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Columnistas

Ana quiere jugar

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

Sabe que es la más linda de la mesa. Pero sabe algo más. Se sabe las más polvorita. Se sienta sobre la punta de la silla, como a punto de atacar, con la cintura quebrada:

-Todo es conversable… -dice cocorita, después de un par de tragos.

Es de noche. La cena es en un restaurante tradicional de Buenos Aires. Esos de comida porteña, con aspiraciones de antigua elegancia, con toques art nouveau alemán y mozos con más de 30 años de experiencia. El menú no posee desviaciones poéticas. No tiene lluvias ni colchones ni finos toques de estrellas. Y además, uno puede homenajear al pueblo de Göethe untando un buen leberwurst en pan oscuro y luego disfrutar de un goulash de ciervo con spaetzle. En la mesa hay un juez de cámara, un fiscal, un constitucionalista, un par de abogadas y yo.

Estoy sentado a la izquierda del juez. Bueno, salvo algunas contadas excepciones es muy difícil poder sentarse a la derecha de un juez. Ella está frente a mí, me refiero a Ana, claro. Pero le habla siempre al juez. Se entiende. Es la presa grande. Ella tiene treinta y algo. Es castaña, de piel blanca, ojitos vivos y achinados, con una sonrisa encantadora y una voz chilloncita que por momentos da una idea de lo insoportable que debe ser cuando se enoja. El juez tiene alrededor de 50, es canoso, delgado, bien puesto, con un traje que no debe bajar de los diez mil pesos. Yo a su lado parezco el chaperón del rey.

-Bueno, hay que verla a la chica en cuestión… Si me gusta no tengo problemas –aclara Ana- y lo mira desafiante al juez.

Se lo nota nervioso. Pero entusiasmado. Como un animal ganador sabe que su presa/cazadora lo ha elegido. Yo, a su lado, parezco transparente. Y Ana crece. Habla, provoca, seduce, chichonea y sentencia.

-El sexo es como Disneylandia… Si te lo tomás en serio es sólo cartón pintado, pero si entrás en el mundo de la fantasía, es maravilloso.

El juez se ríe de buena gana: “¿Cómo es eso? Repetímelo, por favor…”: Ana lo repite con sonrisa picarona. Las otras dos mujeres se sienten incómodas, intentan terciar, decir algo que quite la atención de la mesa a Ana. Pero es imposible. Yo ensayo un bocadillo original y creativo. Ana me clava la mirada y no me dirige la palabra. Me siento transparente y me recuesto contra el respaldo de la silla, vencido. El juez, sabedor de que tiene compañía para la noche, apura la cuenta.

La calle Libertad está fría como pocas veces en primavera. Formamos un grupo en círculo, donde empiezan las despedidas. Ana sorprende: “¿Estás con auto? –me pregunta- Vas para Palermo, ¿me llevás?”. Me quedo petrificado y por instinto miro al juez confuso. “Bueno, sí, claro.”

En el auto hablamos de un par de pavadas. Hasta que llegamos a la puerta de la casa de ella. Un callejón oscuro y solitario. Ella me mira y me dice: “Sos bonito, a pesar de todo…”. La vuelvo a mirar sorprendido. “Pero vos… El Juez…”, balbuceo. Se ríe. “No me gustan los pavos reales. Siempre me gustaste vos”, y en un mismo momento me come la boca y lleva su mano a mi miembro. Yo me quedo quieto, absolutamente pasivo. Ella hace todo el trabajo. Me mete su lengua en la boca, me muerde los labios, me desnuda a medias, me acaricia y me lleva a su boca. Yo atino a gemir, a disfrutar y a acariciarle el pelo. Ana sigue. Es perfecta. La mezcla exacta entre presión y ternura. Empiezo a jadear y ella sigue. Yo, finalmente, me siento en Disneylandia. Ella levanta la cabeza y sonríe. Como si fuera la dueña del parque de diversiones.

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