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Columnistas

Blooding Marys

Experta en bares y cocktails, una voz autorizada para desvelar el otro lado del mostrador: Inés De los Santos.

Por Inés De los Santos
@inesdelossantos

Hace unos días viaje a Mendoza con un grupo de periodistas para la presentación de un nuevo producto de una bodega. En una divina casa en medio de los viñedos, se impuso charla informal sobre si los bartenders teníamos o no problemas con las importaciones, si hay faltantes para hacer los cócteles (cosa que, by the way, pasa en este país antes de la era Moreno). Y ahí, uno de los periodistas que estaban en la mesa me comenta que su cóctel favorito era el Bloody Mary y que ya no conseguía el jugo de tomate importado que le gustaba para prepararlo. Me llamó mucho la atención su cara de sorpresa cuando le sugerí que, si tenía una juguera y compraba tomates, podría prepararse todos los bloodys que quisiera. Un dato menor, sí, pero que vuelve a poner en evidencia lo que suelo repetir: a veces hay que tomarse un minuto para entender la coctelería.

Mi primer encuentro con el Bloody Mary fue un verano, cuando era muy pebeta y pasé a buscar a mi mamá por el bar a la vuelta de los jueguitos en Pinamar. Recuerdo que ahí estaba mi vieja y sus amigas tomando estos tragos exóticos, que para mi mirada infantil de ese entonces eran vasos rojos con nombre sangriento. Algo así como pensar por un momento que mi mamá era un vampiro… En fin, con el tiempo y mi vocación fui develando ese misterio de mi niñez.

El Bloody es básicamente un jugo de tomate condimentado con una base de vodka. La receta dice así: dos onzas de vodka, cuatro onzas de jugo de tomate, un chorrito de jugo de limón, pimienta negra, sal o sal de apio, salsa inglesa, salsa picante, un tallo de apio para decorar e ir comiendo mientras el trago va bajando.

Hay muchas historias acerca del nacimiento de este trago, pero la más creíble es la que apunta al Harry’s New York Bar en París donde, cerca de 1934, el bartender Fernard “Pete” Petiot le dio forma. Luego viajó al King Cole Bar en Nueva York y así se fue haciendo conocer por el mundo.

Tantos años de bares y de trabajo en la barra me han dado gustos y disgustos en relación a este trago que parece sencillo. Una vez me tomé un Bloody al que le agregaron Angostura Bitters, supongo que por ser una botella pequeña al igual que la salsa inglesa y el tabasco. Claro que sólo el tamaño de botella es similar…

Una de las bellezas que tiene este trago es que existen miles de versiones y los bartenders pueden jugar con cuanta salsa picante (de ajíes, wasabi, pimientas), sales, tomates de colores e ingredientes ahumados encuentren. Hasta hay una versión con chimichurri, como parte de la carta de tragos de los restaurantes de la cadena Gaucho Grill, con base en Londres.

Por suerte ya no veo casi por ningún lado eso tallos de apio eternos que salían de la heladera cuasi congelados, como si se quisiera momificarlos. Soy militante del apio con hojas para saber si está fresco o no. Por suerte he tenido algunos seguidores y hoy en varias barras de Buenos Aires están los famosos floreros de apio verde. ¡Ja!

Además de ser uno de los míticos tragos para tomar como cura-resaca (por ser picante y energético), es un exitazo en las reuniones caseras, sobre todo en verano. Mucho ayuda que es un cóctel apto para hacer en jarra para compartir con los invitados. De hecho, el mix de asadito más Bloody Marys es una cosa de la que nadie se debería perder. Y ahora, gracias a las secuelas producidas por la serie Mad Men, este ícono de la coctelería podría aparecer también en cualquier sala de reuniones para cerrar un buen negocio.

Hay muchos buenos bares donde beber un Bloody Mary bien hecho. Si te da el bolsillo, vale la pena acercarse a Taquino (Rodríguez Peña 1967), en el pituco barrio de Recoleta. Allí, detrás de la barra hay un gran bartender, Sebastian Tiseira, con quien tuve el gusto de trabajar por años. El suele hacer un Bloody especial con el vodka polaco Zubrowka, jugo de tomate, bloody mix y lo termina con semillas de eneldo tostadas y rodajas de pepino.

Otro Bloody legendario era el de Tato Giovanoni que se hacía en Sucre, con jugo de tomates asados, que cedían un sabor y aroma particular, entre ahumado y fresco. Epocas doradas de la barra del restaurante del bajo Belgrano.

La clave del trago es condimentar el jugo de tomate bajo la misma lógica que el aliño para una ensalada: una base ácida, sal, algo picante. El resto es una buena elección de vodka. Y, por supuesto, Javier Martínez dixit, un buen jugo de tomates fríos.

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