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Zoom Restós

Agosto

Buenos tragos, música maravillosa, rica comida y ambiente sobrenatural abrazan el corazón de un espacio para soñar despierto.

Por Ernesto Oldenburg
Foto: Facundo Manoukian

Nacer en otoño. Agosto abrió en mayo, pero lo conocí a fines de noviembre. Está ubicado en un caserón de pasado glorioso, que resiste el paso del tiempo en una manzana céntrica de Chacarita, a metros de la Estación de tren y la terminal de los mortales.

La casa es la vivienda de Paula Rolleri, vestuarista publicitaria, muy amiga de reunir a sus amigos en el bellísimo jardín de su casa, donde se respira libertad. Ese grato microclima primaveral es el que sentí cuando entré con mi mujer y mis dos pequeños hijos al fondo verde de su magnífico refugio, donde ya había cuatro o cinco parejas cenando a la luz de las velas, en el jardín salvaje y primitivo. Es que hoy comparte su afición a las reuniones relajadas abriendo sus puertas a todos los seguidores de estos lugares mágicos y ocultos que ya ganaron la ciudad, con propuestas íntimas y alternativas a la salida a comer tradicional.

Amor primaveral
Esa noche a finales de la primavera el lugar flechó mi corazón. Antes de salir al verde fondo, pasé obligadamente por la cocina, sin puertas, donde un joven y amable cocinero de tamaño considerable pero buenos modos, saluda con una sonrisa. Es Santiago Tomás Rodríguez, quien pasó por los fuegos de Pipí Cucú, El Diamante, Sucre y el súbito Sanbenito. Cocina con un colaborador codo a codo, que me saluda -como tantos cocineros- con el codo. Todo en Agosto es informal, ameno, relajado. El jardín es idílico: velas por doquier, mesas y sillas de cada pueblo, una barra de tragos donde una tal Romina bate tragos al ritmo de los ritmos de Mascarpone, el DJ de turno, amigo de la casa, de Axel Krigier y los oídos atentos. Varias parejas de enamorados alfombran el césped, atendidos por Piren, una bellísima actriz que parece salida de una obra de Alfons Mucha. ¿Qué más? Si algo falta es el fuego, una llama encendida a la vista, aunque aquí están todos encendidos.

Corazón veraniego
Agosto es tan intenso como cada verano. Intenso y volátil, sentimental. Por ahí discurre la propuesta culinaria de Santiago, un mar de tapas y bocados que salpican e inundan la playa de la mesa. Más que un mar un río, del litoral sudamericano, donde ancló el paladar de este cocinero que se jacta de estar “harto” del aceite de oliva, contagiando su sonrisa.
Mientras mis hijos deambulan por la noche verde, un soul africano se mezcla con el Tiki Drinks, el trago de la casa: un batido helado de pulpa de maracuyá, frutos rojos, jugo de naranja exprimido y vodka Smirnoff, que me abre el apetito a cada sorbo.

A todo lo que llega a la mesa grande Paula lo llama “picoteos”: un antipasto generoso que siempre varía según la inspiración de lo que ofrezca el mercado. Yo probé un rico paté de ternera, trufas de queso, rabanitos con quesillo y una polenta grillada con salsa criolla y brotes que me iluminó el alma. Un cake de panceta y roquefort hizo de pan de autor. Las tiritas de carne guisada sobre papines asados remataron este abanico que la modelo del pintor checo va repartiendo de a poco entre los comensales, que brillan como las estrellas noctámbulas.

La oferta de vino es casual, lo que a Paula le seduzca en las góndolas. Atenti bodegueros. Me abrieron un Santa Julia Reserva, que cobran $80. Pero invitan al descorche. El tapeo que consta de seis o siete platillos (o “comiditas”, como dice Paula) va de los $100 a $150 por persona, sin bebidas. Es un lugar cómodo al bolsillo y el corazón de la gente. Y hablando de corazón, después de mi visita, empezaron a hacer verdaderos anticuchos peruanos, esos pinchos populares de corazón de vaca, macerados con ají panca y su sazón, que se grillan a las brasas de las llamas que en Agosto ya no faltan. Porque donde hay fuego, las cenizas vuelan.  

DATOS UTILES
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Abre los los viernes. Otros días, con grupos superiores a 15 personas 
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