Publicidad Bajar al sitio
Cine y Series

Capitán Belloso

Actor multifacético, Carlos Belloso es uno de los actores argentinos con mayor versatilidad a la hora de construir personajes. Un trabajador metódico del drama y un combatiente del humor.

Por Esteban Ulrich
Fotos: Marcelo Arias

Carlos Belloso nació actoralmente en el under porteño. Pasó por el teatro, también por la pantalla chica y grande. Actúa y dirige, provoca risas y emociones. Ahora, estamos en el escenario del Multiteatro, donde él, junto a un grupo de destacados actores y amigos, se prepara para realizar una nueva función de Le Prènom, un éxito de la avenida Corrientes que va por su tercer año en cartel. Nos acomodamos en el sillón, ubicado en pleno centro del escenario, como si la entrevista fuese una obra en sí misma. Mientras hablamos, los técnicos preparan las luces a nuestro alrededor, ajustan detalles de la escenografía, y sus pasos se oyen nítidos en la acústica perfecta de la sala.

-¿Qué fue lo que más te interesó de La vida después, tu nueva película?
-Primero, trabajar con María Onetto. Nosotros hicimos una obra de teatro que se llamó Faros de color -la primera obra que dirigió Javier Daulte- y nos hicimos amigos. Siempre que tenemos la posibilidad de trabajar juntos, lo hacemos. Pero, al mismo tiempo, la propuesta de Franco Verdoia y Pablo Bardauil nos interesó sobre todo porque nos permitía sumergirnos en el proceso de separación de una pareja. Mientras leíamos y ensayábamos el texto, íbamos viendo sus distintas facetas y nos gustó mucho la idea de contar la historia desde los distintos puntos de vista que están en conflicto.

-El cine (pienso en La niña santa, de Lucrecia Martel) permitió descubrir la riqueza de tu lado más anti-histriónico, por llamarlo de algún modo. ¿Es algo que buscás a conciencia?
-Yo busco registros diferentes para resultados diferentes. Cuando Franco y Pablo me llamaron, su idea era trabajar en un registro más “naturalista”. Porque en este caso, menos era más. Pero no sucede así siempre. Creo que en el código del cine, sobre todo lo que capta la cámara es más lo que el actor piensa, que lo que hace, es raro tal vez de explicarlo, pero cuando actúo en cine creo que pienso mucho más de lo que hago, y eso se valora, porque en los primeros planos o en un clima más denso, como el de La vida después, que busca indagar en ciertas emociones, se ve el proceso de la emoción en el pensamiento. Lo mismo que me pasó con La niña santa.

-¿Cómo te formaste?
-En escuelas privadas, en el colegio hice algo de teatro pero muy tímidamente, me volqué a hacer teatro después de participar en la Guerra de Malvinas en el 82… Cuando terminó todo eso me di cuenta que quería estudiar teatro.

-¿La guerra como origen de tu decisión?
-Para mí fue muy traumático, hice el Servicio Militar justo cuando entramos en guerra. Le di protección al aeropuerto de Río Gallegos, con artillería antiaérea. Yo era un chico de 18 años que quería ir a bailar, imaginate. Cuando me tocó el Servicio Militar, mi viejo me dijo “bueno, no está nada mal que te toque”. Después me tocó ir al sur, y ya no me gustó mucho. Y enseguida se armó la guerra… ya era disparatado. Mi destino era Comandante Piedra Buena, en Santa Cruz, pero con la guerra me movilizaron directamente a Río Gallegos, donde me acuartelaron y después me pusieron en el servicio de defensa antiaérea del Aeropuerto de Río Gallegos, por orden del Quinto Cuerpo del Ejército. Ahí la cosa se ponía muy pesada, estábamos en guerra, alerta rojo, incursiones de comandos ingleses, derribamiento de helicópteros ingleses cerca de la costa… Fue denso. Volví muy deprimido porque  no podía entender en manos de quién estábamos… Volví con secuelas. Como todos. En el frente de combate, donde los ingleses desembarcaron para tomar las islas, se peleó y hubo muertes, pero hubo varios frentes: el frente de las Islas Orcadas y Sandwich, el frente marítimo donde hunden, fuera de la zona de exclusión, al Gral. Belgrano, que es donde se da la mayoría de las muertes, y otro de los frentes era el litoral marítimo, del paralelo 42 hacia el sur, que fue donde más movimiento hubo, porque de ahí salían todos los aviones de combate, de Río Gallegos, Comodoro Rivadavia, Salto Grande… No sólo volví con secuelas psicológicas por el tema de la presión continua, sino también físicas, soportábamos 25 grados bajo cero, con escasa protección, llegué a tener principio de congelamiento. No es lo mismo que lo que les pasó a los chicos en la primera línea de combate, pero no por eso fueron menos sentidas en el cuerpo.

