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Cocineros

Actitud rocker

Cocinera al natural con desenfado y arrebatos de honestidad brutal, cautiva tanto a foodies de canales gourmet como a las señoras Petronas.

Cuando habla sus ojos lanzan chispas, ella se apasiona y sus gestos avivan las llamas. Narda se planta, asume una posición y se compromete con las cuestiones. No le interesa agradar más de la cuenta ni congraciarse con lo que no le va. Siente sí la necesidad de ser creíble, y eso su público creciente lo confirma y agradece.

Combativa, crítica de los marketineros de empresas de alimentos que tergiversan realidades, sentencia lapidaria: “Un día venden celulares, al otro heladeras, al siguiente, el alimento para tus hijos, y muchas veces, sin siquiera entender la responsabilidad que eso implica”. Por eso no duda en hacerles saber que “me chupa un h…”, cuando le vienen con sus informes prefabricados y de realidad virtual de los grupos de opinión.

Trata de dominar su lengua filosa y sin filtro. Sabe que en momentos de sobrecocción suele inmolarse. Con los años aprendió que no siempre ese es el mejor camino, y por eso intenta ser más cauta sobre qué decir y qué callar, aún sin dejar de tomar el toro por las astas.

En una sociedad que rinde culto a las líneas híper esbeltas y se envicia con productos light y soluciones express, su máximo desafío es que valorar una cocina sabrosa, saludable, que dé ganas y en tiempos reales y posibles, cotice en alza.

Confiesa que en lo personal, la relación cuerpo-comida pasa por distintas épocas en las que se siente más o menos cómoda con su envase. Pero a esta altura, le cabe la explicación de que hay distintos biotipos, y a ella comer le encanta, por lo que no piensa privarse del asunto. Y agrega desafiante: “Si quieren ver culos, hay otros 20 canales. El mío es más grande y pretende tener algo interesante que decir, más que mostrarse”.

SOBREDOSIS DE TEVÉ

Difícilmente hoy alguien la imagine jugando con barbies o haciéndoles ropa, pero fue parte de su niñez, casi como un acto reflejo heredado de su madre diseñadora y fotógrafa, que le transmitió el encanto por la moda y la estética. Se reconoce como una chica estimulada a biberón de tevé, con largas sesiones de Los ángeles de Charly, su favorita, La mujer maravilla y la otra biónica.

Criada en un ámbito de creativos, donde la libertad de ser y hacer siempre estuvo al alcance de la mano, el cocinar y comer rico eran parte de la rutina diaria. La conciencia saludable y nutritiva de la cuestión, influjo materno; el lado más oscuro, pesado y suculento del menú lo aportaría papá. Su estadía hasta los 7 años en Caracas le sirvió para ampliar el panorama de su paladar. Hija única hasta los 16 y de padres separados desde siempre, confiesa haberse valido de los beneficios del caso, especialmente cuando se trataba de viajar por partida doble, o de tener la posibilidad, siempre, de probar más de una opción, y reconoce que de vez en cuando ha sufrido las ínfulas del síndrome de hija sola.

Cuando llegó la hora de darle forma a su vida y decidir qué estudiar, eligió para él mientras tanto hacer un curso de cocina, de esos para señoras con tiempo. Como cuenta literal: “Estaban las señoras paquetas y yo”. El detalle es que a cargo del mismo estaba Francis Mallmann, que aunque en su caso no significara más que unas buenas lecciones de cocina, luego de las cuales partiera como cualquier hijo de vecino a un año en París, fue un puntapié. Allá, de pasantía, seguía pensando a qué se iba a dedicar, mientras se enraizaba junto a los fuegos. “De vuelta y sólo para hacer algo con amigos y porque me divertía, pero lejos de pensar en el negocio o en la plata, pusimos un restaurante, Club Zen”. No sería el único, luego de la segunda experiencia con local propio, participó del start up del mítico La Corte. Y después el boom.

Doce años de exposición mediática en el cable recorriendo mundos y mercados, maridando músicas y sabores, la hicieron dueña de un estilo propio, más cercano a las nuevas generaciones, bastante poco dispuestas a que su experiencia culinaria pase por largas y tediosas jornadas en la cocina. Sin embargo, como todas son puntas de un mismo ovillo, el más clásico canal para la mujer la convocó para reversionar a una legendaria ecónoma, y aunque iba a decir que no, dijo que sí.

Amiguera, le gusta estar rodeada de su gente y disfruta del clima de comunidad, lo que queda de manifiesto hasta en su equipo de trabajo. Sus amigos son los de toda la vida y cada año organiza un fin de año a puro festejo convocando a unos cuantos de ellos dispersos por el mundo, en una playa de Brasil. La entusiasman los cumpleaños, especialmente el propio, y acota: “Como buena leonina, me encanta que me llamen para saludarme”.

Su lugar en el mundo, “cualquier playa de agua caliente”, donde no duda en “irme a la mierda”, si la realidad la supera, así sea, a la mitad de cualquier proyecto, “al menos por una semana”.O escaparse cualquier día, a disfrutar de una máscara de barro con amigas, todas echadas en un camastro al aire libre.

Seminómada va adonde sea, siempre y cuando sepa que vuelve.Su perdición más banal, los zapatos: acá, de Mishka; afuera, de Pierre Hardy, pero no los cuenta, le da vergüenza, el número sería una provocación.

Para cuando baje el telón, le tienta la idea de seguir recorriendo el mundo, aunque le preocupa si estará en estado para movilizarse. De los últimos hitos en su vida, el más significativo es Leia, su hija. Que aunque trascendente, no dejó de incorporar a su rutina diaria con toda la naturalidad y el desparpajo que le pertenecen, como un ingrediente más. El nombre surgió porque “quería una heroína, pero que no fuera ni gato, ni pelotuda, y además me gustaban sus trenzas”.

Categórica, Narda no imposta. Es lo que hay y no tiene problema en mostrarlo.

Por Pamela Bentel

Fotos Lucila Blumencweig

Producción Lulu Milton

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