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Cine y Series

Cadáveres exquisitos

El regreso (con cambios) de True Detective a la pantalla chica

Por Martín Felipe Castagnet

Hace un año, True Detective irrumpió como una tromba en el podio de las mejores series ya no de la temporada sino de la década, incluso opacando el estrellato que bien le correspondía al final de Breaking Bad, gracias a una impecable factura técnica, un elenco en ebullición y, por sobre todo, un guión tanto místico como nihilista, donde no cabía ni la aguja de la esperanza. Cuando el domingo pasado HBO estrenó finalmente su segunda temporada, la pregunta que corría en boca de todos era la misma: ¿podrá cumplir el milagro de estar a la altura de la primera?

La temporada original de este neo-noir ya lo tenía todo: la química cáustica entre Matthew McConaughey y Woody Harrelson, en un balance sostenido por la emergente Michelle Monaghan; la ambientación en el exuberante y magnético delta del Mississippi, todavía arrasado por huracanes; una estructura redonda armada a través de flashbacks que forman parte de un interrogatorio con consecuencias inmediatas; incluso el hallazgo de la renovadora cortina musical, “Far from any road”, de un disco de The Handsome Family apropiadamente titulado Singing Bones. Pero para esta nueva edición y las que vendrán su creador, el escritor Nic Pizzolatto, tomó una decisión a contramano de las precauciones del mercado, tan gustoso de las fórmulas ya probadas: cada temporada de True Detective empieza de cero e introduce nuevos actores, personajes, ambientes y tramas. Abandonaremos (¿definitivamente?) a Rust Cohle y los huesos macabros del Rey Amarillo; este año es el turno de Colin Farrell, Rachel McAdams y Vince Vaughn en los desiertos industriales que bordean Los Ángeles, tras la aparición de un cadáver que carece de ojos pero al que le sobran misterios.

Cary Joji Fukunaga, el entonces ignoto director de los primeros ocho capítulos y sus apabullantes planos secuencia, ya no será de la partida salvo como productor ejecutivo; su lugar tras las cámaras es inicialmente ocupado por Justin Lin, director de las elogiadas últimas ediciones de Rápido y Furioso y de algunos capítulos de la siempre subversiva Community. Para los créditos de presentación, también realizados en clave de collage, el gusto musical continúa intacto con “Nevermind” del más reciente disco de Leonard Cohen, que al igual que el zorro suma mañas con los años, cuya letra es especialmente sugerente a las líneas argumentales de la serie: “nunca me atraparon / aunque muchos lo intentaron / vivo entre ustedes / muy bien disfrazado / cavé muchas tumbas / que nunca van a encontrar”.

El cielo que se cierne sobre los personajes es cada vez más negro: almas perdidas, dinero sucio, justicia ilegítima, padres sin hijos, adictos consumidos y muertos que posan como actores para las cámaras. Entre todos los cambios entre un año y otro, permanece una certeza: Carcosa, esa caverna de corrupción de la primera temporada, no queda en los distantes miedos de la ultratumba sino en la cercanía profundo del corazón humano.

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