familia (a la que hace ya tres años que no ve), los niños no crecerían bien aquí, opina. “La mentira es algo muy pesado en nuestra cultura. Además, hay mucha ignorancia: salvo para unos pocos, para el resto vivimos entre monos y elefantes”, dice.

Detrás de él, por la calle Mitre, caminando soberbia por la vereda opuesta y bajo un sol radiante que corona su sonrisa enorme y su turbante de tonos verdes y turquesas, Mme. Coumba llama poderosamente mi atención. Junto a ella camina Monsieur Paco Fhiam, todo el mundo los saluda. “Ella vino primero, yo debía terminar mi trabajo en la embajada francesa de Saly, una ciudad turística de Senegal”, explica Paco. Su francés es muy bueno y enseguida corrobora los dichos de Omar sobre los elefantes y los monos con los que los argentinos suelen asociarlos, pero se apresura a señalar: “A su vez, la gente aquí es muy gentil y la ciudad es muy bella”. Mientras habla, Monsieur Paco le traduce en dialecto wólof a Mme. Coumba. No puedo evitar pensar en la valentía de esta mujer, cruzando el mundo.

África, el continente del ritmo
Abdoulaye Badiane es músico y profesor de djembé en Argentina. Su escuela creció tanto que ya cuenta con dos sedes. También es de Senegal, como sus tambores, los djembé, los saruba y los nyag nyagmas, traídos en barco, que me muestra con orgullo. Casado con una argentina, tiene un hijo de cuatro años al que llamó Ibrahim Tayel, combinando un nombre musulmán con otro mapuche. En el patio de su escuela en Caballito, nos sentamos frente a frente, comienza a soltarse luego de que le explicara de qué tratará esta crónica (no ha sido del todo buena su experiencia con los medios, dice). Con el sonido de los tambores de fondo y mate de por medio, nos adentramos en el corazón de África. “De chiquito me gustaba mucho la música y mi familia no quería saber nada. Pero como tenía una familia vecina que se llama Grioto, que eran músicos y luthières de varias generaciones, tuve la suerte de que me aceptaran como amigo de uno de sus hijos y así pude aprender”. Los Grioto, sigue diciendo, llegan hasta casarse entre ellos para que no se propague su conocimiento fuera de su control. Es que para la cultura africana la música es una herramienta fundamental:“Allá todos cantan, todos saben algo de música. De hecho, es bastante preocupante cuando alguien no sabe nada (risas)… Cada etapa de la vida tiene un tipo de música, cada tribu hace sus iniciaciones a través del ritmo, así se enseñan los códigos de la vida, los valores. Por ejemplo, en Senegal, la gente vive del cultivo, son cuatro meses de lluvia y si no cultivás te morís de hambre, entonces hay que organizarse… Lo que hacemos es juntarnos y vamos a trabajar una semana, los hombres en un campo, las mujeres con la comida y los chicos con el agua. Y todo se hace con cantos. Con los tambores, se arma un ritmo de coordinación y así se cultiva. Para cada uso, existe un ritmo determinado. El ritmo de cosecha es uno específico”, afirma.

Las clases de djembé comienzan en el interior del edificio y los alumnos van llegando. Son todos blancos y llegan contentos. Más que una escuela, parece un club, donde se viene no sólo para aprender, sino compartir una experiencia.

El islamismo es otro punto clave para comprender las costumbres y códigos morales de la comunidad senegalesa. Según explica Abdoulaye, la religión musulmana que ellos practican es diferente a la de los árabes, con guías propios como el profeta Cheikh Ahmadou Bamba, quien creó una rama musulmana un tanto distinta. “Un ejemplo: está claro que la mujer no puede usar pollera en la mezquita, no puede sacar su parte sensual porque a la mujer Dios se lo puso todo en su belleza, y si la muestra se vuelve muy provocativa. Entonces, ¿qué dicen muchos árabes?: la tapamos siempre. El negro no dice esto, solamente hay que taparse a la hora de rezar, sobre todo para no distraerse”.

Ahmadou Bamba fundó la hermandad Mouride en 1883. Su interpretación del Islam hace énfasis en las virtudes del pacifismo, el trabajo duro y los buenos modales. Se opuso a la colonización francesa, pero a través de la resistencia pacífica. Cuando consiguió convertir al Islam a muchos reyes de la región, fue acusado por la administración colonial francesa de preparar una guerra santa, y fue exiliado a Gabón en 1895, lo que dio origen a una de las festividades más importantes de la comunidad senegalesa, el Magal, que se realiza también en nuestra ciudad. Luego de 1910, las autoridades francesas resolvieron que Bamba no deseaba la guerra y colaboraron con su doctrina otorgándole la Legión de Honor. Esta raíz religiosa es la que estructura la ética de esta comunidad. Por esto que no toman alcohol, no usan drogas y cuando uno habla con ellos puede sentir la vibración de una religiosidad extremadamente vital y coherente.

