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Viajero Bacanal

Bienvenidos al tren

El lujoso Belmond Hiram Bingham que une Cusco con Machu Pichu es la manera más exclusiva de acceder a la ciudadela.

Por Susana Parejas

El sol de las 9 de la mañana empieza entibiar el día. El cielo se ve azul, tan azul. Hay que caminar necesariamente lento para que los 3.500 metros de altura no jueguen en contra. Pero el tema de la altura es sólo cuestión de tiempo, sólo hay que esperar para aclimatarse a ella. Y hay momentos en que se deja de pensar en cuán alto se está para disfrutar de los colores, la música y todo el despliegue de cultura andina que da la bienvenida a los pasajeros del tren Belmond Hiram Bigham en la estación de Poroy, a unos 20 minutos en auto de Cusco. El destino final de este viaje es Aguas Calientes, el pueblo que está debajo de la montaña con el tesoro inca tan bien guardado durante años por la selva: Machu Picchu. Pero faltan tres horas y media de viaje para llegar a la ciudadela. Ahora es tiempo de quena, incienso y cantos en quechua que animan a los pasajeros que aguardan subir a este exclusivo tren.

En la estación esperan los vagones pintados de azul con letras en dorado que destacan el nombre de este servicio de lujo de Perú Rail’s entre Cusco y Machu Picchu, un homenaje a Hiram Bigham, profesor de la universidad de Yale que dio a conocer al mundo las ruinas de la antigua ciudadela incaica en 1911.

Una copa de champagne, de mimosa o un té piteado hecho a base de té negro y el mejor pisco, se convierten en la antesala del viaje. Un brindis compartido, mientras los viajeros caminan, trago en mano, un par de mujeres y hombres vestidos con trajes tradicionales danzan bailes autóctonos en el andén, y un grupo de músicos pone clima a esta primera escena. El ambiente se puebla de sonidos andinos, y de naranjas, azules, rojos y amarillos. Falta muy poco para partir.


La entrada al vagón es como un flashback a los años ’20, época en la que estos vagones fueron construidos en la Compagnie Internationale des Wagon. En 2001 los trajeron desde Sudáfrica a Perú, donde se los reacondicionó, hasta que comenzaron a correr dos años después.

Todo es lujo en este tren. Los lectores de la biblia de los viajeros, la Condé Nast Traveler, lo eligieron como el “Mejor tren del  mundo”. Tal vez por eso también es muy común encontrarse con personajes famosos como el ex presidente Vicente Fox de México, frecuente viajero junto a su mujer y sus nietos. Cuentan también que la banda Metallica reservó un vagón sólo para ellos, y que hace unos meses era posible cruzarse con Richard Gere en el andén.

Sabor local
En los dos coches comedores se distribuyen dos filas de asientos tapizados, para cuatro o para dos pasajeros. Justo en el centro se despliega una mesa coqueta, cubierta con manteles de lino blanco, con un servicio que incluye platos de porcelana y copas de cristal, y unas pequeñas lámparas que completan la ambientación. El vagón bar ofrece tragos tanto clásicos como otros especialmente diseñados para este viaje, como el “Cholito” o el “Machu Picchu”, elaborados con plantas locales y pisco. Para los que quieran más diversión y ritmo junto a una vista panorámica, está el último vagón llamado “Observatorio” por sus grandes ventanales, desde donde el paisaje parece colarse en el tren. El ritmo lo impone el trío Sabor y sentimiento, que acompaña gran parte del trayecto interpretando canciones del mundo. “¿De dónde es usted?”, le preguntan a cada pasajero. Y al instante, un tema de ese país empieza a sonar.

Los que prefieren sólo admirar las postales a través de las ventanillas se quedan en su asiento en el vagón restaurante. La vida andina transcurre más allá de los cristales. Así pasan los campos sembrados de maíz o papa, mientras los lugareños saludan al tren con la mano y sonríen si uno les devuelve el saludo. Las mujeres plantan papas, otras lavan su ropa en el río. En cada tramo los colores van cambiando de verdes a marrones salpicados por rocas rojizas. Las terrazas agrícolas aparecen como cayendo de las montañas, dando señales de que la sabiduría de los incas se mantuvo por años.