Escape al escenario
Carlos deja por un momento de ser Belloso, el actor, el ganador de cinco Martín Fierro. En su voz se percibe que el relato no es del ámbito de la ficción. Que habla de una herida concreta, con una evidente connotación histórica. Por suerte, el pequeño milagro de la sublimación llega a tiempo para recobrar la sonrisa. En el teatro las heridas pueden curarse. Otra gran verdad que se vuelve evidente.

-¿De la pesadilla de la guerra a Los Melli y el Parakultural?
-Sí, ni bien salí empecé a estudiar. La escuela municipal de arte dramático estaba muy cerca del Parakultural, salíamos de la escuela y nos íbamos ahí a trabajar. En ese momento me dije que si había logrado hacer algo obligado en una situación de presión, que no me gustaba, y lo pude hacer bien –porque considero que fui un buen soldado–, entoncés mejor podía hacer lo que realmente quería. Después, me fui dando cuenta cómo era el mecanismo de la actuación de teatro. Cuando lo entendí, ya no me quise bajar del escenario. Sentir que el público reaccionaba a algo que me pasaba… esa sensación no la quise abandonar nunca más.

-Después vino la televisión
-Sí, de a poquito me fui abriendo a distintos formatos. Al principio fue apostar muy fuerte al teatro, después a la televisión y finalmente al cine. Siempre de a poco, respetuosamente.

-En TV sorprendiste con un estilo propio para caracterizar a tus personajes. ¿Fue una idea tuya?
-Cuando empiezo a trabajar en las productoras, ellas abren un poco el juego para la gente del teatro. Sea Polka o Ideas del Sur, con quienes hice Tumberos. Con Endemol también. Al llegar a la TV, les dije que no veía mucha caracterización y que a mí me gustaría hacerlo, y la idea les fue entusiasmando. Con Ideas… también hice Sol negro y Costumbres argentinas, y de allí me abrí a otros formatos como el cine, con La niña santa. Siempre con pies de plomo, no iba a rifar mi carrera por algún ofrecimiento económico o un protagónico inmediato. Creo que hice un camino acertado, que me permitió dominar todos los formatos o rubros. Ahora terminé de hacer una miniserie, estoy haciendo otra, se estrena la película, y hago esta obra de teatro. 

-¿Te sentís parte de una tradición de actores, que sale del under para explotar en un formato popular? Pienso en un Gasalla, por ejemplo…
-Sí, y tiene mucho que ver con el humor, algo que a mí me gusta. Cuando empecé con Los Melli, conformábamos un dúo de humor, más allá de que era teatral. La gente venía a reírse. En todas las obras que dirijo trato que el humor esté presente. Por eso, en cine me doy el lujo de hacer otras cosas, de ir por otro lugar, porque tengo esa posibilidad, aunque también lo he hecho en el teatro. Hace poco, con Leonor Manso, hicimos El cordero de ojos azules, que era otra cosa. Así como me gusta incursionar en los formatos, me encanta hacer lo mismo con los géneros. Ampliar el registro me permite ir a otros lugares que quiero visitar, hay momentos en los que quiero hacer reír mucho a la gente y otros en los que quiero emocionarla. Esta comedia, Le Prènom, me encanta, no hay mayor satisfacción que salir y hacer reír a la gente. Después, voy y dirijo en La Casona Iluminada, un ciclo que se llama Teatro Bombón, para el que también escribo.