Afuera de la escuela, el atardecer se anuncia en el cielo. Queda una cita con otra parte importante de la cultura africana, la comida. Parto hacia Almagro, no estoy lejos.

Maxime, vida y comida
Maxime me recibe con una cerveza. Él es dueño del único restaurante africano de Argentina, El buen sabor, donde se saborean platos populares de África. Y aunque casi no cuenta con materias primas originales, puede prepararnos un Ndolé, con base de acelga, acompañado con puré de maní. Maxime no es musulmán: ya queda claro por la cerveza, pero además cuelga una cruz dorada de su cuello. Más adelante, me dirá que es prowwwante y que tiene dificultad para encontrar iglesia. Están los Testigos de Jehová, pero no es lo mismo, dice.

Maxime sale de Camerún a los 17 años, como futbolista. Viaja a Gabón, luego por África Central y llega a Sudáfrica, donde deja el deporte y emprende una aventura personal que lo lleva por el mundo, incluyendo un paso por la Argentina de 2001. “Encontré un país en donde no había negros. Eso me llamó mucho la atención, por suerte no me quedé con eso, sino no hubiera podido volver. Conocí también otra parte, la parte de la diversión, dice con una sonrisa tan blanca como pícara. “Me sentí muy cómodo en la noche de Buenos Aires. Como estaba de tránsito, salí todas las noches y quedé fascinado. En 2002, volví a a buscar eso de nuevo, la noche” (risas).

Mientras hablamos, los vecinos pasan por la puerta del local y lo saludan. Estamos sentados en una de las mesas de la vereda del pequeño restó, debajo de su toldo rayado, y es evidente que el negro profundo de su piel y su simpatía lo han convertido en un personaje reconocido del barrio. “Principalmente, me sedujo la música. Mi cantante preferido es Cacho Castaña, amo el tango. Nosotros nos sentimos identificados con todo eso, no nos cuesta acostumbrarnos a su ritmo. También la parte sentimental, la forma de agarrar, la parte sensual”.

Maxime comenzó abriendo un kiosco con algunas comidas, luego llegó el restaurante. La integración no fue fácil, explica. Primero, por la falta de confianza de muchos padres de jovencitas que lo tomaban como un aventurero que pronto partiría hacia su África natal y luego por una discriminación sorda de gente que dice una cosa y hace otra. Pero nada impidió que le dejara su fruto a esta sociedad en la forma de su hijo Franco: “Me llevó prácticamente tres años entrar en la sociedad. No se aceptaba la idea de vivir junto con el africano. Ese rechazo era natural, nadie lo verbalizaba, pero estaba en el aire. Pero, otra vez, no me quedé con eso; hice un clic en mi cabeza para no confrontar con la sociedad, empecé a elegir a los amigos inteligentemente, encontré un buen grupo y a partir de ahí me instalé. Después, debo reconocerlo, me di cuenta que no era tan fuerte el rechazo como lo veía desde afuera. Había también un prejuicio mío, diríamos un 50/50”. Mientras oscurece, luego de que Maxime entra al local para prender el horno (que debe precalentar dos horas antes de abrir), pienso en la riqueza que significa el intercambio cultural con estas sociedades, y cuando regresa le pregunto qué cree que sería bueno trasladar de las costumbres que hay en África a Buenos Aires: “Lo primero que me viene a la cabeza es que allá no todo es el dinero. A pesar de la pobreza o la enfermedad, un africano vive sin presión. Eso tiene que ver con la cultura de nuestros ancestros. Cuando vamos a lo de mi abuela en el campo, al oeste de Camerún, ellos no tienen ni un billete, pero sí tienen comida. No manejan dinero, de ahí viene la tranquilidad africana. Eso es lo que yo trasladaría acá. En general, todas las tribus africanas, en todos los dialectos te dicen que las relaciones humanas valen más que el dinero”. ¿Y al revés? ¿Qué llevarías de acá a África?, le pregunto. Luego de pensarlo un rato, dice: “El desarrollo, ciertos avances, como por ejemplo el sistema de salud, los hospitales públicos. Allá estamos muy lejos todavía”.

Ya es de noche y Maxime debe ponerse a cocinar. Pero antes de despedirnos, comparte una idea. “África y Sudamérica son la Tierra Prometida. Debemos unirnos, para defender mejor nuestras riquezas. Hay que recuperar aquí la cultura milenaria, que se perdió, para que la gente se identifique con ella y no deje que nos vendan un sistema que nos genera un poquito de rompecabezas”, afirma, abriendo los ojos y contagiando su risa. 

×