Cada tanto aparecen casitas hechas de adobe con techos de tejas rojas, herencia que los españoles dejaron por esta zona. Y el compañero de siempre, el río Sagrado o Urubamba, que corre paralelo a las vías con su caudal generoso: por momentos se embravece entre rocas, por momentos se calma entre los altos valles, donde el “kikuyo” (pasto) colorea el paisaje. Y aunque no sea una planta autóctona, los eucaliptos se ven aquí y allá. “Fueron introducidos con fines ornamentales desde Australia en el 1800 por los ingleses para construir los durmientes, hoy se los usa en la construcción y su leña como combustible”, cuenta Carlos Gamboa, guía que trabaja en el tren desde hace 10 años.


Los pueblos se suceden: Huarocondo, Pachay, Ollaytaytambo y Chilca, desde donde se ve el nevado Verónica, con sus 5.700 metros, Piscacucho, Qoryhuayrachina… Para los que no pudieron arremeter a la altura, hay disponible té de coca, de muña (la menta andina) y hasta oxígeno. Pero, contrario a lo que muchos suponen, el tren baja, no sube, ya que Aguas Calientes está a 2.000 metros de altura, y Machu Picchu, a 2.400. Por lo que si alguien le dio “soroche”, como llaman aquí al mal de altura, empieza a sentirse mejor a medida que el viaje avanza. Y más aún cuando llega la hora del brunch. La propuesta incluye un menú de tres pasos con productos típicos. Por ejemplo, trucha de Wuayllabamba o canelón de cordero del valle, con verdes del manantial y fruto del saúco y pesto de papa nativa. Dulce final, un postre de cacao orgánico al 55%, con piña, toffee de maca, aceite de oliva, sal de Maras y lavanda. El sommelier recomienda posibles maridajes. Si se saca pasaje de ida y vuelta, también se toma la cena en el tren. Y, lógicamente, el menú varía. Hay platos con papa de 3.000 metros y bife de mara. La quinua, un cultivo de esta zona, y hasta la esencia de eucalipto, están presentes en las creaciones del menú. Para los más golosos, imperdible el parfait de chirimoya, con zanahoria y nibs de cacao, reducción de mandarina y kion.

Magia andina
El sonido del tren irrumpe en los andes peruanos y el día regala un sol pleno que resalta los paisajes que van mutando al andar. De a poco la vegetación aparece más verde, más tupida, más salvaje. Es que se está entrando a la “ceja de selva” -como aquí llaman a la selva de montaña-, al bosque de nubes. Es la misma vegetación que tapó durante tantos años el santuario inca.


Es el mediodía, falta media hora para que el tren arribe a la estación de Aguas Calientes, el pueblo de Machu Picchu  atravesado por el río Sagrado. Una feria tienta con sus productos artesanales mientras se caminan los pocos metros para llegar a los micros que cumplirán él último tramo del recorrido.


Para los que quieran llevarse la mejor foto de las ruinas, lo ideal es pasar una noche aquí y aprovechar la caminata por el sitio arqueológico por la mañana, ya que al llegar al mediodía, el sol corta con dureza el paisaje. Tanto para los que se quedan como para los que vuelven en el tren que sale a las 6 de las tarde, en el restaurante del hotel Belmond Sanctuary Lodge que está justo en la entrada al parque, se ofrece un servicio de té con delicias dulces y saladas.


Con las últimas horas de luz se prepara el regreso. Los vagones azules esperan en la estación de Aguas Calientes con la última postal de Machu Picchu que se guardará para siempre. Pero todavía queda más. Queda la vuelta. Porque a veces lo importante no es el destino, si no el viaje.

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