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Literatura

Carta abierta a la historia

Escritor militante, ícono del periodismo, creador de un género luego capitalizado como propio por Truman Capote, la non fiction, puso el cuerpo para ratificar sus ideas.

Por Florencia Canale
Ilustración: Juan Nacht

 “¿Acaso toda la sociedad burguesa no está operando como un gran misterio?”, se preguntó el filósofo alemán Ernst Bloch durante el siglo XX. Esa misma duda, tal vez habría aquejado la mente productiva de Rodolfo Walsh, hasta que encontró la respuesta que lo conformó, para luego convertirse casi en un mártir.

El escritor y periodista –siempre señalado como el emblema del profesionalismo en las compulsas de la comunidad periodística- nació el 9 de enero de 1927 en Choele-Choel, provincia de Río Negro. Con algo más de veinte años y ya con la decisión literaria tomada, el joven Walsh empezó a trabajar en la editorial Hachette como lector, luego como corrector de pruebas de imprenta y también como antólogo y traductor. Como si el universo de la palabra escrita le hubiera sido completamente familiar, pudo lograr un espacio en las revistas Vea y Lea, y Leoplán. Sin embargo, sus deseos dentro del mercado fueron más allá: En 1953 publicó Variaciones en rojo y la primera antología de cuentos policiales argentinos. El policial fue lo elegido, tanto para el escritor como para el lector. Walsh comenzó por internarse en el género de enigma, el mismo que confirmaba la aparición de la figura del policía en la literatura como una vinculación de la irrupción de la burguesía. Y para seguir con el canon clásico, en sus primeros cuentos construye la figura del comisario y su ayudante desde las márgenes de la profesión policial, que son los candidatos para resolver un enigma.

Ficción o Non fiction
“Yo prefiero su simple presentación. Eso quiere decir que la novela es lo difícil de decir, lo que se resiste a ser dicho. Otra variante que he pensado es que la novela es la última forma del arte burgués, y por eso ya no me satisface”, había dicho Walsh. En 1957 inauguraba un género literario con Operación Masacre. A partir de la investigación periodística sobre los fusilamientos clandestinos de civiles en José León Suárez un año antes, produce la narración de los hechos por medio de procedimientos ficcionales. Tal fue el entusiasmo del escritor con su creación, que decidió instalarse en el género y en 1969 publicó ¿Quién mató a Rosendo? y en 1973, El caso Satanovsky. El enigma y el suspenso no los abandonó, sumó a la trama la politización.

La crítica internacional anunció con bombos y platillos que el creador del non fiction había sido el malicioso y exquisito Truman Capote con su A sangre fría. Pues nada más equivocado ya que Rodolfo Walsh publicó Operación Masacre nueve años antes. Quién sabe, tal vez las fechas no eran el fuerte de la academia extramuros.

A fines de la década del cincuenta, el hombre viaja a Cuba y toma posición con la fundación de la agencia de noticias Prensa Latina. También incursionó en la dramaturgia y en 1973 publicó su último relato de ficción, Un oscuro día justicia. Ya anunciaba en el prólogo que abandonaría la escritura, con un título significativo: “Hoy es imposible en la Argentina hacer literatura desvinculada de la política”.

Literatura y política
“El único enigma que propone el policial es el de las relaciones capitalistas: el dinero legisla la moral y sostiene la ley y es la única razón de estos relatos donde todo se paga. En este sentido, yo diría que son novelas capitalistas en el sentido más literal de la palabra: deben ser leídas, ante todo como síntomas”. Así define el género Ricardo Piglia, en su libro Crítica y ficción. Comienzan los setentas y el país -al igual que el mundo occidental- se convulsiona. Walsh no es ajeno a esto y decide dedicarse a la militancia política, primero en las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), y luego en Montoneros.

El 24 de marzo de 1977 y tras el suicidio de su hija Vicky, una oficial montonera, y de su pareja, Walsh redactó la conocida “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. Al día siguiente, mientras repartía ejemplares de la misma, un pelotón especializado lo encerró en el barrio de San Cristóbal, resistió y fue herido de muerte. Su cuerpo nunca apareció. Sus secuestradores y asesinos, entre ellos Alfredo Astiz y Jorge Acosta fueron sentenciados a reclusión perpetua.

Rodolfo Walsh devino, igual que el escritor y periodista cubano José Martí, en un mártir de su propia causa. Tras sentir que su escritura no era suficiente, puso el cuerpo en pos de sus ideales.

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