Publicidad Bajar al sitio
Viajero Bacanal

Calles de San Francisco

Su arquitectura victoriana esconde historias memorables y un presente intenso.

Por Celeste Orozco

Aterrizar en San Francisco es como caminar sobre el agua. Se puede comprobar en los muchos videos subidos en Youtube. La pista se ve allá lejos como un rectángulo gris, difuso, que se mete en el mar sobre un margen en la punta sur de la bahía. Si es de día y está despejado, el paisaje es enteramente azul y no es incoherente pensar que, ante el mínimo error de cálculo, el avión va a terminar flotando en el océano. Si es de noche y hay nubes, las luces y su reflejo forman algo que se parece a un pintura de óleos pastel; rojo, naranjas y amarillos rompiendo la negrura. Una vez que el avión toca la tierra, restan 20 minutos para llegar a la ciudad que fue epicentro de todo -o al menos casi todo- lo que tuvo que ver con la contracultura en los Estados Unidos, allá por los libertarios 60s y 70s. Ese reverso exacto del american dream: beatniks, hippies, gays, la experimentación en todos los sentidos fue posible allá. Para muchos San Francisco fue, alguna vez, el centro del Universo. 
Hoy, una primerísima impresión de la ciudad podría arrojar los siguientes datos: arquitectura victoriana, colinas, brisa intermitente, plantas suculentas en los umbrales, oferta gastronómica infinita, límites visibles entre un barrio y el otro, sutil olor a faso. En el transporte público, ancianos y mascotas viajan sin pagar y por las calles hay una notoria cantidad de personas con problemas de salud mental. Comentan los oriundos que la explicación de esto último se remonta a una vieja medida de desinstitucionalización para bajar el gasto público: muchos de los que estaban entonces internados se convirtieron en homeless, y lo siguen siendo hasta nuestros días. Por suerte, la ciudad, en su amigable acontecer, su clima benigno, su legislación laxa, su afluencia de visitantes y su apertura mental, se percibe como un buen lugar para quedarte si estás loco. Y si no lo estás, también.

