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Territorios

Barrios tóxicos

Vistos por unos como refugios verdes cerca de la ciudad y por otros como guetos de elite, pocos señalan a los countries y a los barrios cerrados como una constante amenaza para el ecosistema.

Por Denise Destefano

Tranquilidad. El silbido del viento a través de las hojas verdísimas de los árboles y una risa de nena que se acerca en triciclo. Apenas un auto, que pasa a no más de 20 kilómetros por hora. Las calles lisas, las casas una más linda que la otra, la seguridad en la esquina. Y a dos cuadras, el lago.

Si bien los countries y barrios privados ya no son garantía de amparo contra los delitos, siguen sosteniendo la promesa de una calidad de vida diferente, más sana y cerca de la naturaleza. Una vida “verde”, si se quiere, para los de adentro. Pero desde afuera, si se presta atención, se puede escuchar las quejas de quienes se oponen a estos emprendimientos blandiendo la bandera ambiental.

Verde shocking
A Nordelta se lo denunció por usar en su relleno los lodos del fondo del Canal Aliviador del río Reconquista, uno de los dos cursos más contaminados del país. El emprendimiento Nueva Costa del Plata, en Quilmes, que amenazaba parte de la selva marginal de Bernal, fue detenido. En Berazategui, se acusó a Puerto Trinidad de apropiarse de más de un kilómetro de playa y elevar la cota de tierra por encima de los cinco metros destruyendo el hábitat natural. También por el sur bonaerense, se le atribuyó a los desagües del barrio cerrado Abril las inundaciones sufridas en la zona de La Porteña, Hudson.

Además de Buenos Aires, las urbanizaciones cerradas proliferan en la periferia de otras grandes (y no tanto) ciudades. Según un informe de 2009 del Consejo Federal de Planificación y Ordenamiento Territorial, Mendoza tiene unos 180 conglomerados de ese tipo, Córdoba 150 y en Rosario hay cerca de 40. Particularmente en el caso de Rosario, en 2010 la Secretaría de Medio Ambiente de esa provincia reveló que “sólo uno de los muchos emprendimientos” había realizado los estudios de impacto ambiental correspondientes.

Con un inicio no tan comentado que se remonta a la década del ´30 en el Aglomerado Gran Buenos Aires, las urbanizaciones cerradas tuvieron un crecimiento importante hacia fines de los 70 y explotaron en los años 90. En el nuevo milenio vienen expandiéndose a una tasa menor mientras se consolidan los barrios inaugurados en la década pasada.

El reconocido sociólogo y urbanista catalán Jordi Borja, quien visitó nuestro país en noviembre del año pasado, se refirió a los barrios cerrados como “un crimen”. “Quiere decir que hay criminales: los que los hacen, los que los permiten, los que los diseñan y los que viven allí. Son una pandilla de criminales, son urbanicidas”, definió.

El especialista, que habla sobre la “agonía” de las ciudades, dice que “los barrios cerrados son una negación de la ciudad, estén ubicados en el tejido urbano o en las afueras”. Y, desde el punto de vista ambiental, hay estudios que sustentan su posición.

Naturaleza muerta
Un informe del Conicet analiza estos emprendimientos en la localidad de Manzanares, Pilar, provincia de Buenos Aires, y explica que afectaron “la erosión de la capa fértil por la instalación de contrapisos de las viviendas, la construcción de caminos de acceso y circulación interna de los nuevos barrios y la deforestación del terreno para la implantación de los asentamientos”.

La investigación que realizaron Verónica Paiva, Javier Gómez, Marta Kaplanski, y Ana Sánchez Espiñeira muestra que “la instalación de nuevos barrios puede producir una sobreexplotación de los acuíferos naturales. En torno al aire, la única alteración posible de preveer es un aumento de la contaminación, por la mayor circulación de vehículos” y señala, entre otros perjuicios que pueden provocar, la contaminación visual por la presencia de torres de alta tensión y alambrado.

“El espacio verde se generó a expensas de la fragmentación de un ecosistema natural de mayor dimensión”, apunta el informe y alerta que, aún cuando el barrio respete los metros mínimos de espacio verde público definidos por la ley, “el problema es que ese espacio verde es de uso exclusivo de los habitantes de los barrios”.

Aguas que bajan turbias
Diego Ríos es geógrafo, investigador del Conicet en el Instituto de Geografía de la Universidad de Buenos Aires y viene estudiando desde hace años a los emprendimientos del Gran Buenos Aires y Capital.

