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Viajero Bacanal

Aruba Ariba

A pocos kilómetros del continente, un destino clásico con todo el color y los atractivos para pasar unos días inolvidables.

Por Javier Rombouts

Desde hace algunos años, las islas son material de J.J. Abrahms. Así ocurrió con Lost y ahora con Alcatraz. Antes, lo habían sido de Gilligan y también del enano que gritaba el avión, el avión en la Isla de la Fantasía. Aruba es una isla de las Antillas Menores, cercana a la costa de Venezuela. Y durante siglos pasó de mano en mano -primero España, después Holanda, breve interrupto inglés, nuevamente Holanda- hasta desembocar en una independencia medio sui generis a partir de 1986.

Esto es, los arubeños -se llaman a sí mismos arubianos- tienen pasaporte holandés, gozan de los beneficios de un ciudadano de la Unión Europea pero la isla no forma parte de la unión de países del Viejo Mundo. Tal vez, en estos tiempos de crisis que corren, los arubeños o arubianos están agradecidos por este acuerdo político. Porque, básicamente, Aruba vive del turismo. Y la palabra crisis -mucho menos el giro crisis económica- no figura en su diccionario. De hecho, Aruba tiene casi plena ocupación laboral y un notable crecimiento edilicio, sobre todo en su capital, Oranjestad.

Aclaración importante: la mención de las series del primer párrafo no fue sólo una licencia a la hora de comenzar a escribir una nota sobre turismo sin hablar, al menos en el comienzo, de turismo. El motivo es otro: pasa que Aruba, como las series, tiene algo de ficción.

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