Con ritmo beat
San Francisco es una ciudad portuaria. Mirando el mapa, hacia el sur las casas empiezan a difuminarse por los barrios alejados hasta llegar a la vecina Daly City. Hacia el norte, el este y el oeste, está rodeada de agua. En la punta más alta, su distintivo más reconocible: el puente Golden Gate, que cruza a Sausalito y asciende hacia Alta California, zona verde de viñedos (Napa, Mendocino) y los árboles más altos del mundo (los redwoods). Trazando una diagonal que la atraviesa de este a oeste, la Avenida Market parte desde el Ferry Building (a donde vuelven los barcos que llegan desde Sausalito) hasta el Castro, el barrio gay, pasando por el mismísimo centro del turismo: la estación Powell del BART (el metro), desde donde parten viejos trolebuses, reliquias que ondulando por las lomas te pasean por los márgenes del Barrio Chino, el primero en Estados Unidos, y te devuelven a la costa a la altura del Fisherman’s Wharf, donde los antiguos embarcaderos albergan hoy restaurantes que despachan pescados y mariscos. ?Lo clásico ahí será una clam chowder en Boudin Bakery, una sopa cremosa de almejas que se sirve en un bowl de pan Sourdough, típico de la ciudad, que se elabora in situ. Pero hay miles de puestos al paso donde se pueden comprar sándwiches de cangrejo o camarones con sour cream y otras delicias del mar, para comer sentados en el muelle de la bahía, como bien canta Otis Redding, mirando los barcos que por 15 dólares te llevan a dar una vuelta por las aguas, te acercan a la prisión de Alcatraz y te estacionan abajo del puente rojo para que pidas deseos.
En las inmediaciones hay otras dos atracciones inevitables. Una, el museo de barcos y submarinos de la Segunda Guerra Mundial, en su gran mayoría construidos por mujeres (lo cual, dicho sea de paso, prendió la chispa del feminismo en Estados Unidos). De aquí deriva la famosa ilustración de J. Howard Miller, la de Rosie, la ribetera, esa que muestra a una mujer musculosa y empoderada gritando “We can do it!”. La segunda es el Musée Mécanique, donde se conservan la mayor cantidad de arcades. Muchos, se pueden usar: “Por favor sea gentil con estas máquinas. Muchas de ellas son o serán más viejas de lo que usted lo será alguna día”, advierten. 
De vuelta por el mismo camino, el Barrio Chino. Si se planea pasar una temporada en la ciudad -y, en consecuencia, cocinarse uno mismo-, ésta debería ser la zona donde buscar alojamiento. Abundan las ferias callejeras de frutas y verduras, en una colorida oferta que demanda varios días para terminar de explorar, además de los clásicos supermercados con rarezas y productillos, como en cualquier barrio chino de cualquier ciudad del mundo. Al lado, como en Nueva York, queda la pequeña Italia, aquí escenario de las aventuras literarias de los beatniks, con sus burdeles de zona portuaria, sus restaurantes mediterráneos, sus tiendas delicatessen (chequear Molinari, una maravilla), su ropa en los balcones y la célebre librería City Lights. Sobre el final de la cortadita Jack Kerouac está el bar Vesuvio, donde dicen que el escritor se pasó de copas la misma noche en que debía encontrarse con Henry Miller en Big Sur y nunca llegó. Un poco más adelante, la casa donde Allen Ginsberg escribió “Howl”, su poema más famoso. ??Pasado hippie, presente hipster
Avanzando por Market (lo mejor es elegir el transporte público: la flota de coches de San Francisco tiene románticos ejemplares de principios de siglo), se puede apreciar cómo la zona turística y chic alrededor de Powell cambia rotundamente a las pocas cuadras y se convierte en una suerte de guetto llamado Tenderloin -donde quedan la mayoría de los hostels baratos-. Ahí está el edificio Odd Fellows Temple, diseñado en 1909 y habitado durante la fiebre del oro por una fraternidad de raíces inglesas. Bastante más adelante, la avenida deriva en los vecinos La Misión y Castro, barrios latino y gay respectivamente, mediados por el bonito Dolores Park. Es esta la zona más relajada, exhuberante, border, jocosa y nocturna de la ciudad. En Mission están las ferias americanas baratas (enormes galpones del Ejército de Salvación y Goodwill donde podés encontrar una campera Ralph Lauren a tres dólares), taquerías, una de las mejores pastelerías de la ciudad -Tartine, donde los visitantes hacen fila desde antes de que abra- y gente que habla en español. En el Castro, neones, sex shops y dos lugares inevitables: el Castro Theather, de fachada estilo español y un interior dorado y rojo, que data de 1922 y usualmente programa cine mudo (Hitchcock, por ejemplo). Y el Museo de la Historia LGBT, con Harvey Milk como héroe.
Otros dos barrios vecinos entre sí concentran en un pequeño radio el pasado hippie y el presente hipster: Haight Ashbury y Lower Haight. El primero fue escenario del Verano del Amor. Janis Joplin y los Grateful Dead vivían y ensayaban por ahí. Era el lugar de encuentro de la comunidad psicodélica, con conciertos habituales sobre el final de la calle Haight, donde queda la entrada al Golden Gate Park y sus bellos jardines. Si en su momento esta era la zona donde ir a buscar marihuana y otras yerbas, hoy la calle principal tiene varios smartshops y dispensarios, además de restaurantes, supers orgánicos, disquerías (chequear Amoeba Music) y locales de antigüedades. Al igual que en su vecino, en Lower Haight manda la arquitectura victoriana. Por ahí están las famosas Painted Ladies, casas que datan de 1849 y 1915, y que no fueron destruidas por terremoto de 1906, como sí sucedió con algunas similares más cerca del centro. Por sus alrededores, en las inmediaciones de Alamo Square y el Fillmore District, está repleto de restaurancitos, cafeterías y lugares donde ir a escuchar música. Un poco más al norte, el barrio japonés y su mercado de bagatelas, todo por un dólar.
Por último, los parques: el Golden Gate y el Presidio Park son los más grandes y se prestan para recorrer en bici, con parada obligada en sus puntos de interés, que son varios. El Golden Gate Park tiene una zona de reserva de búfalos –casi extintos en Estados Unidos–, el Conservatorio de Flores y el Museo de Young, para una vista de la ciudad en altura. El Presidio Park sirve de paso para llegar al puente. Muy cerca, pero sobre la playa, están las ruinas de las viejas piletas de Sutro, un complejo de recreación privado abierto a finales del siglo 19. Cuando cae el sol, desde ahí se tiene la mejor postal del Golden Gate, iluminado sobre el mar. Porque, sí, el puente será ya una visita trillada. Pero sigue siendo tan impactante e inevitable como siempre.

×