Director de orquesta
Carlos Belloso está más relajado, se estira sobre el sillón y ya no presta atención a lo que sucede con las luces, con los movimiento, si bien la gente del teatro están siempre atentos a sus palabras. El actor está en el centro de su universo, al que ama tanto como conoce.

-¿Te atrae de la dirección?
-Mucho, sobre todo la dirección de obras chicas, muy artesanales, en las que apuesto mucho a la actuación y no tanto a la producción. Donde destacan los actores, no los efectos especiales. Hice mis unipersonales, donde me tuve que autodirigir, y a partir de ahí pude empezar a dirigir a otros actores. Me gusta ese contacto. Y, si bien no doy clases, cuando dirijo se me escapa algún consejo o corrección, creo que enseño más dirigiendo.

-Hablando de maestros, ¿a quién sentís como referente?
-Un vez monté una obra que se llamó Mundomudo, sobre la vida del actor estadounidense Lon Chaney, que para mí fue uno de los mejores actores del mundo. En el ámbito local también hice una obra basada en la vida de Pepe Marrone, con Pablo Zunino escribimos Lo que me hizo Marrone, a partir de un encuentro con Coqui Marrone, la hija de Pepe, en donde incursionamos en lo que sería el teatro repentista, o el teatro nacional con muchos códigos, con muchos estamentos. Marrone venía de La Rascada, un tipo de teatro que se hacía en distintos lugares –en Costanera Sur o en las fondas de Mataderos–, similar a lo que en nuestra época llamábamos el under, donde el actor trabajaba por la comida. En La Rascada aparecen elementos como “el latiguillo” (el «¡Cheeeee!», con el que Marrone cerraba), “el aparte” («Ay, mamita querida»), “el retruécano” («me saco el saco, me pongo el pongo») o “la morcilla” que viene del teatro, pero originalmente es de La Rascada: el “morcilleo” es la improvisación, cuando un actor estaba llegando tarde entraba Marrone y entretenía al público “morcillando” durante 15 minutos. Cuando Marrone entra en el teatro comercial resulta ser un genio, porque La Rascada le dio una enorme soltura con la gente.

-Hiciste de todo: ¿qué faltaría?
-Yo avanzo en la medida que se puedan realizar las cosas. Tengo varias ideas para desarrollar programas para la TV, pero están encajonadas, porque una obra de teatro la puedo hacer, la escribo y es más realizable, pero un programa de TV no es lo mismo, no alcanza con voluntarismo. Necesitás gente, técnica, plata, productoras, lo mismo el cine e incluso el teatro comercial. Al mismo tiempo, para mí en TV todavía está todo por hacerse. Hoy se apuesta a cosas seguras, mucho formato enlatado y probado. Sin codificar es un experimento interesante. También hay algunas ficciones muy interesantes de la Televisión Pública. Yo estoy en Los siete locos y me gusta mucho. Se apuesta a cosas, no sé si nuevas, pero al menos un poquito más arriesgadas. Los otros canales abiertos apuestan a cosas diferentes, pero sin gran novedad, finalmente trabajan siempre con las mismas productoras, que si se mueven lo hacen apenas un milímetro. Es entendible, un cambio puede ser muy costoso, además hay una competencia feroz del cable, con series internacionales muy potentes. En ese sentido, yo apuesto a los géneros. Actualmente estoy haciendo un programa que se llama Vigilantes, una serie que apuesta al humor con un formato de sitcom norteamericana pero adaptada a nuestra idiosincracia. Pero siempre hay más, mucho más por hacer.

×