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Gastronomía

Barra de fuego

Dos tipos audaces abrieron un bar que ya perfila de culto. Florería Atlántico: buenos tragos y parrilla a leña en un sótano oculto.

Por Ernesto Oldenburg
Fotos: Facundo Manoukian

No importa quien los abra. A los bares escondidos, secretos, ocultos, los envuelve una atrayente aura de misterio, por más que en este caso reciban dos referentes de la coctelería vernácula: Julián Díaz (creador del ocho7ocho, bar emblemático porteño) y Renato “Tato” Giovannoni, mucho más que un simple bartender, el autor del primer Gin Premium argentino y figura de resonantes barras locales y extranjeras. Esta dupla de cuidado, junto a un clan de talentos, resucitó para siempre el que fuera el fugaz sótano de L’Abeille, ubicado en la ondulante calle Arroyo.

Hoy recibe con el exótico nombre de Florería Atlántico, camuflado por un extravagante local a la calle, mezcla de vinoteca (más de cien etiquetas seleccionadas por Julián Díaz y Martín Bruno –Hotel Fierro–, el sommelier de la casa), alegre florería y tienda de vinilos (seleccionados por un misterioso Blas Finger). Un lugar que no hace más que confundir a los vecinos paquetes del barrio ídem, quienes ahora intuyen –saben o se lo contaron– que tras la pesada puerta de frigorífico del lugar, reside, escaleras abajo, un bar de alcohol y fuego donde se sirven todo tipo de cócteles y se come de la parrilla, con las paredes tatuadas de extraños personajes de Ultramar, awwwado por una fauna no menos extraña.

Hasta el agua de los floreros

El día de nuestra visita Florería rebosaba de gente de toda edad, raza, color, sexo y religión. Si se lo piensa visitar en momentos como ese –un viernes por la noche–, más vale reservar con antelación. Pero atención: en la semana apenas hay reservas disponibles para cenar en las mesas.

Esa misma noche, Julián Díaz (otrora pacífico y relajado anfitrión de su genial bar de Villa Crespo) saltaba de la caja a la parrilla ordenando a los bartenders –al pasar de un puesto a otro– los tragos por salir. Rescatar cuatro “Gin Tonic y algo más” (Tanqueray, pomelo, tomillo, Tónica 1724, $55), en medio de ese maremágnum atlántico fue una tarea propia de los afectos a las barras, ya que en los veinte metros de la misma no cabía un pincho de aceitunas de Martini. Y en las mesas que corren paralelas apoyadas sobre la pared, tampoco. Lleno total. Recién al brindar el bebedor se da cuenta que han servido los tragos en ¡frascos de conservas!

Fuego clandestino 

La potente fórmula de bar y fuego –tragos y parrilla– tal vez haya surgido –como suceden las mejores cosas– por las circunstancias del caso, pues el local está situado en los bajos de un viejo edificio que no tiene conexión con metrogas. Fue por esa razón que la cocina cuenta con una parrilla de hierro marca D. Ciurleo fundida en Buenos Aires en 1962. Corazón ardiente alimentado a leña donde el chef Pedro Peña (Tipula, Hotel Fierro) hace de las suyas, con o sin ayuda del multifacético Julián Díaz, quien durante el despacho frenético sacaba unos huevos fritos de campo de unos anafes eléctricos, que montan con Chistorra y tomates (a $50 la ración). Salvo ese y otros detalles del menú (como los boquerones con criolla), todo va a parar al asador, hasta los bichos de mar: desde los langostinos a la parrilla ($60 la media porción); hasta el pulpo español, servido con papas al limón y emulsión de aceitunas negras ($108 el plato), pasando por un lenguado entero, que sale con coliflor, portobelos y una ensalada de tomate y mangos ($170, para dos). Todo exquisito.

Secret Bar

La carta de tragos tiene el sello propio de Tato Giovannoni, sazonado con unas onzas de humor y la irreverencia de Díaz, la mezcla perfecta. Cócteles precisos, concebidos por países, a cuatro por lugar: España (“Carro de moto”, con Brandy Pacharán y otros menjunjes, $55); Inglaterra (“Scotch & Soda, Johnnie Walker, Red Label, Earl Grey, durazno, $55); Francia (“Notre Absenta Drip”, Absenta, terrón de azúcar, agua de menta y eucaliptos, $70); Polonia (“Tiro”, Ketel One, miel y lima, $70); Criollos, Clericós y la descollante sección final, “Los que no deberían estar en la carta” (Mojito, Caipirinha, Caipirosca, etc., a $55). Que la gente, por supuesto, pide igual, alfabetos incluidos. La barra la maneja Emilio Bruno y Wilfredo Campos, pero los martes le dejan lugar a Tato, que hace de las suyas. Como esos dibujos anfibios que vigilan la entrada, amables presencias que elijen quien entra y quien no, dejando pasar a –casi– todos.

DATOS UTILES

Dónde Arroyo 872, Retiro
Teléfono
4313-6093
Horarios
Lunes a sábado de 10 am a 3 am
Precio Tragos desde $50 hasta $70. Tapas $50, raciones $90, platos $100. En la vinoteca, los vinos un 25% menos.

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