“Muchas de estas urbanizaciones avanzaron también sobre áreas inundables”, precisó Ríos. Estas áreas se eligen, en parte, por su cercanía a la red de autopistas metropolitana. Además, porque ofrecen recursos valorados positivamente por el mercado inmobiliario, como los espejos de agua, una mayor vegetación y el contacto con paisajes atractivos.

Sólo en Tigre, desde los 90 las urbanizaciones cerradas sobre rellenos crecieron más de 4.000 hectáreas. Y en la baja cuenca del Río Luján, que comprende parte del partido de Tigre, Escobar, Pilar y Campana, hay estudios que citan cifras superiores a 7.000 hectáreas.

Las áreas rellenadas, o humedales, donde se instalan muchos de estos barrios ven alterados sus ecosistemas y funciones originales, que comprenden la regulación hidrológica y la depuración del agua.

“Los humedales dejan de funcionar como los lugares de retención de las aguas adonde éstas se expanden con las crecidas. Originalmente también brindan el servicio de la reproducción de biodiversidad: muchos son refugio de fauna y de vegetación y, por último, tienen cierta carga de valoraciones positivas culturales, recreativas, etcétera. Lo que hicieron las urbanizaciones cerradas fue alterar todo esto”, detalló.

Otra de las cuestiones controvertidas es la relacionada con la obtención de agua potable y la descarga de residuos domiciliarios. Algunas urbanizaciones grandes suelen tener sus propias plantas potabilizadoras y depuradoras de agua. “La mayoría de ellas no tienen, y han tenido problemas, sobre todo en verano, de escaso abastecimiento de agua y con el tratamiento de los efluentes cloacales. Tampoco hay un control muy fehaciente y significativo por parte del Estado en torno a eso”, apuntó Ríos.

El pasto más verde del vecino
Las urbanizaciones cerradas se presentan con paisajes de película que llevan al habitante kilómetros más lejos de los que realmente los separan de la ciudad. En esta ilusión imprescindible juegan un rol importante los lagos artificiales, la vegetación abundante pero cuidada, el pasto siempre verde.

“Esos panes de césped, para mantenerlos verdes todo el año, sobre todo las canchas de golf, requieren de una enorme cantidad de agroquímicos que terminan, por las precipitaciones y por la pendiente, yendo a parar a los propios lagos que ellos generaron, afectando las condiciones de vida de los habitantes o rentistas que compraron en ellas”, explicó Ríos.

“Los cuerpos de agua, al ser cerrados, tienen que aplicar un sistema de ecoingeniería y de empresas que brindan servicios ambientales para mantenerlos y que no se eutrofiquen, que no entren en putrefacción”, comentó y mencionó además las bombas aireadoras, la recolección permanente de algas y el cuidado de la fauna ictícola.

“Esos lagos no son para nadar. Esas aguas están contaminadas”, aclaró y advirtió que esas algas pueden emanar sustancias que resultan tóxicas también para los humanos. Los lagos, a su vez, atraen a la fauna local, como las gallaretas en las urbanizaciones cerradas de la cuenca baja del Río Luján, que se transforman en especies no deseadas porque ensucian y tienen una tasa de reproducción muy alta.

“Uno de los problemas más grandes en términos ambientales es el que tiene que ver con el riesgo de desastre”, continuó el investigador. “Estos rellenos alteran las condiciones de inundabilidad y la circulación de las aguas cuando hay crecidas. Esto lleva a que las áreas no rellenadas, que muchas veces están ocupadas previamente por sectores medios-bajos y bajos, van a recibir el agua, cuando haya una crecida muy importante, con mayor intensidad y velocidad”, remarcó Ríos rozando una de las acusaciones más sensibles que se le atribuye a los emprendimientos cerrados: la de acentuar la brecha entre diferentes sectores sociales.

Refiriéndose a la zona de Tigre, Ríos aseguró que “en cierta medida, la aprobación estatal, tanto provincial como municipal, ha permitido construir un espacio de riesgo de desastre sumamente desigual. Y eso, cuando ocurra una gran sudestada o alguna gran crecida del río Reconquista, se va a poner de relieve”, concluyó.

La tardía inclusión del informe de impacto ambiental como requisito y una mirada limitada que no contempla la sumatoria de los efectos de todos los emprendimientos generan un mapa de urbanizaciones desordenadas desde el punto de vista ecológico.

Resta ver si los proyectos más recientes, que se presentan como “ecobarrios” y proponen a sus residentes hábitos sustentables como la separación de la basura y la eficiencia energética pueden cumplir con la promesa original de plantear una vida realmente verde.

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