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Literatura

Al rescate de Mr. Puig

La reedición de la obra completa de Manuel Puig evoca a uno de los autores argentinos más singulares de la segunda mitad del siglo XX

Por Natalia Moret
Ilustración: Juan Natch

El 28 de diciembre del año pasado se cumplieron 80 años del nacimiento de Manuel Puig. Sumándose a los distintos homenajes que se hicieron en su memoria (notas, reediciones, cursos…) Editorial Planeta reeditó sus ocho novelas, todas con muy bellas tapas que evocan la devoción del escritor por el cine: la primera tanda, presentada en diciembre, incluye Sangre de amor correspondido, La traición de Rita Hayworth, Los ojos de Greta Garbo, Cae la noche tropical y Pubis angelical. La segunda acaba de lanzarse e incluye sus otras tres novelas (El beso de la mujer araña, Boquitas pintadas y Maldición eterna a quien lea estas páginas) y el libro de crónicas Estertores de una década. Nueva York ´78, que recopila artículos que el autor escribió para la revista Bazaar entre 1978 y 1979.

Manuel Puig, considerado hoy en día uno de los escritores del canon en la literatura argentina, nació en General Villegas en 1932. Un chico de pueblo pampeano y desértico. Su literatura habría sido definitivamente otra si Puig no hubiera tenido que soportar el agobio pueblerino de su infancia. Para la talla de Villegas, Manuel era “raro”. Su padre hubiese preferido que hiciera deportes, cosas más corrientes, como las que hacían los varones del barrio. Pero Manuel no le daba el gusto. Dicen que Puig padre sufría al ver a su primogénito irse casi todos los días al cine, a ver películas de las que salía enamorado, flotando, admirando locamente a Greta Garbo, Ginger Rogers y Norma Shearer como si deseara ser ellas. Todo este universo -de heroínas inalcanzables, historias apasionadas y estrellas distantes que arrojan un poquito de su luz sobre el chato y gris mundo cotidiano- está presente en su obra. Desde su primera novela (La traición de Rita Hayworth, que empezó, de hecho, como un guión cinematográfico) hasta la última (Cae la noche tropical) todos sus personajes están afectados de una manera u otra por el cine: el cine no sólo forma parte, sino que moldea sus experiencias.

Literatura chatarra

Esto es lo que Puig supo hacer mejor que nadie, y también antes que nadie: meter la experiencia de todos los días (la chatarra de la “vida”) en la literatura. Como si trabajara con la basura de los otros, Puig se valía de todo lo que en principio podía parecer descartable a la escuela tradicional: el chiquitaje cotidiano de pueblo (tan insidioso como inocente), los folletines, las novelitas, la astrología, las cartas sentimentales, el radioteatro, los diálogos intrascendentes… Puig explora el lenguaje, parodia los discursos más solemnes y exalta el habla popular (sus novelas, todas, se arman casi íntegramente en diálogos y monólogos de múltiples voces diferentes), porque cree que el trabajo de un escritor es el de ser el “wwwigo privilegiado del mundo que habita”. Esta fue su ruptura, y en ella reside tanto su aporte a la Literatura (con mayúsculas) como su futurismo. Su vanguardia. Hoy, cuando tantos escritores argentinos ya fueron tan (pero tan) influenciados por él, los recursos estilísticos de Puig tal vez dejaron de resultarnos novedosos. Hasta pueden, a veces, tener olor a viejo. Pero cuando a principios de los 80 Puig le puso un grabador a un albañil, lo entrevistó, lo desgrabó, lo editó, y escribió con eso Sangre de amor correspondido, estos procedimientos eran revolucionarios. De pronto, eso también podía ser literatura. Su estilo personalísimo, que paradójicamente se caracteriza por la desaparición casi absoluta de la voz del autor para darle lugar a sus personajes y sobre todo a la forma única en que sus personajes hablan, viene de las calles y las casas y los patios traseros de Villegas y todas las ciudades en las que Puig vivió, que fueron muchas. Porque, como él mismo dijo en una entrevista, lo primero que un escritor necesita para escribir algo que valga la pena es ser libre, y esa libertad no se conseguía en Villegas. Para conseguirla, Puig tuvo que irse: primero detrás del sueño de dedicarse al cine, después obligado en el exilio, hasta llegar su última estación, en Cuernavaca, donde murió en 1990.

Leerlo y releerlo

La estela que Manuel Puig dejó en nuestra literatura es tan masiva, y tan (acaso ya antiguamente) contemporánea, que su lectura puede despertar sensaciones contradictorias. Para los que ya lo leyeron, releerlo acarrea el mismo peligro que madurar y volver a visitar los lugares emotivos de nuestra juventud: descubrir que todo lo que en un momento nos parecía fresco y potente y vital ahora se nos presenta, con melancolía, en su costado más inocente. Pero para los que nunca se acercaron a una novela suya y tampoco están acostumbrados a este tipo de literatura –una literatura que coquetea constantemente con todo lo menor, lo vulgar, lo barrial, lo kitsch-, abrir un libro de Puig será, placentera o no, toda una revelación. Humilde recomendación para la primera vez: Maldición eterna a quien lea estas páginas.

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