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Cine y Series

A todo o nada

Birdman, el regreso con gloria de Michael Keaton en una comedia negra y ligeramente surrealista.

Por Sandra Martínez

Siguiendo con la temporada de Oscars, esta semana se estrena otra de las grandes candidatas a llevarse la estatuilla por mejor película. Birdman es una gran apuesta del director mexicano Alejandro González Iñárritu, que se animó a salirse de los dramas que forjaron su carrera (Biutiful, Babel, 21 gramos, Amores perros) para meterse de lleno con una comedia negra sumamente ambiciosa desde su puesta en escena.

Es también el redescubrimiento de Michael Keaton que, al igual que Travolta con Pulp Fiction o Mickey Rourke con El luchador, encontró en este protagónico complejo y exigente una oportunidad para brillar nuevamente. En ese sentido, Birdman tiene un guiño autobiográfico. Así como Keaton tuvo su momento de gloria protagonizando las Batman de Tim Burton, para perderse después en años de papeles secundarios en películas olvidables, su personaje, Riggan Thomson, saltó a la fama enfundado en el traje de un superhéroe, Birdman, y busca salir de su condición de celebrity clase B con una adaptación teatral de un libro de Raymond Carver.

Iñárritu hace avanzar la historia con una serie de planos secuencia que se deslizan por pasillos estrechos y camarines decrépitos con la maravillosa fotografía de Emmanuel Lubezki (Gravedad, El árbol de la vida, Hijos de hombres).  Incluso los espacios abiertos –calles, terrazas, escenarios- mantienen el clima claustrofóbico a través de la tensión psicológica que viven Riggan y sus compañeros de elenco. La banda de sonido, un constante solo de batería jazzero,  suma lo suyo al ritmo de vértigo que, a medida que corre el tiempo, se vuelve agobiante.

Pero mientras que la trama avanza por un espacio lineal, los temas se abren en múltiples dicotomías: Hollywood versus Broadway, Riggan versus su co-estrella Mike, actores versus críticos, respeto versus popularidad y, sobre todo, Riggan versus Birdman, la forma que la voz de su conciencia para taladrarle la cabeza exigiendo el camino fácil y conocido, asegurándole que ese todo o nada al que se está jugando para superarse no vale la pena y no terminará en buen puerto.

Keaton es el centro de este torbellino salpicado por referencias culturales, reflexiones sobre las redes sociales como nuevos medios de comunicación y momentos surrealistas. Lo secundan con grandes actuaciones Emma Stone como la hija adicta en recuperación, Edward Norton como el egocéntrico y conflictivo Mike y Zach Galifianakis como el representante que trata de imponer algo de cordura en el entorno.

El mayor problema de Birdman que el espectador no puede dejar de notar su mecanismo de relojería montado por González Iñárritu, un montón de engranajes demasiado pensados, demasiado neuróticos como para que fluyan en conjunto con naturalidad. Y en ese juego metatexual y autoconciente se transfroma en una de esas películas para amar u odiar.

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